Volver Menú
Bolaño y la pesadilla latinoamericana
Marcelo López

Recuerdo que, a principios del año 2000, cuando llegué a tener entre mis manos la novela Amuleto, de Roberto Bolaño –que en ese momento era uno de los últimos textos que se habían publicado en la Argentina-, tuve una sensación ambigua, entre la incomodidad y la fascinación. La incomodidad, podría decir, me la causaba la protagonista de la trama, Auxilio Lacouture, con su relato fragmentado y su voz epifánica, que dejaba al descubierto, como huella sensible, la violencia ejercida por las fuerzas policiales en el año 1968, en la Facultad de Filosofía y Letras de México DF. La fascinación, era producto de la potencia narrativa que demostraba, ya no la protagonista sino el autor, para lograr componer aquel personaje memorable, que vivía en un tiempo y en un mundo muy distintos al mío, una voz encriptada en el pasado, haciendo del presente su mayor imposibilidad: el presente y el futuro, mejor dicho, estaban anclados en aquel pasado que había dejado una cicatriz en la memoria de la protagonista de la novela, pero sobre todas las cosas, en la memoria de toda una generación.
Empecé leyéndolo mal, es cierto, porque en aquellos días no sabía que ese personaje (Auxilio), ya había esbozado un principio de relato en Los detectives salvajes –allí se encontraba, la versión sin pliegues de su anécdota-. Luego -hago memoria y recuerdo-, leí Estrella distante y quedé también –cómo no- fascinado por la figura malvada de Carlos Wieder. Tiempo después, llegó a mis manos La literatura nazi en Latinoamérica y entendí que Wieder era el mismísimo Ramirez Hoffman. Es decir: seguía leyéndolo mal, de adelante hacia atrás, como a contrapelo. Por suerte, eso no hizo que mi atracción por este autor se viera modificada. Más tarde, llegaría a sus cuentos: algunos de ellos memorables y que podrían ser colocados en la antología de cualquier serie latinoamericana. Los relatos de Bolaño son, en sí mismo, el germen de sus novelas, donde ya se prefigura el aura de novelista que va buscando su propia forma y ese modo tan particular de incrustar tanto diálogos como personajes al mismo plano en el que se desarrolla la narración.
Después, llegaría la serie de libros “póstumos”, pero esa es otra historia de la que me voy a encargar más detalladamente en otro momento.

Un fenómeno particular

Es cierto que, como dice Alejandra Costamagna en su ensayo, en Bolaño se produce una vuelta a la lógica del boom; esto quiere decir que se trata de un autor que se ha colocado -no tanto por él mismo, sino por condiciones concernientes al mercado que exigen, cada tanto, elevar una figura por encima de otras-, como paradigma de toda una generación de escritores. Desde su muerte en el año 2003, su mito se vio potenciado mucho más de lo que se podía haber esperado. Es verdad que el reconocimiento a Bolaño le llegó en vida (un premio Herralde y un Rómulo Gallegos, no es nada despreciable), pero también es verdad que el precio y la venta de sus libros se dispararon una vez que éste había muerto. El mito de autor se vio multiplicado y esto lo confirma el hecho significativo de que se hayan editado, a cinco años de su muerte, al menos cuatro libros. Digo “al menos”, porque es probable que en cualquier momento salga publicado algún otro texto y me desacredite.
“Después de su muerte, en el año 2003, vino el estallido. En Chile Bolaño se volvió, en cierta forma, un nuevo canon. Un canon sobre infinitos cánones. Bolaño como un icono, como el rey de una tribu, el ídolo de un Chile caprichoso. Y ya van cinco años y el entusiasmo está lejos de apagarse”, dice la escritora Alejandra Costamagna. Es que el chileno ha sabido construir una obra francamente monumental, erigiendo un edificio particular, su “Universidad desconocida”, pero que cada día deja ver un poco más su propio recorrido. “La literatura de Bolaño reconoce la tradición pero la integra de tal manera que siempre parece estar partiendo de una esquina propia” (Costamagna). Esa apropiación particular del canon y su modo de posicionarse, a su vez, dentro del mismo, son factores importantes para comprender mejor su obra.
En 2666, por ejemplo, la maquinaria verbal llamada Bolaño llega a su punto (quizás) no más alto, pero sí más complejo, desbordante y desmesurado. Esto se debe, en parte “porque la digresión le da a la obra ese carácter arborescente que multiplica personajes y situaciones en que lo desopilante se mezcla con lo patético o con el horror. Porque Bolaño juega a Sherezade, pero además, la digresión es solidaria con el engranaje de la trama. Una novela da lugar a la otra como en un juego de postas.”, dice Silvia López en su artículo. “Es esa amalgama de humor y muerte, la misma que ha signado la escritura, la que recorre, como un escalofrío, su columna vertebral”. Creo que la literatura de Bolaño sería imposible de ser concebida sin la aparición de ese tono humorístico y las “muecas” irónicas que todo el tiempo tiene hacia sus pares, pero también con esa misma tradición a la que pertenece y de la que pretende, no siempre con éxito, renegar.
Sobre esa misma novela, Alejandro Zambra –un tanto enigmático- dirá que: “2666 es una gran novela porque no se entiende casi nada, aunque durante sus mil y tantas páginas persiste una ilusión de conocimiento, una inminencia”. Parafraseando –el mismo Zambra- a Borges: “La inminencia de una revelación que no se produce”. Esa revelación quizá esté cifrada en el orden –maligno- del mundo, un universo en el que ya no existe un concepto claro de lo heroico, “Archimboldi es un héroe pero no es un poeta: piensa que toda la poesía cabe en una novela, que sólo una novela puede comunicar qué es la poesía. La obra de Bolaño cuenta la historia de un poeta resignado a novelista. Un poeta que desciende a la prosa.” (A. Zambra).
Un poeta que desciende a la prosa. Me gusta detenerme en esa imagen, me gusta pensar que un narrador es, a su modo, un poeta a quien se le derriten las alas al intentar llegar muy cerca del sol, de la verdad, y tiene que descender a un espacio mucho mas terrenal para intentar dar cuenta de él. Sólo que en ese descenso abrupto ha logrado ver -de a ráfagas, como si se tratara de fotogramas unidos sin un fin concreto- un orden vedado a los demás mortales. Me parece que pocos autores han sabido apropiarse tan bien como él de esas “ráfagas” de imágenes. Puede que tenga razón Walter Ianneli cuando señala como una de las máximas virtudes de Bolaño “su estilo indirecto y casual, con esa distancia panorámica y a la vez íntima” que tiene con el mundo que narra y los personajes que lo habitan. “Sus personajes están siempre al borde de algún abismo” (Costamagna).
El propio Bolaño ha dicho alguna vez, en su “Discurso de Caracas”, que “en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación”. Algo parecido, dirá Marco Quezada, en su análisis de Los detectives salvajes, haciendo notar que esta novela “sugiere un itinerario hacia la derrota, la marginalidad y el anonimato literarios”. El chileno Juan Carlos Moraga, analiza la relación filial que existe, según su punto de vista, entre dos figuras extrañas: la del detective y la del poeta. “Bolaño escribe sobre poetas que investigan el reverso de las cosas y transforman la experiencia en obra de arte, así como Piglia ve en el detective la variante popular del intelectual, hombre que busca conexiones y una teoría que explique el entorno, Bolaño plantea al poeta como detective de una realidad descarnada”.
Andrés Neuman ve en la literatura del chileno la conformación de un espacio extraño, un desierto (latinoamericano, pero con escala a nivel mundial, digamos) del que hay que apropiarse pronto para poder seguir narrando. “Si estoy en el desierto, parecía profetizar Bolaño, entonces el desierto es mío”. Además, destaca una necesidad que circula dentro de la obra de Bolaño, la impostergable acción de buscar a todo momento un camino, es decir, “su fecunda desesperación por vivir, por escribir, por contar. Bolaño no narraba las historias, las necesitaba”. Porque, en definitiva “un escritor de sangre se educa escribiendo, vive escribiendo y muere escribiendo. Contra viento y marea. Contra todo y contra todos. También contra sí mismo.”
La pesadilla de la que hablaré a continuación –la pesadilla latinoamericana-, también es mencionada por Gonzalo Garcés en su artículo, trazándose así, un paralelo con la obra de Franz Kafka: “los sueños de Kafka tienen lugar en la eternidad. Los de Bolaño, en la Historia. Mejor dicho, son los sueños (o las pesadillas) de la Historia”. Pesadillas, sueños y vigilias que se descomponen en pequeñas porciones y van conformando otra cosa aún peor: la realidad. Como dice el poeta Guido Arroyo, el caso de Bolaño “no se trata de un chileno o un Mexicano que viaja a buscar trabajo en Europa, sino de un Latinoamericano que se inscribe escrituralmente como un extraterritorial y vive como un desarraigado”. La empresa propuesta por el autor de Los detectives salvajes no es para nada simple, ya que “retrata a una generación casi extinta”.

Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento.
Breves palabras sobre una pesadilla

El caso de Bolaño es muy particular: un escritor chileno (es decir, latinoamericano, con todo lo que eso significa) que muy joven parte hacia México, lugar en el que reside durante mucho tiempo y tiene su aprendizaje vital en una región que se le antoja extraña y que luego vive sus últimos años en España. Bolaño no se siente representado por el espíritu de ninguno de estos países, es un errante continuo que deambula buscando algo que ni siquiera sabe bien qué podría llegar a ser. O no, todo lo contrario: un hombre que se siente “a gusto” en donde sea, porque cada lugar tiene y porta en sí mismo una historia diferente, una tonalidad distinta y una cartografía nueva, disponible para ser “descompuesta” en partes y vuelta a ensamblar en el espacio escritural.
“Vivir es un milagro irrepetible y en cambio escribir es algo bastante jodido”, ha dicho alguna vez el autor chileno. Es cierto: vivir es un hecho misterioso y que no se repite nunca, pero cambiar de lugar (experiencia que todo escritor de ley debería tener respecto a su obra, a la forma con la que trabaja y experimenta), se parece bastante a un “recomenzar” la vida. Y de esto, de cambiar de lugar, de barajar las cartas y volver a jugar una nueva partida, Bolaño sabía bastante. Porque “el verdadero poeta es el que siempre está abandonándose. Nunca demasiado tiempo en un mismo lugar, como los guerrilleros, como los ovnis, como los ojos blancos de los prisioneros a cadena perpetua”, tal como dice Zambra.
Sin embargo, todos los personajes de Bolaño parecen compartir una serie de rasgos que, como mencioné algunas líneas arriba, al pasar, tienen que ver con su condición de latinoamericano. Las dictaduras militares, el silenciamiento organizado, sistemático y violento de parte de los Estados no democráticos (y también de otros que pretenden serlo, pero que no lo son) son factores comunes de muchos de los países que engloba éste, nuestro continente. Porque vivimos una historia, una pesadilla de la cual queremos despertar y no podemos, una verdadera pesadilla latinoamericana incesante que ahoga y de la que a veces sale a flote un manuscrito dentro de una botella y que intenta dar cuenta de esa historia que está implícita en las aguas bravas del océano del mundo, en sus profundidades, donde en muchas ocasiones naufragan las voces de los poetas que han sido tapados por la fuerza centrífuga de ese espacio que es la vida y al que, de vez en cuando, nos dejamos arrastrar.
Creo que Bolaño es un ciudadano del mundo, es decir: un verdadero escritor, un escritor a secas. Y como escritor, pero también como cronista, le ha tocado observar la caída, la desaparición de toda una generación de escritores que han quedado en el olvido. Bolaño ha visto a escritores promisorios convertirse en estatuas de piedra, o peor: en fantasmas. Ese es el drama de muchos de sus contemporáneos, que vieron a la Medusa por largo tiempo y sin saber despertar del hechizo. Bolaño lo ha visto todo, como hubiera dicho Marechal, pudo sentarse en el umbral de su puerta y observar cómo pasaba el cadáver de la última estética. Pero decide no hacerlo, decide no quedarse inmutable viendo la escena, sino narrarlo todo, ser un peregrino de la forma, construir múltiples voces que establecen una totalidad indispensable e indisociable. Ante el silenciamiento de toda una generación, Bolaño se ha propuesto llevar a cabo la realización de una obra fundamental y que, de alguna manera, se propone recuperar todas aquellas voces antes de que la velocidad del tiempo las obture y las entierre para siempre.