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El juego de las estatuas
Silvia López*

sobre La Hybris, de Alicia Genovese
(Bajo la luna, 2007)

Había un juego en el que una chica se quedaba inmóvil, posando en el patio del colegio, y las compañeras tratábamos de adivinar qué figura componía. Era muy difícil acertar, y si alguna lo hacía, en la siguiente ronda pasaba despreocupadamente a ejercer el poder de la estatua. Pero los recreos terminaron, y las chicas crecieron, cultivaron la pasión y el desenfreno de la hybris, para convertirse en las mujeres que posan en este libro de poemas de Alicia Genovese. Sólo que el juego se ha vuelto solemne, y las estatuas ya tienen nombre (el título de cada poema), como si la poeta “nos soplara” lo que hay que descifrar. Sin embargo, no lo estropea, sino que ha cambiado su sentido: se ve el gesto, la posición de los brazos y del cuerpo, pero ahora la tentación es designar el drama, la historia que hay detrás de cada pose. Y cuando se intenta reponer lo que no está dicho, surge una posible historia común, un corpus, y las estatuas aparecen animadas por la antigua herida del amor.

El imaginario de la guerra nutre a la mayoría de los poemas. Hay estatuas beligerantes que, sin embargo, no pasan al combate cuerpo a cuerpo, petrificadas en el deseo de la guerra, pero vencidas en la voluntad de llevarla adelante, paralizadas al reconocer a un enemigo superior. Ya en el primer poema, como una declaración de principios, “La resentida” dice:

Con mi silencio haré
una máquina de guerra...
Un arma
mortífera construiré...
siempre en futuro
como los planes perfectos...
En el presente hay ojos
menudencias, imprevistos,
un temblor en la mano.

El motivo vuelve una y otra vez, con distinta intensidad, fluctuando entre el desgarramiento y la reflexión filosófica, según la estación del vía crucis que transite la estatua:

La discordia es una guerra
sin sangre, sin heridas a la vista,
sólo bilis negra,
secreta inflamación hepática

(“La hostilizada)

Las delicadezas de la guerra
no son las del amor;
un guerrero se entrega
apoyado en su fuerza
un amante, en su debilidad.

(“La que se va”)

Sin embargo, otras estatuas bajan la guardia y son capaces de entregarse al goce. Paradójicamente, es “La estratega” quien depone las armas:

Nada que pudiera encontrarse
en el arte de la guerra;
apenas una contenida alteración
y unas palabras suaves
en el camino de los ojos...
estaba siendo amada,
más aún, debía aceptarlo.

Hay en todo el libro una poética del no. “La inactiva” renuncia a la manera de Bartleby:

decir no.
La inacción
como un arco tensado.
Ni el desapego fingido
de la carne
ni la apatía del caracol
sumiéndose poco a poco
en su doméstico
simétrico encierro.
La inacción, la dureza
del no.

En “La que observa a su agonista”, el poder del no lo tiene el enemigo. A la manera de Idea Vilariño, pero en un desdoblamiento, es el yo poético quien previene a su estatua:

No te cederá el camino
no te dará ventaja
no reconocerá tu victoria
aunque la obtengas...
no te nombrará de cerca
no reconocerá tu idioma.

El no, aunque no se nombre, aparece bajo diferentes formas (la renuncia, la retirada, el silencio), como si la guerra que da carnadura al libro pudiera librarse a través de esa palabra o fuera el mismo botín:

Me retiro muda
de esta competencia...
que el caos, sin palabras
de esta marcha, sea
mi blasfemia

(“La emigrante”)

Incluso habiéndote amado...
Incluso habiendo renunciado
(me supe de más en la mesa
como el dolor
en una fiesta)

(“La hostilizada”).

Cuando la estatua es consciente de su hybris, el poema se vuelve ruego para conjurar el dolor. Así, en “La emigrante”:

Que el orgullo
no me congele el alma
que el dolor
no confunda mis gestos...
lengua del sueño, supérame.

Ruego que vuelve en “La sedienta”:

Agua, agua
río de la indolencia,
llevame a la belleza de la escarcha...
aunque me congele
las manos
cuando intenten acariciar.
Espada del orgullo
boomerang de los errores
nada podrán
si estoy fría.

Pero una vez que cometió hybris, “La atrapada” acusa el golpe del boomerang:

estás en la trampa
de tu triunfo
como un gusano
en su capullo...
pero ríndete
ante la evidencia:
estás inmóvil
te han vencido.

Con un tono siempre grave, y a pesar de cierta carga retórica (especialmente hacia el final), Alicia Genovese logra mostrar la llaga de estas estatuas que coquetean con la tragedia y el melodrama femenino, y demuestra que aunque en la guerra se elija el silencio, siempre está el poema como refugio. Tal vez éste sea el sentido último de todo el libro. Como dice “La inactiva”:

Escribir, la hechura de palabras
cauteriza la herida,
sin la simpleza
del olvido.

*Autor
Silvia López nació en Buenos Aires, en 1964. Es autora de dos novelas (Dios juega a los palitos chinos y Museo de arte amoroso), aún inéditas. Por su trabajo de ficción en cuentos, recibió, entre otras distinciones, la tercera mención en el concurso Joven Literatura de la Fundación Fortabat (1994) y el tercer premio Letras de Oro (2004). Participó en la antología poética Detenerse en el tiempo (Botella al Mar, 2004). Es autora del libro de poemas Cartografías, de reciente aparición (Huesos de Jibia, 2008).