| Un asunto tristísimo |
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| Cecilia Romana* |
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Dijeron los cortadores que te morías. Leí: d’Halmar no puede estarse en pie, pero háganle saber cuánto lo aprecia el Sur.
Dijeron que soy joven y estoy sana. El de anteojos y gorra dijo: demasiado tierna para Goeminne. Y se burló de tus manos.
Dijeron que la vida es injusta, que más me vale pensar en otro.
Dos torcazas se espulgan en la antena. Hace frío, aunque tal vez sea la fiebre. No trates de averiguar por qué hablo así. Nadie me entiende menos que yo. Me pasó, por creer que entendía, quedarme con ellos y después, oírlos murmurar: Augusto, sí, sí que se muere este año.
Dijeron que no me reconocerías ni viéndome cara a cara.
Pronto voy a meterme en la cama. Me gusta mirar las rodillas debajo de la manta: dos macizos a cuadros. Puntiagudos. Casi tan altos, corpulentos y crédulos como mis oídos.
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Me hiciste entrar en tu muerte porque parecían flores. Y los grumos se izaron sobre mí. Y las azafatas fueron patrias que toqué con mis suelas. No vayas, suplicó mi madre, no lo atormentes. Pero, ¿alguien me conoce menos que yo? Sentí el río en mí. El río estriado en la zona de las cortaderas. El agua larga de mi sueño. No lo conozcas, porque vas a enviciarte y después, ni los poros de tu cruz saldrán a flote. Mi cara estaba quieta. Piloteando el amor sobre las cumbres, mi cara era un túmulo con pintas. Y volvió a gritar mi sueño: ¡Cristóbal, Cristóbal, es hora de cargar a Goeminne sobre nuestros hombros!
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¿Así fue? Por supuesto, ¿o qué pensabas? Imaginaste a Goeminne hender la nube y que la nube copaba el Domuyo, pero no, él se quedó y todo tu amor se quedó untándolo. Cuando lo viste –era el Monteverde, la tarde en que quisiste ser Bailón-, sólo atinaste a regalarle un libro. Caminaron por Bellavista. Apretaste el puño en el bolsillo y si hubieran sido piedras en vez de monedas, si hubieran sido, pero eran monedas de cien que servían para llamarlo. Todo lo que te haya arrimado a mí es sagrado, dijiste, entonces, las monedas son piezas milagrosas y las preservaste. Cristóbal habla en mi sueño, advierte cuándo conviene embotellarse y cuándo no. Pensabas encaramarte a él, pero él no voló, y tu amor se quedó en Chile. Igual que un mogote, tu amor ¿Así fue? Sí, de esa forma.
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Después subió el herpe de la pregunta ¿A qué vinimos?, finalmente todos lo llaman apagado y lo llaman muerto. Vinimos, respondí, a padecer ¿Eso dijiste? Eso, Cristóbal. Pudiendo haberles dicho que nos bañaríamos tres veces en el mismo río, les dije lo opuesto, quizás, porque trajinamos Las Condes, Providencia, Pajarillo. El Mapocho no tiene gemelos. No los tiene. Eso vi. También, bajo la bendición del múltiplo: canaletas de un abrigo verde. Mi amor trenzado en el múltiplo. Con la cabeza echada en las peñas, tres veces, mi amor echado. Goeminne rebanándole el pelo a mi amor: y era alto como el Tupungato, duro como el Mercedario, helado, por muerto, igual que el Domuyo.
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Se encorva el Domuyo. La copuda manosea el Pacífico. Ella, que fue llamada con otros nombres, sólo se inquieta cuando la vocean: roja. Así, Cristóbal, ella soy yo, y te hablo, porque no sé de nadie a quien le interese oírme. Y no sé de nadie que analice las pizarras como lo hizo él, en Marino Benítez, un sábado de mayo. Aunque después se haya arrepentido. Aunque después haya escrito: el primer vuelo salía a las seis treinta. Cuando fueron las siete supe que no me había ido. Que no me iría nunca.
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¿Adónde llevan tus huesos como tablones de hule? Nadaban en mi sueño, tus huesos celestes que quise doblar, pero no se doblaban. Era absurdo. Sí, dice Cristóbal, es absurdo querer encorvar la vida a cierta altura ¿Los llevan a Turrialba, acaso? Soñé que las alas de tu avión iban cerca de la divisoria, la rozaban como si no supieran que allá es Chile y en cambio, hay que asentir: me estoy desplomando. Se acerca la estación del tejido, cuando es costumbre trenzar y llorar ¿Turrialba o Puntarenas? Mi amor era una cresta dura ¿No es verdad, Cristóbal? Sí, lo era, hasta que se desbordaron las aguadas y ella se dio por aludida. Iba bien, Augusto, iba muy bien, pero el río encharcó Bellavista y sólo los jóvenes se salvaron. Sólo los que huimos hacia el J. Cruz.
*
Y lo moví para que me trajera de nuevo a mi cuerpo ¿No era que en Chile se mimbreaban desperdigados?
Las capotas de los cerros aúllan, igual que Cristóbal en mi sueño.
Al final el río se volvió sobre sí.
Rocé el agudo de los nevados con la frente, pero Goeminne no desenganchaba.
¡Lo suplicaste!, me decía, ¡esto querías! Vi a mi amor antes de cascarse y era un balón calloso.
Así, temblando, se persignaron los gemelos en que acabó ¿Así?
Para que uno de los dos se trajera a mi cuerpo con él.
*
Es que lo ibas trazando, aunque no quisieras, los libros que me gustan, los versos de Elytis, o el poema “Tanto soñé contigo”. Como si me hubieras apretado el pulgar y más tarde, en el hall de un hotel de Santiago: no, perdón, me fui de boca, me fui de boca... Y las culebras, al acabarse la lluvia, se retuercen en el limo.
No te olvides de tu ahijada ¿Acaso no pensaste: ella me guía, no soy yo quien agita el timón delante de los cerros?
Oí el estertor de las líneas aéreas. Ya serán tiempos mejores. Como las hijas de Milton, volví a mi tierra con las manos vacías. |
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| *Autor |
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Cecilia Romana nació en Buenos Aires en 1975. Publicó: Flota, hangares y otros trabajos mecánicos, 2004; Duelo –en colaboración-, 2005; Aviso de obra, 2008 (Premio de Poesía Iberoamericana Sor Juana Inés de la Cruz, México, 2006); No lo conozcas, 2007 (Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, México, 2006). Bajo su curadoría, el sello Sigamos Enamoradas, del que es editora, publicó la antología de poesía argentina Hotel Quequén, en 2006, y la antología de narrativa nacional Hotel Quequén II, en 2008. Sus poemas han sido traducidos al francés en Canadá (Exit) y Bélgica (Maison de la poésie). Colabora con varias revistas nacionales y extranjeras. Es licenciada en Artes y Ciencias del Teatro.
Los poemas de la presente selección pertenecen a su libro Un asunto tristísimo, en prensa por editorial VOX. |
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