| Ea |
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| María Julia Magistratti* |
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A Irma Alejandrina Pérez
esposa de Santo Glorioso,
mi abuela
1
No sabe que está muerta, sin mirada donde ir a parar; atravesada por la arruga mayor con que se ha desvestido su cara.
La muerte es doble: en un parte huele y en la otra crece.
La muerta se sofoca se apabulla como un ladrón de frutas, se desagua.
Y el cuerpo que no puede quedarse.
La muerta ahora nace atraviesa el huevo que ha madurado en tierra,
lo primero que ve son fondos de casas, objetos vistos desde atrás.
2
Porque no conozco como es vivir sin ella, dejo hacer a mis pelos a mi futuro, a mi digestión.
Porque no conozco las formas de despedirme de ella, hago vibraciones tengo ascos, mejoro el silencio.
Vuelvo a flotar amniótica y trago líquidos.
3
Cúbrete, que nadie vea en qué inocencia te has dejado el cuerpo durando solo.
Vi al mundo meciéndote despacio atado a tu ombligo cabeza abajo.
Yo estaba alta y redonda echada a tu vida y ahora bajo a un sueño como a una raíz.
Siento el pudor del cuerpo muerto.
4
Vacía y triste se demora, contempla en el aire ojos, pelos, transparencias y tiene el frío que completa el mundo.
Todo lo ido regresa a su parálisis y le hace un arco al cuerpo como una puerta por donde pasarán ella y sus cosas.
Nos va dejando un volumen sin nadie al que adoraremos lo que reste de la noche;
Nosotros, los que sin pasar reímos en el lugar que más nos duele.
Un sitio sin besar queda en tierra.
5
Habla la abuela mientras dejo que se me muera, que se asolee en un lugar temblado donde ella va dañada de luces.
Habla la abuela su número para que siga suelto y en mi hora se espirale.
Todo se vuelve los hijos que no tuvo y que debo consolar.
6
Sueña con armarios sueña con estantes donde dejar sus cosas:
Cuanto más llena está su vida menos pesa.
7
A Juan José Hernández
No es que cesa la vida cesa el movimiento,
un vértigo siempre tentado por la extinción.
Lo muerto es sobresalto
aturdidos pájaros que juntos comieron una miga y desaparecieron en el aire.
8
Llama el teléfono y clandestina el sonido de la casa;
la recorre buscando golpear en un cuerpo que no halla. Se da contra los muebles, las pastillas,
la humedad que es lo único que vive
y juega
y es sorda.
9
La abuela no vio la guerra por la televisión, no vio su nombre diciendo nada en una lista por la paz.
Siente, debajo de la tierra, trenes que van, cosas trizarse, derribamientos. Y no hay imágenes; sólo su oído electrificado por la muerte escucha a los que están entrando;
hasta que la tierra termine de comer.
10
A Julieta Bava, en su cielo
No le sorprende que hablen de ella, que cuenten deseos que fueron de ella y que quedaron en la tierra.
Levantó sus brazos hasta donde pudo,
hasta la mandarina que saltó de su mano y fueron cristales caminando el mundo en mi patio.
Todo lo que soñó tiembla en nuestros sueños y no sabe qué pensar.
Sucede así, un día cualquiera te ruge la habitación; y no pedimos ningún deseo porque no sabemos respirar.
11
“Siento la ira de las cosas que nunca hubieran querido existir” dijo, “eso es la carcajada”.
Cuando ella reía no había sitio para la familia,
se le escurría el cuerpo como si ensayara la única manera de irse. y tenía que agarrarse de la panza, del pecho, para no arrojarse dentro de esa luz de pozo.
Todos murieron antes que ella, debieron dejarla antes de que se riera demasiado.
12
“Total, morir aquí y resucitar en París” decía mi abuela que decía su padre, “donde están las mujeres más hermosas del mundo”.
Que siguen menstruando aún muertas,
cuando sus cuerpos sólo son perfumes, aires en el aire de París.
Mientras mi bisabuelo resucita, y mi madre me trae viajando en pájaros, mi abuela nos va abriendo las puertas: a la madre, de la hija que viene; y a la niña, de su bisabuelo; y se duerme recordando llaves.
13
Alguien se apaga y empieza el muerto, su sonido blanco.
Como arañas demoradas en la pared, una distorsión que tiene el tamaño de un segundo mirado desde el ala de un colibrí.
14
El cuerpo se cierra: es la muerte.
Sólo el ojo dura y es la herida.
Ni el que muere, ni el que queda son valientes. Acodados a cada lado de la ventana, sin distancia, se miran;
hasta que ninguno de los dos comprende desde qué lado llega el perfume de esas flores.
15
Están sintiendo los muertos. Salen en mi barrio sombras verticales, círculos en el agua y en la velocidad de los espejos.
Y hay una luz que no viene de nadie.
Ellos saben que la temperatura del alma es la temperatura del nacimiento de la luz.
16 (Familia)
La madre de la viva está muerta, La madre de la muerta está muerta. El padre de la viva está muerto, el padre del muerto, está muerto. El padre de la muerta está muerto, la madre del muerto está viva. Y están vivas las nietas, que sólo son nietas, que nunca más serán hijas.
17
Mi pie toca la tierra sabe que hay animales, raíces, juguetes enterrados; y la vida es todos los muertos, sus deseos sueltos en este mundo en la sábana al sol en el caracol perpetuo en el tronco en el gato ulceroso que cruza horizontal.
Todo cuanto quisieron abandonado, viviendo solo:
la perla cae, repica en el suelo, se va poniendo lenta en el rincón, se vuelve animal que sabe que puede huir.
Y yo que comienzo, oliendo a roca, a hueso completo.
Deseos sueltos caen en todos los lugares;
esas bolsas que encuentras en tus árboles, pensamientos arrojados en tu patio, el grillo prendido por su suerte, el agua verde de las ranas, las semillas que no ves, las moscas lanzando chorros y humos;
todas son redes buscan quien.
18
“Tengo hija, tengo hija” y sonaban huesos, se suturaba en una planta la casa rotando con el mundo.
Se escuchaba el aullido del animal que la casa había dado a luz: un hueco negro con instintos que pedía comida, calor y que había juntado lastimaduras en las noches de los macetones.
“Tengo gata, tengo gata” aunque se orine en el lugar de mirar de mi marido, “ese animal no hace hijos, cuando yo muera los hará lejos de esta casa como lo hacen los que no tienen descendencia, se atragantará con el aire último que está siempre en el aire”.
“Tenía hija, tenía hija. Todos los días tengo una hija que tenía”
Esto que es gata en lugar de muerto.
“De mi vientre al mundo se van desfigurando los caminos, tengo ochenta y seis ojos que verán mi caída en la próxima rotación.
He dejado sin llaves la puerta de la casa”.
19
Andate abuela es febrero, un mes sin nadie. Ayer ha nacido tu hija hace cincuenta años.
No vengo a buscarte, vengo a que me nombres por última vez, que diga tu labio mi miedo a que existo.
Es necesario que el que muere nos nombre a todos.
20
Hablaban. Nos veía hablar.
Pasaban filamentos, espaditas, estrellas, antepasados, trenes, de rostro a rostro. Virgencitas, pelotas amarillas, un barrilete que llegaba desde el campo perseguido por las abejas.
Era la conversación.
No sé qué dije cuando aparecieron los dientes de la abuela y se alojaron en los míos. |
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| *Autor |
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| Maria Julia Magistratti, nació en Azul, Buenos Aires, Argentina en 1976. Es egresada de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de Universidad de Buenos Aires (UBA). Es periodista y escritora. Ha publicado los libros de poesía "Alasitas" (Editorial Honorarte, 2004) y "Ea" (ediciones EL Mono Armado, 2007). Ganó el 1º Premio Internacional de Poesía "Letras de Oro", Fundación Honorarte, Buenos Aires, 2003.Recibió el apoyo del Fondo Metropolitano de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires para la edición de su segundo libro.Poemas suyos han sido publicados en varias antologías de poesía de Argentina, Colombia y Venezuela. Como periodista colabora en medios argentinos y latinoamericanos. |
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