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Presente continuo
Jimena Repetto*

sobre La intemperie, de Gabriela Massuh
(Interzona, 2008)

Hoy por hoy la literatura argentina pareciera jugar a desafiar sus límites. Antes de adoptar a rajatabla la seguridad que los moldes confieren, tiende a conjugar géneros, desafiar los márgenes entre ficción y realidad, e irrumpe con voces personales que descubren formatos propios para los textos que narran. La intemperie, primera novela de Gabriela Massuh, no es la excepción.
El texto se abre con una fecha: 31.12.2002 y se cierra, un año y medio después, el 01.07.2004. En este arco temporal, la narradora elabora la separación de Diana, su pareja, a la vez que reflexiona sobre el estado de la sociedad, el arte y el campo cultural después de la crisis del 2001. Con un ritmo ágil, un lenguaje cuidado y una estructura fragmentaria que no teme incorporar versos y observaciones a modo de pequeños ensayos, el texto cabalga entre la novela, la autobiografía, el diario íntimo y, por qué no, la crónica.
Ya en la primera entrada, nos encontramos con una voz en primera persona que, a medida que avanza en su discurso, presenta referencias biográficas que remiten a la autora –A modo de ejemplo, Massuh es traductora y directora del instituto Goethe en Buenos Aires, la narradora trabaja en una institución internacional desde la que gesta diversos proyectos culturales. A la vez, en este juego entre ficción y confesión, introduce relatos, citas y referencias a personas allegadas y agentes que participan del campo intelectual como Alan Pauls, María Sonia Cristoff, Bárbara Belloc, Cecilia Pavón y Sergio Raimondi, entre otros. Podemos decir entonces que las conjunciones del texto son varias: citas bibliográficas con biográficas, un tono melancólico con otro reflexivo, una sensación de pérdida irreparable con la práctica de la escritura que intenta llenar con texto el vacío. De este modo, se entrelazan los pensamientos de la protagonista y sus procesos personales con los avatares del país: la pobreza y la intemperie nacional en la cual la sociedad argentina quedó sumergida luego de los fatídicos años noventa.
Pero volviendo, cada entrada del texto, dijimos, está encabezada por una fecha que la ancla a un día específico. La particularidad del fechaje respondería a la lógica del diario íntimo o la bitácora de viajes, en este caso la intimidad de la propia travesía se vuelve pública y las políticas públicas se elaboran a través de una reflexión propia (privada). Este diario informa sobre el estado del país en primera persona, sin esconder la postura y características de quien articula las reflexiones. De este modo, la protagonista, ya sea para hablar de la crisis nacional o de su propia crisis, asume una voz que no se funde detrás de la pasividad de la tercera persona impersonal ni teme exponer sus sentimientos.
“La partida de Diana en cuotas me paraliza en ramalazos de tiempo, capas de tiempo pasado, la casa inundada de escenas de convivencia, mi cuerpo, el aire que respiro. La gente se va pero el lenguaje queda de nuestro lado.”, dice en la entrada del 29.04.2003. La narradora puede realizar un análisis crítico sobre el estado de la cultura y el arte con la lucidez que la racionalidad confiere, sin embargo se encuentra con la angustia que implica tomar conciencia de la dificultad de narrar, y narrarse, el dolor que se vuelve verbalmente inasible. Es así como debe asumir el desamparo, la imposibilidad de obtener respuestas claras sobre los cómo y por qués de la debacle sentimental. La voz de esta intelectual y amante despechada expone, sin golpes bajos ni frases almibaradas, lo que cuesta expresar el vacío de la pérdida.
Y si bien la protagonista narra en pretérito hechos del pasado nacional, y de su pasado con Diana, el presente instaura un continuo en el cual se da cuenta del transcurrir de los días. Esta elección verbal puede pensarse desde el estado de desprotección que la crisis genera, y generó, a quienes vivieron el 2001. Ante la pérdida de futuro como horizonte de posibilidades, ante la hecatombe de la cotidianidad y el despojo, se elige narrar en un presente que elabora el pasado. Cada nueva entrada fechada reinstaura el relato. Desde la intemperie se nubla el futuro como horizonte, pero a la vez se exacerba el arraigo en el aquí y el ahora. Es necesario, pareciera decir el texto, interpretar lo que nos llevó al colapso. No es posible entonces hacer la vista gorda. Lo cual se articula asimismo con la reflexión sobre el amor y el desapego, su hermano siamés, que le dan al texto un halo poético.
Se dice que el amor no llega siempre para dos personas al mismo tiempo, dato que comprueba la protagonista en sus citas de la era post-Diana, y tampoco se va con la misma fecha de despedida. Frente a la decisión de su ex pareja de terminar la relación, la narradora se resiste y la convoca al nombrarla a lo largo de los días. Más allá de los encuentros entre ambas, Diana es, en su ausencia, la figura que la narradora vuelve texto presente para dejarla, con el transcurso del tiempo, en el pasado. Con el avance del relato, la protagonista va pasando por todos los estados inconfundibles de una separación disconforme: furia, tristeza, desesperación, añoranza. La narración se clausura cuando los pactos se han saldado, cuando el temor a la pérdida deja de estar presente y el pasado puede volverse pretérito.

(Fragmento de la novela)
“¿Cómo es el paisaje cotidiano de un individuo para que automáticamente resulte lógico embolsar sobornos de varios millones de dólares, decretar alegremente el remate de empresas que emplean a millones de personas, concesionar por décadas espacios públicos, vender por monedas el subsuelo de Catamarca, desmantelar los ferrocarriles, vender extensiones del tamaño de algún país europeo con poblados indígenas y cuevas rupestres incluidos, rematar la plataforma marina o qué?¿Tiene nombre ese desprecio ya no por lo ajeno sino por lo propio? Estos son los tiempos de puro presente corriendo hacia ninguna parte. En esa corrida fueron los santuarios, el paisaje de la infancia, el acceso al río y el bosque de yungas. Sólo queda el cuarto propio donde nos entregamos a una reiterativa fantasía en latas, matando el tiempo que no pasa y pasa con una velocidad que parece eterno. Esta movediza quietud es lo que queda, intemperie afuera y en el alma. Qué ganas de poder hablar, pero no hay lenguaje para definir esta incertidumbre ni proceso humano que permita redimirla a menos que se apliquen estrategias de esquizofrenia cercanas a la locura para no ver cómo se suicida el mundo.”

*Autor
Jimena Repetto es pelirroja desde el 2 de agosto de 1980. Algunos sucesos de su vida la vincularon de forma íntima con la literatura. Ya parió un correcto diploma de Lic. en Letras -con la ayuda quirúrgica de la Universidad de Buenos Aires- y una hijita caprichosa llamada “Siamesa”, que suele ser la revista que dirige cuando se porta bien. Ha colaborado con diversas publicaciones y en el 2008 participa del proyecto de “Poesía manuscrita” de Color Pastel. Para mayor información, hete aquí su blog http://www.hamacanaranja.blogspot.com/ Desde ya, le resulta muy simpático el hecho de tener que escribir esta apócrifa autobiografía.