sobre La Hybris, de Alicia Genovese
(Bajo la luna, 2007)
Había un juego en el que una chica se quedaba inmóvil, posando en el patio del colegio, y las compañeras tratábamos de adivinar qué figura componía. Era muy difícil acertar, y si alguna lo hacía, en la siguiente ronda pasaba despreocupadamente a ejercer el poder de la estatua. Pero los recreos terminaron, y las chicas crecieron, cultivaron la pasión y el desenfreno de la hybris, para convertirse en las mujeres que posan en este libro de poemas de Alicia Genovese. Sólo que el juego se ha vuelto solemne, y las estatuas ya tienen nombre (el título de cada poema), como si la poeta “nos soplara” lo que hay que descifrar. Sin embargo, no lo estropea, sino que ha cambiado su sentido: se ve el gesto, la posición de los brazos y del cuerpo, pero ahora la tentación es designar el drama, la historia que hay detrás de cada pose. Y cuando se intenta reponer lo que no está dicho, surge una posible historia común, un corpus, y las estatuas aparecen animadas por la antigua herida del amor. El imaginario de la guerra nutre a la mayoría de los poemas. Hay estatuas beligerantes que, sin embargo, no pasan al combate cuerpo a cuerpo, petrificadas en el deseo de la guerra, pero vencidas en la voluntad de llevarla adelante, paralizadas al reconocer a un enemigo superior. Ya en el primer poema, como una declaración de principios, “La resentida” dice: Con mi silencio haré
una máquina de guerra... Un arma mortífera construiré... siempre en futuro como los planes perfectos... En el presente hay ojos menudencias, imprevistos, un temblor en la mano. El motivo vuelve una y otra vez, con distinta intensidad, fluctuando entre el desgarramiento y la reflexión filosófica, según la estación del vía crucis que transite la estatua: La discordia es una guerra
sin sangre, sin heridas a la vista, sólo bilis negra, secreta inflamación hepática (“La hostilizada) Las delicadezas de la guerra
no son las del amor; un guerrero se entrega apoyado en su fuerza un amante, en su debilidad. (“La que se va”) Sin embargo, otras estatuas bajan la guardia y son capaces de entregarse al goce. Paradójicamente, es “La estratega” quien depone las armas: Nada que pudiera encontrarse
en el arte de la guerra; apenas una contenida alteración y unas palabras suaves en el camino de los ojos... estaba siendo amada, más aún, debía aceptarlo. Hay en todo el libro una poética del no. “La inactiva” renuncia a la manera de Bartleby: decir no.
La inacción como un arco tensado. Ni el desapego fingido de la carne ni la apatía del caracol sumiéndose poco a poco en su doméstico simétrico encierro. La inacción, la dureza del no. En “La que observa a su agonista”, el poder del no lo tiene el enemigo. A la manera de Idea Vilariño, pero en un desdoblamiento, es el yo poético quien previene a su estatua: No te cederá el camino
no te dará ventaja no reconocerá tu victoria aunque la obtengas... no te nombrará de cerca no reconocerá tu idioma. El no, aunque no se nombre, aparece bajo diferentes formas (la renuncia, la retirada, el silencio), como si la guerra que da carnadura al libro pudiera librarse a través de esa palabra o fuera el mismo botín: Me retiro muda
de esta competencia... que el caos, sin palabras de esta marcha, sea mi blasfemia (“La emigrante”) Incluso habiéndote amado...
Incluso habiendo renunciado (me supe de más en la mesa como el dolor en una fiesta) (“La hostilizada”). Cuando la estatua es consciente de su hybris, el poema se vuelve ruego para conjurar el dolor. Así, en “La emigrante”: Que el orgullo
no me congele el alma que el dolor no confunda mis gestos... lengua del sueño, supérame. Ruego que vuelve en “La sedienta”: Agua, agua
río de la indolencia, llevame a la belleza de la escarcha... aunque me congele las manos cuando intenten acariciar. Espada del orgullo boomerang de los errores nada podrán si estoy fría. Pero una vez que cometió hybris, “La atrapada” acusa el golpe del boomerang: estás en la trampa
de tu triunfo como un gusano en su capullo... pero ríndete ante la evidencia: estás inmóvil te han vencido. Con un tono siempre grave, y a pesar de cierta carga retórica (especialmente hacia el final), Alicia Genovese logra mostrar la llaga de estas estatuas que coquetean con la tragedia y el melodrama femenino, y demuestra que aunque en la guerra se elija el silencio, siempre está el poema como refugio. Tal vez éste sea el sentido último de todo el libro. Como dice “La inactiva”: Escribir, la hechura de palabras
cauteriza la herida, sin la simpleza del olvido. |