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Las cartas de la política
Alejandro Boverio*

En los últimos meses hemos presenciado una conflictividad política que excede en muchos sentidos a la única pugna que, a fin de cuentas, ha venido rigiendo la gran política de nuestra débil democracia, la pugna eleccionaria. Nadie se sorprendería al escuchar que la debilidad de nuestra democracia se refiere menos a su estabilidad –asistimos a su vigésimo quinto aniversario- que a su calidad de participación, discusión y debate, que sin dudas responde a sus deficiencias estructurales en la generación de las condiciones de acceso igualitarias a recursos indispensables entre los que la educación en todos sus niveles es y será uno de los más necesarios. En efecto, durante toda la década de los noventa -década en que mi generación, nacida junto a la vuelta de la democracia, empieza a tener conciencia política-, el sentido más pleno de la política permanece obturado por el funcionamiento automático de la máquina neoliberal que, impulsada por una ideología del fin de la historia y del fin de las ideologías, creyó haber enterrado la política para siempre. Me refiero, fundamentalmente, al componente de soberanía que sigue operando incluso en la época biopolítica en la que vivimos. Ese componente de soberanía, que uno de los más grandes cráneos de la derecha católica alemana lo pensó en términos de conflicto amigo-enemigo, fue el que permaneció velado aquí durante toda una década. Si bien existieron relámpagos de dicha politicidad, en términos de resistencia, por ejemplo, en la batalla que muchos de nosotros dimos como estudiantes en el campo de la educación contra la Ley de Educación Superior y también con la insurgencia de los movimientos piqueteros de desocupados, tales luchas no pudieron cuestionar el sistema político como un todo. Es en diciembre de 2001 que la politicidad en términos de soberanía se muestra con toda su fuerza, con la destitución de un gobierno en la mitad de su mandato, haya sido efectuada por una operación del aparato duhaldista o por la espontaneidad de un cacerolazo, aún cuando sea adecuado pensar que fue en la confluencia de ambas. En ese momento pareció romperse la cáscara de una neutralidad política en funcionamiento para que vieran la luz sus resortes últimos. Sólo a partir de ese proceso, y lo que él abrió –basta escamotear al olvido algo del “que se vayan todos”, las asambleas barriales y la recuperación de fábricas- es pensable el triunfo eleccionario del kirchnerismo en el 2003 y el conflicto político que, cinco años más tarde, el gobierno abrió con el sector del agro luego de su virtual reelección, para convertirse hoy en una pugna que excede los límites de ese sector.
Esa conflictividad que habita en las entrañas de lo político es exactamente la misma que coexiste en el ámbito de lo literario: hay lecturas en pugna, combate de interpretaciones. No es casual, entonces, que las intervenciones de los intelectuales argentinos sobre (y en) política, las más interesantes, adopten un género literario muy específico, el epistolar. Podría hacerse una genealogía de la larga tradición de intelectuales que se han pronunciado ante cuestiones eminentemente políticas, en el modo de la misiva. Basta recordar las Cartas Quillotanas de Alberdi que no pueden ser leídas más que junto con Las Ciento y Una de Sarmiento, allí la polémica o el debate le da lugar al duelo político-literario entre realismo y romanticismo, pasando luego por la correspondencia entre Cooke y Perón en donde el problema de la herencia política sea tal vez el más inquietante, hasta llegar al pronunciamiento de Rodolfo Walsh en su Carta abierta a la Junta Militar en el que guarda fidelidad, como él mismo dice, al compromiso que asumió de dar testimonio en momentos difíciles. Vale la pena señalar que una de las últimas grandes reflexiones filosófico-políticas que se dio en nuestro país, también se hizo pública a partir de un intercambio epistolar: se inició con la carta que disparó Oscar del Barco a la revista cordobesa La Intemperie y la sucedieron una catarata de respuestas, todas poniendo en cuestión el estatus de la violencia política en la década del setenta.
Momentos difíciles son los que vivimos el último tiempo, en un conflicto que superó los cuatro meses desde su inicio. Y aún cuando las retenciones móviles, móvil inicial del conflicto, sean o no ratificadas por el Congreso, la cuestión parece lejos de encontrar una solución definitiva. Es en estos momentos que un grupo de intelectuales argentinos decidió pronunciarse escribiendo también una serie de cartas abiertas, firmadas por más de mil personas del mundo de la cultura, entre los que se encuentran Horacio Verbitsky, Nicolás Casullo, Ricardo Forster, David Viñas, Norberto Galasso, Noé Jitrik, Eduardo Grüner, Horacio González y José Pablo Feinmann. La primera de esa serie es la que reproducimos como disparador del debate. A esa carta parece responderle implícitamente el Colectivo Situaciones con “¿La vuelta de la política? (o sobre los modos de transitar el impasse sin caer en falsas dicotomías ni estériles nostalgias)”, que también ofrecemos a continuación junto a una tercera carta firmada por dos jóvenes intelectuales, Darío Capelli y Florencia Gómez, que establece un diálogo con las dos anteriores, titulada “Ni vuelta de la política ni impasse”. Es notable que haya habido tantas expresiones colectivas sobre el conflicto, entre ellas también “Carta en la que le decimos no al paro” rubricada por un grupo de jóvenes escritores y periodistas entre los que se encuentran Diego Vecino, Juan Terranova y Hernán Vanoli, y, finalmente, aquella titulada “Ni con el gobierno ni con las entidades patronales del campo” firmada por intelectuales como Andrés Rivera, Martín Kohan y algunos representantes del trotskismo nacional. Que muchas de ellas hayan surgido de la necesidad de pensar en común la situación política actual y excedieran los límites del gesto de la firma, para constituirse en espacios de reflexión, es un síntoma de la productividad de discusión y debate que este conflicto devolvió al campo cultural. Esas cartas, redactadas en muchos casos colectivamente, dieron luego lugar a reflexiones que, incitadas por la pluma individual, señalaron luces y sombras de los textos colectivos. El entramado de voces que constituye este debate supera, entonces, aquellos pronunciamientos colectivos y reclama otros textos para sí: el de Vicente Palermo y la sucesiva respuesta de Horacio González, “Algunas aclaraciones necesarias” de Eduardo Grüner y, finalmente, el de Raúl Cerdeiras titulado “La nueva derecha”, que se alza como respuesta a la tercera carta que lanzó el ya llamado Espacio Carta Abierta.
Haya o no vuelta o impasse de la política, este conflicto generó un debate que aquí queremos introducir para darle una mayor visibilidad y, en última instancia, seguir extendiéndolo. Porque el debate sí es político y de lo que se trata, entonces, es que vuelva la política. En el espíritu de todas las cartas puede respirarse ese deseo. Sin embargo, urge en este tránsito la necesidad de crear vínculos entre generaciones que están separadas por un abismo de experiencia, y quizá ésta sea la mejor oportunidad con la que hemos contado para empezar con esa tarea siempre pospuesta. Otro de los desafíos será atender los ecos que resonarán en el campo cultural a partir de las diversas intervenciones sociales, políticas e intelectuales en torno al conflicto, y evaluar qué efectividad ellas producirán en términos estéticos y literarios. Pero de ello todavía nada puede decirse.

*Autor
Alejandro H. Boverio (1982) es filósofo y se desempeña dando clases de Teoría Estética y Teoría Política en la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Desde hace años que trabaja en su inédita novela Grandsplendid.
Su blog: http://pliegues.wordpress.com