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Villa Celina también es Buenos Aires
Matías H. Raia*

sobre Villa Celina de Juan Diego Incardona
(Norma, 2008)

En estos días, comenzó a circular por las librerías argentinas un nuevo libro de Juan Diego Incardona, director de la revista virtual elinterpretador [http://www.elinterpretador.net/], titulado Villa Celina (Norma, 2008). Tal como su anterior libro, Objetos maravillosos (Tamarisco, 2007), el título de la novedad vuelve a aludir, otra vez, a la vida de su autor: antes, Incardona ofrecía a sus lectores “objetos maravillosos” (en su mayoría publicados en su blog días que se empujan en desorden [http://diasqueseempujanendesorden.blogspot.com/]) remitiendo así a los anillos que vende hace diez años en los bares y plazas de la ciudad de Buenos Aires; ahora, nos lleva de viaje a su barrio natal: “Villa Celina”.

Así, en las aguasfuertes y casi crónicas (1) de este nuevo volumen (algunas ya habían sido publicadas en elinterpretador [http://www.elinterpretador.net/17JuanDiegoIncardona-
VillaCelina-2-ElHombreGato.htm
] o leídas en eventos culturales), uno de sus narradores (2), “Juan Diego”, nos presenta a su familia, amigos y vecinos, nos cuenta anécdotas y sucesos desde su infancia hasta su juventud y nos lleva de recorrido en un viaje nostálgico por su álbum de recuerdos trazado en la calles del barrio bonaerense. Lo que se añora es el barrio abandonado y sus costumbres, la vida tranquila y solidaria, los juegos entretenidos y violentos, las amistades valiosas y las experiencias vividas, la cultura popular de sus habitantes. En este sentido, lo añorado se muestra en contraposición al presente de la enunciación del narrador Incardona que parece recordar sentado frente a su computadora o caminando por las calles de Belgrano y Palermo Hollywood para vender sus objetos maravillosos (3).

Ahora bien, este tono nostálgico del desarraigado Juan Diego (“Fue difícil el desarraigo; los primeros meses iba de visita casi todos los días…” (p. 37)) remite a una estética de lo barrial deudora de Evaristo Carriego. Sí. Pero de un Carriego remasterizado en los 80’ y los 90’, seguidor de Viejas Locas, amigo de la esquina de San Pedrito y Giribone, que después de su carrera de Letras, alza su birome (y los dedos de su teclado) y escribe para volver su mirada al barrio natal abandonado. Así, el barrio cordial de Carriego en el que encontrábamos los caminitos de entrada, las costureritas que dieron el mal paso, los guapos y las tuberculosas; ese barrio deviene en el barrio popular y encendido de Incardona donde desfilan las barras de pibes sacados (los de Urquiza, los de Lugano 1 y 2), las esquinas cerveceras, los grupos de rock (Viejas Locas, Villanos, Callejeros), los viejos inmigrantes (Juanita, Juan) y algunos personajes casi mitológicos (el hombre gato, el perro Dos Narices), entre otras cosas. Porque de eso se trata Villa Celina: se trata de una colección de textos que construyen un referente espacio-temporal por mera insistencia. Habría que hacer un recuento de la palabra ‘Celina’ en las hojas del libro, asombraría el porcentaje (porque no sólo el barrio: “Celina, como el barrio, se llama mi vieja” (p. 19)).

Justamente, es a través de anécdotas inventadas o no y de personajes inventados o no, a través de localidades bonaerenses, de nombres de calles, de líneas de colectivos que se acumulan en un listado del tipo Guía T, a través de nombres y apodos, de referencias a la cultura popular, al fútbol y al rock, es a través de todo esos recursos que Incardona intenta reconstruir literariamente su barrio de la infancia, su Villa Celina. A veces lo logra como en “Los rabiosos”, otras veces se entrampa en el relato de la entretenida anécdota, en la redes de la memoria y los personajes e, incluso, el ambiente pierden consistencia, se vuelven mera fachada, elementos intercambiables que no alcanzan a señalar lo idiosincrásico del barrio ni a tener una consistencia propia (como en “El hombre gato” donde la descripción del misterioso personaje resulta pobre y éste queda relegado a pesar de ser el objeto de la anécdota). Sin embargo, la intención está y con 20 textos que tienen como escenario al barrio de Villa Celina, alguna representación del mismo y sus habitantes se alcanza ya por repetición (de personajes, de lugares, de creencias y costumbres), ya por logro estético (como las aguasfuertes “Víctor San La Muerte” o “Tino”).

El “Prólogo” más que prólogo es un mapa: una descripción de la ciudad, de sus límites, de sus orígenes. Así, es en esta descripción geográfica introductoria donde podemos rastrear algunos puntos de insistencia (4) que se desarrollarán a lo largo del libro para darle consistencia al referente “Villa Celina”: es “barrio peronista”; propiciaba, en los tiempos de la infancia del autor (otra vez, la añoranza), “la aventura y el juego infantil en toda su dimensión”; “sus jóvenes frecuentan las esquinas”; y “se oyen… tiros lejanos y muy cercanos” (p. 13). Allí, tenemos reunidos cuatro tópicos (peronismo, infancia, juventud y violencia) que caracterizan, a su modo, la Villa Celina que rememora el narrador Incardona y que se desarrollan de alguna forma u otra en cada una de las casi crónicas que componen el libro recientemente editado por Norma.

En primer lugar, el peronismo aparece como elemento fundador en esta descripción pero luego, en las aguasfuertes, formará parte del escenario y sus elementos serán efectos de realidad, por ejemplo: en “La culebrilla” son dos pintadas “Ni yanquis ni marxistas, peronistas” (20) y “las famosas tres A” que despiertan la curiosidad del niño Juan Diego pero que no dan para más ante la negativa de los adultos que explican parte de ellas pero no aclaran las dudas del niño; en “Los reyes magos peronistas” es la “Unidad Básica” de la que parten los reyes magos, es la mención del narrador Juan Diego “habrá sido un momento de inspiración, un olor a rosas, una Santa Evita”, la marcha peronista cantada como parte del pintoresco reparto de juguetes y el adjetivo del título (5); etc. Es decir, el peronismo aparece como ciertos elementos que aseguran que Villa Celina es un “barrio peronista” (los punteros, las unidades básicas, algunos nombres de las zonas del barrio, algunas pintadas) pero la caracterización se queda en eso: simples referencias que remiten al barrio real y no a una identificación política o un imaginario social.

En segundo lugar, el tiempo de la infancia se condensa en crónicas como “La culebrilla”, “El midi”, “La guerra” y en fragmentos de otras como “Bichitos colorados”, generando un clima en el que los niños juegan en las calles, comparten sus días, se mueven tranquilos y con libertad por las calles de Villa Celina, aún a pesar de cierta violencia barrial circulante en la que nos detendremos más adelante. En el barrio, los niños se desafían con figuritas o en el fútbol y construyen una infancia feliz, casi una edad de oro (es elocuente y muy bella la escena del niño Juan Diego corriendo bajo la lluvia después de perder al midi). Resulta interesante el breve texto “La guerra” que tiene como trasfondo a la guerra de Malvinas y que, en cierto modo, reproduce los mensajes que hacían circular los medios, la inocencia de los niños y una suerte de metáfora del asunto bélico con unas tortugas y un ahorcado.

Por último, la juventud en Villa Celina se instala en las esquinas de zapadas y cervezas, en los partidos de fútbol, en los recitales, en las reuniones barriales y, también, se relaciona con otro tópico que nos resulta más interesante: la violencia. La violencia en el libro de Incardona parece heavy (cuchillos, cerebros estrellados sobre el pavimentos, armas, heridas, puntos quirúrgicos) pero se matiza y termina por resultar moderada. Las situaciones que desencadenan la violencia suelen darse dentro de la cultura popular: el fútbol (“Bichitos colorados” o “Los rabiosos”) y el rock (“Pity” o “El 80”). Pero las peleas pronosticadas con anticipación, las amenazas, las puertas cerradas para evitar heridas, anuncian enfrentamientos tan brutales que los resultados defraudan y se escucha un “Why can’t we be friends?” como música de fondo. En definitiva, se trata de mostrar quién se la banca más, quién bardea más y nada más. No hay razones más allá de eso.

Lo que sí se nota en el libro es cierto regodeo en mostrar la violencia: la constante mención de las villas, de la basura, de los aprietes, de las barras juveniles, de los que pasaron por la cárcel o estuvieron en algo pesado, de la venganza, incluso la violencia verbal, construyen un ambiente pero no incide productivamente en la trama de la historias. La violencia, en todo caso, se queda en los marcos de la evocación, evocación con tintes épicos y heroicos, evocación como punto de partida para la anécdota pero cuya concreción deja con ganas de más. Hay un desfasaje entre la violencia prometida y la violencia cumplida. Por otra parte, en un género como la crónica, el registro de la violencia se ajusta en cierta medida a lo realmente sucedido o al menos a lo recordado y si no hubo violencia brutal finalmente, por qué Juan Diego nos iba a narrar un resultado diferente.

Por lo demás, la violencia en Villa Celina no se da por cuestiones estructurales, sociales o políticas. La violencia en este libro funciona como un dato pintoresco de la reconstrucción barrial. Por un lado, la violencia entre barras, que es más que nada un problema de fronteras o de hombría, suele terminar con algún que otro herido de forma leve (la excepción es el Lombriz) y las heridas se transforman en trofeos al más macho, al que más se la banca o en recuerdos de la vida juvenil y exaltada en Villa Celina y sus alrededores. Por otro lado, los personajes también suelen salirse de la violencia por la tangente de lo barrial (Juan Diego la zafa dos veces por ser “el hijo de la maestra” en el texto homónimo) o de las costumbres en común (el narrador ricotero evita que le roben tocando canciones de los Redondos en “Luzbelito y las sirenas”). En definitiva, más allá de la violencia, subsiste la armonía del barrio popular, el barrio del chisme y las reuniones (como el de Carriego), el barrio del rock, el fútbol y el peronismo (el de la cultura popular), el barrio que se presenta como un universo movedizo pero sin demasiados conflictos o con conflictos que no producen cambios. Retomando el sistema de referencias de Villa Celina, en este barrio, como diría el Pity: “Todo sigue igual/ todo sigue igual de bien”.

Finalmente, basta decir que el nuevo libro de Incardona es un libro de lectura rápida y parejo. Tal vez dos de los mejores textos sean “El túnel de los nazis” y “Víctor San La Muerte” y tiene fragmentos narrativos memorables en “Los rabiosos”, en “El ataque a Villa Celina” y en otros. Faltaría agregar que Incardona logra un registro de lo coloquial, sobre todo en los textos del narrador ricotero, muy interesante y plasma de modo satisfactorio el vocabulario y las formas de expresión de cierta cultura juvenil popular. Y lo que queda más allá de la lectura, son ganas de darse una vuelta por Villa Celina para ver el llamado túnel de los nazis, el famoso Tanque de Celina o para encontrarse, quién sabe, con los enigmáticos ojos rojos del hombre gato.

Notas
(1) Esta colección de textos son, en su mayoría, aguafuertes y no cuentos porque, mencionemos algunos rasgos tentativos, plasman imágenes y anécdotas de un territorio definido, intentan construir ciertos tipos, son textos breves y la narración no está sobrecargada sino que construye las escenas con trazos gruesos.
(2) El otro narrador aparece en los siguientes textos: “El túnel de los nazis”, “El 80” y “Luzbelito y las sirenas”; es un narrador que intercala fragmentos de canciones de los Redondos, vocablos de un lenguaje barrial-juvenil al estilo La naranja mecánica y que reproduce un discurso desaforado. Resulta interesante destacar la oralidad de este narrador y la abundancia del registro lunfardo que despliega en contraposición al narrador Juan Diego que escribe sus crónicas, que refiere a Mark Twain (“Emmeline Grangerford”), corrige la pronunciación de Capucha (p. 134) y que le pone coto a los zarpados: “Yo le quería poner las pilas para que no se zarpara tanto, pero no había caso.” (147). Es decir, el ricotero es la desmesura tanto en la narración como en la expresión, mientras que Juan Diego es la mesura, el cuidado de la letra, el orden del discurso.
(3) Con el otro narrador, el ricotero, pasa algo diferente: lo de él es charla con los amigos en la esquina cerveza mediante, parece hablar desde el puro presente celinense.
(4) Si, como decíamos, el referente “Villa Celina” se construye por mera insistencia, estos nodos de significado que nos dan la bienvenida ni bien abrimos el libro, le otorgan ciertos rasgos a este barrio y a sus habitantes, diluyendo sus connotaciones en la trama de las historias y en la caracterización de sus personajes.
(5) En este texto, en particular, habría ciertos rasgos excepcionales en los que se juega con una representación de lo peronista: “levantábamos los brazos de la misma manera que lo hacía el General” (p. 46)
*Autor
Matías H. Raia es estudiante de Letras en la UBA y ha participado del extinto blog pero pronto a resucitar Golosina Caníbal [www.golosinacanibal.blogspot.com]..