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El hecho capital de nuestra generación
Mauro Libertella*

La entrevista tuvo un marco imponente, casi escandaloso. Hotel Alvear, jueves, doce del mediodía. Llegué con escrupulosa puntualidad y esperé durante media hora, imaginando que Jorge Herralde ya no vendría, asumiendo el hueco, la realidad vacía de una entrevista que nunca se hizo. Barajé la posibilidad de inventar las respuestas, ficcionalizar un reportaje perfecto, total, pero mi decoro se impuso ante esa imposible osadía. En esas disquisiciones mentales estaba cuando apareció en el lobby y me preguntó por qué no lo había llamado a la habitación, para avisarle que baje. No supe qué contestar; no se me había ocurrido. Así empezó la entrevista.
A veces, en la trasnoche de algún bar, o en la rara euforia de la soledad, llego a pensar que Anagrama es el hecho capital de nuestra generación. Quiero decir: esos libros amarillos y grises, que pueblan nuestras bibliotecas y que se han impuesto casi como icono pop en las mesas de novedades de las librerías, marcan el mapa de una lectura compartida. Frente a esa insignia que ya es Anagrama, hay quienes adoptan una postura escéptica y de franco rechazo: son libros pasteurizados, para complacer al lector medio español, se los escucha decir. Están también los que profesan un fanatismo ciego y sin matices; para ellos, cualquier libro que publique Anagrama es bueno, a priori, en un axioma inclaudicable. Ante este fenómeno abrasivo, de largo impacto, son pocos los sobrevivientes que se muestran indiferentes, que les da lo mismo. Lo cierto es que los libros de Anagrama ya se han incrustado como ácidas esquirlas en el nervio de los nuevos lectores. Roberto Bolaño, Alan Pauls, Martin Amis, Copi, Bellatin, Alejandro Zambra, Wilcock y Nabokov son algunos de los nombres con los que he ido erigiendo mi propio catálogo paralelo, privado, de raros chispazos, en ese océano en expansión que tiene casi tres mil títulos, y que ya ha clavado el ancla en nuestro imaginario.

Ya que estamos acá, sobre la avenida Alvear, empecemos hablando un poco de Buenos Aires, si le parece…

Yo soy un adicto a Buenos Aires. Vine por primera vez en el 74, agosto del 74. Días complicado, difíciles. Acababan de matar a Ortega Peña. Aquí conocí a un buen número de amigos. Estaba Eugenio Trias, un filósofo español que publiqué. Estuvo un año viviendo en Buenos Aires, en esos grupos alternativos a la universidad. Allí conocí a su grupo de más amigos, que eran Germán García, Osvaldo Lamborghini, Luis Gusmán. Conocí el esplendor de la calle Corrientes, con sus librerías abiertas hasta tarde en la noche. Una orgía cultural fantástica. A partir de esa vez he ido viniendo con frecuencia. En el período militar sólo estuve un mes, y me fui muy desalentado. Vengo aquí cada año.

¿Y en qué consisten los viajes?

Bueno, consisten en reuniones con Juan Carlos Zaragoza, el director de Riverside, nuestra distribuidora, y con Marisa Avigliano, la jefa de prensa. Por lo general hay un almuerzo ritual con muchos libreros de Buenos Aires reunidos, ayer éramos más de veinte. Muchos paseos por librerías, y naturalmente comidas y cenas con los amigos escritores, por ejemplo Alan Pauls, Martín Kohan, Ricardo Piglia.

¿Y por fuera de lo estrictamente literario?

He tenido algunas experiencias teatrales muy interesantes de Vivi Tellas. El año pasado fuimos a ver la última función de su pieza sobre la escuela de conducción, y estuvimos viendo el ensayo de una obra que estrenan el mes próximo sobre guías turísticas. Es algo realmente original, muy interesante.

Este año además le concedieron el Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires, en La plata. ¿Fue de algún modo una sorpresa?

Este premio me sorprendió totalmente, porque además es el primer año que se da. En el momento del premio, yo comenté que con Argentina me siento doblemente recompensado, por así decir, debido a que a causa de la guerra civil tuvieron que exiliarse un gran numero de intelectuales españoles a América Latina, especialmente México y Argentina, donde en parte contribuyeron a vivificar editoriales de Argentina, como Sudamericana, Losada o Emecé. Editoriales muy significativas. Entre esta actividad editorial y la férrea censura franquista, varias generaciones nos nutrimos gracias a los libros de estas editoriales argentinas, que llegaban a España más o menos o muy clandestinamente, pero que podías encontrar en algunas librerías progresistas, que tenían un espacio donde los guardaban.

¿Qué libros se leían en esas librerías?

Se podía leer a García Lorca, Rafael Alberti, Sartre, Camus.

¿Con Anagrama tuvieron problemas con la censura?

Sí, tuvimos muchos percances durante la primera mitad de la década del setenta, porque Anagrama era una editorial muy política, muy izquierdosa y muy heterodoxa, y así que tuvimos problemas con secuestros de libros, procesos por el tribunal de orden público, etc etc.

Los libros de Bukowsky, por ejemplo, con esas tapas medio eróticas, ¿son de esa época?

No, cuando aparece Bukowsky ya había empezado la transición y había desaparecido la censura. Fueron años en cierta manera de explosión libertaria, en donde cometíamos las mayores audacias. Recuerdo que cuando fui a visitar a Bukowsky, en el año 1980, estaba sorprendidísimo porque las cubiertas más agresivas y más bestias de sus libros eran las de Anagrama, y él todavía tenía la imagen de la España de la inquisición.

Hay una cuestión difícil para los lectores argentinos de los libros de Anagrama, y de libros españoles en general, que tiene que ver con los precios, que a veces ascienden a los cien pesos la novela. Es probable que la inflación y la devaluación de la moneda local tengan mucho que ver con esto pero, ¿hay forma de controlarlo?

Bueno, en ciertos casos con la edición local, con descuentos suplementarios y con la colección compactos, de bolsillo, que en España tienen precios de cinco a ocho euros, que es un precio más asequible, incluso importados. En los últimos años, para apalear el enorme costo de importación de libros en Argentina hemos empezado a publicar a algunos de los autores de la casa más conocidos, como Paul Auster, Ian McEwan, Houellebecq, Sebald. Los autores argentinos también, desde hace cinco años, de publican simultáneamente en Buenos Aires y en España. Eso me da más cancha para jugar, me permite más capacidad de maniobra, y se pueden incorporar nuevos autores.

Ya que estamos con cuestiones difíciles para los lectores argentinos, hay otra que tiene que ver con las traducciones de ciertos libros, sobre todo de aquellos que despliegan mucho argot.

Sí, esto es un tema recurrente y seguirá por los siglos de los siglos. Yo recuerdo que cuando publicamos los primeros títulos de Bukowsky, surgieron voces escandalizadas: “¿Qué es eso de la máquina de follar?”. El problema es más grave con las novelas de mucho argot, como dices, efectivamente. Pero hay que tener en cuenta que nosotros hemos tenido que deducir muchas veces que el saco y la pollera eran la chaqueta y la falda.

¿Hay algún título del catálogo que haya tenido una historia rara, o lo que lo haya sorprendido de alguna manera?

Sí, el caso de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, un amigo español que había estado toda su vida en el mundo editorial, y que a los sesenta años escribe su primer libro, que me lo manda muy atemorizado. Lo leí y me pareció buenísimo, lo publicamos, tuvo buenas críticas, ventas no malas para tratarse de un libro de cuentos de un autor único. Por desdicha, un cáncer lo atrapó y murió en menos de un año. Póstumamente, ganó el premio nacional de la crítica y el premio nacional de narrativa; algo inaudito, el primer caso. Ahí empezó un boca a boca impresionante, el libro se ha convertido en un long seller, se han vendido como 150 mil ejemplares.

Parece ser una sorpresa, como dice, por ser un libro de cuentos. ¿Cómo se explica esa idea de que los libros de cuentos no se venden, y los editores no los quieren publicar?

Yo creo que en América Latina, los libros de cuentos tienen mayor circulación que en España y que en Europa. Está esa etiqueta de que los malvados de la película son los editores que no quieren editar cuentos. Pero no quieren editar cuentos porque los lectores no quieren leer cuentos. Hay notables excepciones, como dos autores catalanes, Quim Monzó y Sergei Paimes, que se venden muy bien, o autores como Raymond Carver o Truman Capote que están más allá del bien y del mal. Y luego casos de libros que más que cuentos son viñetas autobiográficas, como Bukowsky o Pedro Juan Gutierrez, con un único personaje, en donde el lector no tiene que hacer esa operación a veces incómoda de salir y entrar de distintos textos.

¿Y cómo reacciona el lector ante el autor nuevo?

Le cuesta más, pero cada tanto se producen también excepciones. Un caso es el del chileno Alejandro Zambra, que es de esos fenómenos que pueden alentar a jóvenes escritores. El mandó un manuscrito por correo, lo leí, me pareció buenísimo, luego me fui enterando de que era también un excelente crítico literario y poeta.

Me gustaría que toquemos otro tema. Tengo entendido que en los últimos años la figura del agente literario ha ido tomando ciertos roles que antes eran exclusivos del editor, o que por lo menos ha tomado funciones más fuertes dentro de lo que es el intercambio literario.

Yo descartaría tajantemente la expresión “intercambio literario” sustituyéndolo por la circulación de contratos y de dinero. Debido a la aparición del Mercado, con mayúsculas, que se venden muchos más libros, desde finales de los ochentas, la hiper concentración editorial, con los grandes grupos trasnacionales y multimedia, se potencia la figura del agente literario, que facilita el tránsito entre unos grupos y otros de autores estrella. O en España, con la proliferación absolutamente disparatada de premios literarios, con unas dotaciones económicas muy superiores a anticipos posibles. En ese contexto, los agentes literarios, al igual que los grandes grupos, cumplen con sus cometidos estructurales en el campo editorial.

Claro. Quizás a lo que me refería es a esa instancia en la que el agente lee el libro, y hace su propia valoración estética.

No negaría que una cuota de agentes lo hacen con ciertos títulos, pero no necesariamente. Puede hacerse, y los buenos agentes, con buenos criterios literarios y empresariales, sí que intentan dirigir a los autores a aquellas editoriales en cuyo habitat encajarían mejor.

¿Hay alguna escisión entre los libros que considera “caprichos” y los que cree que van a funcionar bien en las ventas?

En algún caso son más caprichos, o vicios personales. Por ejemplo, el caso de los situacionistas franceses. He publicado varios libros de Guy Debord, la máxima figura, a sabiendas de que es una apuesta a contracorriente, minoritaria, pero me gusta tenerlo en el catálogo. Tiene sus lectores escasos pero fieles, y es bueno para el catalogo tenerlo aun a sabiendas de que será minoritario.

Permítame formularle una fantasía recurrente del fetichista de Anagrama: ¿los libros publicados los tiene todos juntos en algún lugar?

Ahora no me caben, porque son casi tres mil. En casa, en una habitación, están en las cuatro paredes una gran parte, pero ya no caben.

Retomando lo que hablábamos antes, respecto del cuento, Roberto Bolaño tiene varios libros de cuentos publicados –Putas asesinas, Llamadas telefónicas, El gaucho insufrible–, ¿cómo se lo puede pensar a él como cuentista?

El tenía cinco actividades literarias, por géneros. Una era como poeta, como cuentista, autor de novela corta y de novela mamut, y como ensayista y crítico literario, que es lo que recoge el libro entre paréntesis. Es muy bueno en todos los registros. Una novela corta como Estrella distante, que es perfecta, que es la primera suya que publiqué. Y las novelas mamut, Los detectives salvajes y 2666, que son aclamadas en el mundo como lo mejor que se ha publicado en lengua española en los últimos 40 años. Los ensayos son muy agudos, también. El quiso publicar en Anagrama para pertenecer al club en donde estaban Piglia, Sergio Pitol, George Perec, Nabokov. Era un lector muy voraz. También admiraba mucho a Rodolfo Wilcock. En Anagrama está publicada esa joya que se llama La sinagoga de los iconoclastas, y en la que él se inspiró para La literatura Nazi en América.

El libro de Wilcock no se consigue, ¿tiene alguna reedición?

Se reeditó una vez. Debería reeditarse aquí, pero sigue siendo un autor de mucho prestigio pero semi secreto. Muy literario.

El otro día hablaba con un amigo que estuvo en Estados Unidos, y me dijo que entraba a las librerías y que los libros de Bolaño estaban en las mesas de best sellers, una locura.

En Estados Unidos ha sido absolutamente inesperado. En Europa era esperado, en Francia. Alan Pauls me contaba que presentó su libro en Paris hace un mes, y que lo de Bolaño por allí es impresionante. Pero en Estados Unidos es mucho más raro. New Directions fue publicando todo.

¿El era conciente en sus últimos años de este estallido de su obra?

El por una parte estaba muy convencido de su obra, sin ser nada vanidoso. Se dedicaba a eso íntegramente. Pero esto no lo podía adivinar nadie. Al menos, en vida de Roberto. Aunque ya desde Los detectives salvajes le dio una difusión muy notable, la gran exposición fue con la publicación postuma de 2666. El gran salto. Todos los jóvenes escritores de menos de cuarenta años lo toman como el escritor faro.

¿Y cómo es en Chile la percepción respecto de Roberto Bolaño?

Bueno, por una parte muy favorable, por parte de los escritores jóvenes. Hubo una generación con la que colisionó, que en pleno lanzamiento de la nueva narrativa chilena, con buenos escritores, aparece este Roberto Bolaño, un desconocido que vive en un pueblito, cerca de Barcelona, irrumpe con libros que dejan al lector boquiabierto. Cuando él vuelve a Chile después del golpe contra Allende, no le interesa ser políticamente correcto. Entre esto y el éxito, en una sociedad tan cuidadosa como la chilena, donde todo el mundo es tan cauteloso para emitir juicios negativos y evita crearse enemigos, tuvo problemas. Hubo gente que reaccionó muy en contra. Pero yo creo que incluso en estos ya hubo cambios de posición, de opinión. La calidad literaria es demasiado evidente.

*Autor
Mauro Libertella nació en Ciudad de México en 1983. Colabora con Radar y Radarlibros, Los Inrockuptibles y Brando. Escucha los Beatles, Pulp, Dylan y Nick Cave, como cuatro ejemplos de persistencia en un rompecabezas que tiende a estallar. En sus días de gloria imitaba a Woody Allen, sobre todo en la hipocondría y en cierto despliegue de la neurosis. Ahora, pasa sus días en prácticas más confesables.