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El Otro Gaucho Insufrible
Walter Iannelli*

Lo conocí muy a principios de la década del 80, año 81, digamos. Yo cursaba una carrera de Ciencias exactas en la Universidad de Morón y las circunstancias habían hecho que un profesor de la facultad me invitara a trabajar en su laboratorio de la Calle España, casi esquina Arias, a unas cuadras de la estación de Castelar. Enfrente del laboratorio vivía El Otro Gaucho Insufrible. Es cierto que yo ya conocía al hijo de este hombre, porque cursaba la misma carrera que yo, aunque en otro curso, pero prefiero guardar su nombre, tanto como los del resto de los involucrados en esta historia, para que el marco que encuadra a este otro Gaucho se mantenga libre de colaterales miradas afectivas. También es cierto que este Otro Gaucho Insufrible aún no era tal, y quizás apenas para esta época se estuviese gestando en él algo parecido al fenómeno que relataría Bolaño en su inolvidable cuento.
Mi primer contacto con el gaucho no fue personal, o físico, sino a través de los objetos. Por razones que hoy no recuerdo, pero que supongo que obedecerían a la proximidad, al azar o evidentemente a la empatía que estaba forjando con ese hijo que cursaba la misma carrera que yo en el mismo establecimiento, un día crucé la calle y me encontré en su casa. No guardo en la memoria diálogos de aquella visita, ni otro detalle que el de haber estado sentado en un cuarto medianamente grande, pegado a la calle y comunicado a ella por una ventana: algunos muebles, pocos. Y las paredes, de arriba a abajo, tapizadas de libros. La biblioteca más grande y sorprendente que hubiera visto en mi vida.
Si alguna vez me preguntaran qué cosa me acerca a la gente, diría que es la admiración. Y en un mundo lleno de falsos ídolos y dudosas virtudes premiadas, ya en aquella época admiré secretamente por su biblioteca a ese hombre del que no conocería rasgos físicos hasta un poco más adelante.
Sin embargo este otro gaucho insufrible, que para esa época todavía no era un gaucho, sino un contador público que manejaba algunos idiomas, que tenía una biblioteca que yo jamás poseería ni asaltando con una brigada una cadena de librerías, que vivía en un chalecito de Castelar, y tenía un departamentito en Mar el Plata, mujer, tres hijos y hacía cada tanto algún viajecito de cabotaje en relación a su oficio, me esperaría a través de los años, sin conocerme, sin haber reparado nunca en mí, tácita e insoslayablemente, me esperaría guardado en mi admiración secreta y súbita para darle a su investidura una vuelta de tuerca trágica e inolvidable.
Desde aquel año 81 pocas fueron las veces que volví a la casa de El Otro Gaucho Insufrible. Menos las que lo vi, por lo general, desde algún ángulo lejano, preocupado y embebido en sus asuntos, como un personaje inaccesible y misterioso que parecía estar más allá de los simples mortales. Aún así, cierta información, lateral, subalterna al resto de las cosas, me anoticiaba que el contador con la biblioteca más grande del mundo se estaba cansando de sus ocupaciones, de viajar, se estaba sintiendo incómodo. De manera que estaba trabajando menos, y estaba pasando por uno de esos estados que parecen tan comunes a determinada edad en los que uno empieza a plantearse el por qué y el para qué de ciertas cosas.
Después, por un tiempo bastante largo le perdí el rastro. Su hijo, que se había convertido en uno de mis mejores amigos, ahora vivía en otra parte, su propia casa, y nuestras charlas entonces tenían que abrir mucho su circunstancial espiral de noticias para abarcar las novedades familiares. Sin embargo, las noticias a veces esperan agazapadas como un acordeón en el tiempo para estirar su respiración en un solo sonido, en un solo arpegio.
Tal es así que allá por el dos mil fui invitado a un asado de campo. Se bautizaba una de las hijas del que ahora, como dije, era uno de mis mejores amigos y resultaría ser, además de magnífico compañero de conversación, birra y billar a tres bandas, la puerta de acceso a un fenómeno como el que Roberto Bolaño, con su estilo indirecto y casual, con esa distancia panorámica y a la vez íntima que a mi juicio resulta su verdadero aporte y su sello, describiría con inusitada magia.
“Ése es mi viejo”, diría mi amigo, señalando con un movimiento de cabeza a un individuo que no podía pasar desapercibido. Era, entonces, ese día del bautismo, un domingo a las dos de la tarde, quinta, perros, tablones de madera sobre caballetes, algarabía callada.
Habíamos llegado en distintos autos de la iglesia, saludándonos a como diese en suerte y nos tiramos sobre las mesas sin atender ningún tipo de presentaciones formales. Había un sol de invierno que justificaba la vida, amarillo, desparramándose sobre el verde y la tierra gris como un espejismo. “Ése es mi viejo”, había dicho mi amigo y yo levanté la cabeza del vino. A unos metros estaba el contador público que tenía una casita en Castelar, un departamentito en Mar del Plata y la biblioteca más grande del mundo. Sin embargo no lo reconocí enseguida. Desde un lugar remoto pude recuperar algún gesto delator tapado por la barba, la piel curtida en ese cuerpo rotundo parado a unos metros, de pecho al viento, henchido en la convicción de la camisa blanca, el pañuelo al cuello, las bombachas rematadas en el yute y la lona de las alpargatas. El mango del cuchillo en la cintura asomando por arriba de la faja. Bastaron dos palabras, agauchadas, como rotas -que no me dijo a mí, por supuesto, las dijo al aire, al sol, a una divinidad que parecía estar en todos lados y en ninguna parte pero que atravesaba todo como si el toldo, las mesas, el asado que empezaba a llegar regado por el vino fueran la rémora de un sueño-, bastaron dos palabras para que yo comprendiera sin pensamiento, del único modo en que se pueden comprender las cosas imposibles de cubrir con el lenguaje, que ese hombre había hecho un recorrido inusitado, doloroso, anticonvencional si se quiere, para quedarse, o volverse, al lugar en donde pudo construir un espacio identitario. Lo miré, pero no pude decir nada. Sólo pensé en la inmensa biblioteca, en el departamentito de Mar del Plata, lo imaginé con el pelo engominado cargando un portafolio de cuero marrón lleno de balances.
“Hace un tiempo que se la pasa todo el día vestido así, hablando como un gaucho y haciendo cosas de gauchos”, me explicaron en voz baja.
El tipo no me miraba, por supuesto. Miraba el mundo como si fuera todo suyo. Después de una carrera universitaria, de la creación de un espacio burgués, después de miles de libros, la cultura o su deconstrucción como si fueran líneas de tiempo que pueden recorrerse hacia atrás y hacia delante lo habían depositado en esa tarde, convertido en gaucho, hecho un Gaucho: faca y alpargatas, una barba blanca muy lejana a la rasuración perfecta de la tecnología, los modos, las uñas negras de campo, el cuerpo portentoso llenando con obscenidad un terreno que parecía superar los límites del propio físico, el lenguaje cruzado de idiomas y ahora devenido o elegido para vivir un espacio, un tiempo, un lugar en el universo.
Sin embargo, de inmediato, como deja entrever Bolaño en la mirada del gaucho que le tocó en suerte, sentí que ese Gaucho podría no ser producto de la casualidad, del devenir, de un albur o azar determinista que nos colocase en el sitio que nos corresponda una vez que hayamos generado las causas para que los efectos sucedan. Que ese Gaucho podía ser una decisión consensuada con uno mismo y con la propia historia -muy lejos de los balances contables con los que uno suele suponer que debe llevarse adelante la evolución en términos sociales- que concentre como en un aleph de sótano borgeano o en un campo a lo Bolaño las conclusiones de un viaje para el que hace falta algo más que valentía, y determinar con ella, en qué punto o cruce entre la historia de la humanidad y la propia vida e historia prefiere o decide un individuo vivir, o simplemente detenerse.
“Mierda”, le dije a mi amigo. “Hay que tener pelotas”.
“Sí”, me contestó.
Y nos quedamos admirando para siempre a este Gaucho Insufrible, en su soberbia, su soledad y su convencimiento, con extrañezas de distintos signos y la sospecha de asistir a uno de esos fenómenos con carácter de epifanía.

*Autor
Walter Iannelli publicó Alguien está esperando (cuentos), Sanpaku, (novela) y Zumatra y la mecánica de tu corpiño, (poesía). Entre otros premios fue distinguido por el Fondo Nacional de las Artes en los años 1995, 2000, 2001, 2003 y 2004 y obtuvo el 2º Premio Municipal de Novela édita bienio 2002/3 del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2008 le fue otorgada la Beca Nacional de Creación del Fondo Nacional de las Artes.