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Partida al medio
Juan Carlos Tagtachian*

UNO

La garúa lo cubría todo. Como un manto espeso envolvía la cara de El Morocho. La luz de los reflectores iba y venía, y le metía miedo. Pero sus ganas, al fin, pudieron más.
Entre pasada y pasada de los haces, tomó carrera y llegó hasta el Cordón. Sacudió el aerosol gastado, casi sin tinta, y rogó que tuviera resto. Su oración pagana llegó al dios de turno. El chorro flúo brotó pródigo, sin fuerza pero sin pausa. Sus manos temblorosas escribieron de un trazo: Mondongo, Trash Tango. Aquel grafiti fue su hazaña.
Casi por azar fue descubierto por el guardia de la casamata más cercana a su domicilio, que sacudió su modorra entre tanta boludez intrascendente. El custodio del Cordón no podía permitirse dudas. No era, precisamente, un intelectual. El Morocho se vio iluminado, pero no se creyó un salvador. Debió correr. Las balas de sal lo ahorquillaron sin cesar, pero sus pies fueron alas mojadas por un minuto. Hasta que, agitado y a salvo, gritó desahogado: Hijos de puta...!!!
Pero quién le quitaba lo bailado. O lo corrido. Del uocman emergió Mondongo. Y sació sus oídos mirando a la humedad.

DOS

La mañana era clara. El Morocho dejó el colectivo y llegó al bar de siempre. Sábado de clase y facturas. Habitual pero no rutinario.
- Hola, Profe. Ayer toqué el Cordón. Se lo juro por ésta- y una luna de sonrisa le asaltó.
El Profe, sereno y piola, le dio sedal. Quería que contara su última travesura.
-Y cómo te sentiste, Morocho?-.
- Bah, maso. Lo hice, y qué?- dijo mientras miraba por la ventana sucia, devorando su media luna.
- Ya fue. Empecemos con la lección-. El Profe cambió de escena sin consultar. Los ojos de El Morocho se agrandaron. Buscaban grabar la emoción que sentía cuando El Profe hablaba, explicándole los secretos del castellano.
El morral del alumno estaba lleno de ilusiones hechas útiles. Con cada página en blanco del cuaderno gastado, comenzaba una vida nueva.
- Cómo será Buenos Aires, Profe? Será que sienten algo los capitalinos?-.
Buenos Aires. La Reina del Plata o la reina de la plata. En el 2017 daba lo mismo. Hábitat propicio para la reproducción de la casta dominante y los B.U. "boludos útiles" los representantes decadentes de la alguna vez viva clase media porteña. Desde el Decreto/Capricho de División del 2001, Buenos Aires estaba "protegida por razones de seguridad y estado" del resto del conurbano por el Cordón. Una muralla que impedía el acceso de enfermedades como el cólera, la meningitis y una pandemia galopante, un mal desconocido por los médicos pero común para los tecnócratas de la ciencia de la escasez: una tal pobreza.
- Sabés, Morocho? Buenos Aires es como Saint Maló reflexionó El Profe en voz alta. Y casi sin darle tiempo, se contestó a sí mismo: - Sí. Una fortaleza construida por y para piratas-.
La frase rebotó en el silencio hasta el infinito. El Morocho no entendía bien. Lo miraba con ojos de "no sé de qué mierda hablás".
La lección transcurrió divertida como siempre. Pero El Profe recibía cada tanto los coletazos de la borrachera de la noche anterior. Nuevamente, había dormido abrazado a la botella buscando la luz para emerger del oscuro infierno de la soledad.
El Profe. El que, en un rapto de bohemia anacrónica, había decidido cambiar su puesto de Director de Negocios Globales en una refulgente transuniversal por el placer tanguero de enseñar a cambio de la pizza y la faina. Único renegado que traicionó la última camada de iupis más fríos que el polo. Permutó el bisnes por la poesía; el calcular a emocionar; el tecno por el blues. El que redescubrió la libertad de decidir ante el determinismo fatal de lo establecido.
- Que cómo será Buenos Aires? Que qué sentirán los de adentro? Es mejor no pensar en eso-, se contestaba El Profe ante los interrogantes casi ingenuos de su discípulo. -Creo que ni siquiera pueden sentir. Aunque puede haber alguna excepción, Morocho-.

TRES

María volaba montada en su nube de sueños en medio de la clase de Organización del Tiempo. Su colegio privado era sólo un envase prolijo.
El hastío fue interrumpido por la libertad del recreo. El parloteo superficial de sus compañeras apenas la perturbaba. -Pilar, no te cortés-, le reclamaban sus pseudo-amigas.
- Me llamo María- contestaba enojada. Pilar no le gustaba. Le sonaba a columna: inerte, rígida e inmóvil. Prefería un nombre lleno de vida y pleno de vibración. No se resignaba con su destino digitado por sus padres: ser buena esposa y mejor madre, mujer preparada y convencida para parir sin concebir. No, creía que lo suyo era más humano que aceptar graciosamente seguir el rito de bautizar como iglesias a sus hijas: Socorro, Piedad, Merced, o algo así. Se metió en un baño y nerviosa fumó un cigarrillo. Y de nuevo llegó a su nube. Donde el amor la rescataba del gris cotidiano.
Antes de salir del colegio, buscó a su confidente. Le descargó su bronca, pidiendo ayuda. Teresa, la suplente de Literatura, la escuchó en silencio en el recreo. Se sentía reflejada en ella. Casi un cuarto de siglo atrás, Teresa había pasado por ese momento de ruptura. "Soñá, María. Dejate llevar, no transés", le decía a esa joven que pudo ser su hija, si no se hubiese separado para siempre del que fuera su amante.
Teresa dejó el colegio con el fin de una otra jornada. Ganó la calle y vagó por una hora, sin rumbo fijo dando mil vueltas. Miró vidrieras, se escudó tras la magia de una pantalla de cine, sin ganas. Quería matar el rato, pero el rato de a poco la estaba matando a ella.
Desde una esquina, cruzó la avenida. Y se topó con un hombre aferrado a su paraguas. Previsor hasta la obsesión, la lluvia repentina premió su corazonada.
- Qué tiempo horrible, no?-, le dijo con las primeras gotas en la cara.
- Y... muy lindo no es-.
No esperaba retorno. Balbuceó desencajado una rápida oferta.
- Tomás algo?-.
- Y bueno! Total hace tanto que nadie me invitaba.
Contento por la respuesta, pero sorprendido por la rudeza, Marcelo levantó su cabeza en busca de un bar. Y en Buenos Aires siempre hay uno en la vereda de enfrente.
Entraron con muchas preguntas bailoteando en sus mentes. Se sentaron en cualquier mesa. El mozo se detuvo ante ellos y esperó órdenes.
- Dos cafés, por favor-.
- Por lo menos sé que te gusta el café. Soy Marcelo y vos?-.
- Yo no. Soy Teresa-.
El latigazo lo sacudió. Ella reculó enseguida.
- Disculpá. Casi nunca puedo dejar de ser ácida-.
Los pocillos humeaban sin que se atreviera a decir algo.
- Y qué hacés?-.
- Soy administrativo en la Delegación Presidencial-.
Teresa vomitó para sí sin que nadie lo percibiera. "Lo único que falta". El decálogo de prejuicios se le presentaba como emergente de sus mandatos internos.
- Y podés estar tranquilo con eso?-.
- No sé por qué lo decís. No sé qué tiene de malo-.
- Mirá vos sabrás. En todo caso no es mi problema-.
Teresa sentía que esas palabras no eran las que hubiese querido decir. Marcelo cada vez estaba más confundido, pero se sentía atraído por esa mujer inclemente. Reprimió sus ganas de mandarla al carajo, pero como siempre, se la bancó. Mantuvieron las miradas.
- Bueno, tomalo que se va enfriar. Y vos qué hacés?-.
- Soy suplente de literatura en un secundario privado del Centro-.
- Y podés estar tranquila con eso?-.
La carcajada iluminó su cara. Entre tocada y avergonzada, Teresa rompió en sonrisa quebrando tanta tensión ficta.
- A mí me gustan los poemas de Alfonsina. No recordás alguno?-.
Otro prejuicio que se derrumbaba: el burócrata, el supuesto robot administrativo era humano, hasta con sensibilidad para la poesía.
Los cafés se tradujeron en horas de charla amena. Y a la salida Marcelo la acompañó hasta su casa.
- La pasé bien. Y disculpá la mala onda-.
La noche había entrado en su tercer acto y pocos autos poblaban la calle, salpicada por la llovizna obstinada.
- Bueno. Nos vemos. Bah, si querés. Igual te dejo mi tubo-.
- Yo te llamo. Chau y gracias-.
Lo despidió con un beso en la mejilla. Pero no fue por compromiso. El se fue con las solapas del saco levantadas. Ni se dio cuenta de que ella se había quedado con su paraguas.

CUATRO

El único bondi de la hora tardó un siglo. El Morocho seguía colgado de su pregunta: "Cómo será del otro lado?" Más que interrogante era un motor que animaba su imaginación, fantaseando con atreverse a conocer Buenos Aires. Lo único que sabía era algunas frases sueltas que recordaba haber escuchado de su padre que se había ido. Los cines, los boliches, los domingos de fútbol y reuniones familiares. Los cafés de Corrientes y todo el clima urbano que le llegaba lejano como el perfume de flor de jardín vecino.
Pero otros olores y paisajes lo devolvían a su vida normal, con la misma violencia de la cruda vida de los cordoneros. Apenas zafaba en el taller mecánico arreglando los coches viejos.
Trepó al Mercedes desvencijado y crujiente, y miró a través de los marcos de ventanillas sin vidrios. El viento le pegaba en la cara, pero más lo hacían las interminables villas, los rostros silentes de los abandonados cordoneros. Sus ojos eran espejos opacos. Miseria, suciedad, marginación y hambre. Desde la División, el Gran Buenos Aires era el reservorio de lo indeseable, el pariente pobre que debía ocultarse y repudiarse.
El Morocho llegó a su rancho. Ayudó a su madre a preparar la comida para sus cuatro hermanos. Se echó a dormir con el uocman. Más que un sueño placentero tuvo casi una visión. Entre los velos del inconsciente surgió difusa una mujer que le sonría esquiva. Se despertó sobresaltado, sacudiendo su cabeza y compelido a escribir. Por primera vez desde que había terminado la primera parte de curso con El Profe, iba a garabatear algo. Manoteó el morral y las palabras le surgieron de pronto:
Cuando las palabras no alcancen,
cuando mi emoción sea llanto,
cuando de tus labios brote pleno un "te quiero",
me arrastraré por tus brazos hasta volar fundidos en el amor".

Poesía sin musa. Pero de primera cosecha. Satisfecho, volvió a la cama revuelta. Y pudo dormir con la placidez alojada en su cara, soñando encontrar esa imagen hecha cuerpo.

CINCO

De lo tradicional, a Buenos Aires le quedaba muy poco. Como si la memoria fuera peligrosa, las huellas de su rico historial se fueron borrando, esfumándose hasta el absurdo. Era la Secesión del tercer milenio. Aislada del resto excepto por cuatro puntos de cruce, la ciudad era para los porteños. El Cordón, su escudo y cárcel. Monumento a la sinrazón del poder omnipotente.
Sólo algunos privilegiados del interior podían visitarla, siempre con la anuencia del Delegado Presidencial. Y sólo unos pocos capitalinos podían salir temporariamente. Por el aeropuerto internacional de Lugano, recibía turistas y el néctar selecto del interior: alimentos y dinero.
La Bombonera no era el escenario donde miles de fanas alentaban a su equipo. Había sido convertida en un museo del fútbol, y la hinchada, reemplazada por hologramas de realidad virtual pretendiendo recrear la pasión. Coliseo electrónico: pulcro, eficiente y gélidamente inhumano.
Tecnosa y ordenada, la ciudad estaba custodiada por los pretorianos de turno. Su jefe, Herzog, había llegado a la Argentina allá por 1990, desde su Berlín natal tras haber perdido su trabajo como guardia del Muro. Mano de obra experta y desocupada, acogida con cariño por el gobierno que comenzaba a planear la construcción del Cordón, Herzog, "el erizo", como era llamado por sus colegas era un personaje de temer. Se consideraba custodio de valores que él mismo ignoraba. Casi un siglo atrás hubiera sido oficial SS. Su despacho en la Delegación Presidencia siempre estaba cerrado. Prácticamente vivía recorriendo su feudo, y adulando al Delegado cada vez que podía. Casi no hablaba con sus subordinados, más bien gruñía. Arquetipo del agente de seguridad, transmitía inseguridad por el miedo que abría a su paso.
Cada vez que Herzog pasaba cerca de su oficina, Marcelo sentía escalofríos. Le disgustaba su sudor a cerveza amarga, pero también era otra cuestión de piel. Otro día en la rutina de Marcelo. Y sin embargo estaba contento por la salida de un par de noches atrás. Pensó en ella desde que se levantó y en el subte desde casa al trabajo la buscó en cada mujer que veía. Cómo saber que no necesitaría pensarla, porque ese día Teresa se anunció por mesa de entrada a media mañana
- Hola. Por favor no creas que siempre me quedo con cosas ajenas-.
Su tono, su actitud habían girado sobre sí mismos. Esa vez se presentó amable. Estaba confundida: sólo sabía que Marcelo le caía bien. Punto.
- Me alegro de verte-.
Charla banal al principio, ojeada de lejos con esfuerzo por un testigo ocasional, que explotó de celos. El Erizo se erizó de cólera y su vista se nubló. Su enojo reveló su otra cara. Era demasiado permitirse, pero el amparo de las sombras en soledad le daba piedra libre. Su cuerpo pesado puso primera hacia el salón contiguo. Algo escapaba a su control, y su deseo peligraba. Con cualquier pretexto interrumpió la onda:
- Marcelo, tiene listo el reporte 4940-&-666\B del 20/6?-.
Teresa, incómoda, calló y él contestó al pasar:
- Como siempre está en su despacho desde las 9.45, señor-.
El alemán se marchó con las manos vacías. Amagó volver, pero Marcelo lo anticipó de volea:
- También están las copias para el Delegado, por si las necesita, Herzog-.
Teresa disimuló el episodio. Al toque fijaron la cita para almorzar.

SEIS

Jueves por sábado. También el día de salida había cambiado en Buenos Aires. María se preparaba como siempre para salir rumbo a lugares under.
Nunca hablaba con sus padres. Su madre la esperó a la salida para preguntarle por enésima vez a qué hora volvería. Pero fue inútil. Lo único que obtuvo fue una mirada furtiva ignorando la requisitoria.
Se metió en el taxi que la dejó en el Sur. Entró en el teatro al aire libre y saludó a todos. En realidad, estaba en ese lugar con la excusa de no pensar en sus problemas. Todo le era familiar. Hasta el flaco de la barra que le servía tragos gratis. Noche de estreno de una comedia insípida, matizada con números murgueros que le ponían algún color. Mucha gente no había. La ginebra la desbordó por completo en breve. Terminó recostada en la escalinata hacia el entrepiso. Un muchacho rubio se acercó de a poco. Le acarició su pelo, María cerró sus ojos como Invitando a un segundo paso, y cuando se hubieron pegado sus cuerpos, sintió los senos presentes de la travesti.
María, la apartó de un empellón y se paralizó por un momento. No sintió vergüenza, miedo o condena. Sólo que no era su onda. No dijo una palabra y salió como pudo disparada hacia la calle.
Decidió llegar a la otra punta: la disco concheta. Sabía que encontraría a sus compañeras, pero no le importaba. Se topó con cuerpos torneados, cuidadosamente enfundados en atuendos de marcas de moda. "Lo que no tiene esqueleto, tiene cáscara", se decía. Para ella eran todas fotocopias de un original perdido: hablaban, bailaban y se paraban igual en un homenaje vivo a la des-identidad.
La música tecno le hacía recordar a un viejo lavarropas. Su monotonía era hipnótica, tanto como el efecto del alcohol que traía encima. Soportó eso algo más de una hora. Se sacudió por un rato con el ritmo y dijo basta. Llegó a casa a las mil quinientas, lagrimeando de angustia, por otra noche escurrida.

SIETE

La fiesta había comenzado hacía poco. La cooperativa de trabajo de los cordoneros cumplía sus primeros dos años. Su impulsor, El Profe, la había nombrado "Aurora". El viejo galpón estaba engalanado con algunos adornos que sus integrantes habían preparado en su escaso tiempo libre. Un gran cartel que rezaba "Solidaridad y Cooperación", cubría totalmente una pared pintada con cal blanca. Un cuadro pequeño recordaba el 100 aniversario de la Revolución Rusa.
Mezcla de peña con ranchada, para los vecinos del barrio tal festejo era una de las pocas cosas que les permitía divertirse, celebrando un logro tan enorme como sus ganas de vivir mejor. Recreando la usanza de los asaltos de los adolescentes de la segunda mitad del siglo anterior, las mujeres aportaban comidas y los varones, las bebidas.
El Profe estaba a sus anchas. No dejaba de saludar a todos y cada uno de sus compañeros. Y regocijaba su vista con las mujeres, que las había, muchas y muy bonitas. Después de los recitados, muestras de danza, pintura y música que enmarcaban la exposición de los productos que la cooperativa vendía con esfuerzo, todos vivaron al Profe:
- Que hable!! Que hable!!-.
Tanta presión lo hizo ceder. Siempre se había mantenido distante de todo protagonismo. Pero esa no era cualquier oportunidad.
- Bueno, bueno-, dijo subiendo al precario escenario. -Gracias compañeros. Es una alegría verlos a todos; o a casi todos- en obvia alusión a la notoria ausencia de El Morocho. -Todos sabemos lo que Aurora significó para nosotros desde el momento mismo de concebir la idea. Un desafío para remontar la cuesta, para alcanzar nuestra dignidad, para transitar entre tanta suciedad sin salpicarnos con bosta. Es bueno trabajar, mejor es disfrutar de los frutos. Pasaron dos años, y pese a todos los quilombos y despelotes, nuestra Aurora es un sol. Estoy seguro de que juntos seguiremos adelante. Porque sabemos que apoyándonos unos a otros podremos enseñar a nuestros hijos aquello que nosotros no aprendimos. Y porque además, amigos, queremos demostrar a todos los cordoneros que otro camino es posible. Por muchas Auroras!!-.
Los aplausos taparon las lágrimas sinceras de El Profe. Igual que los gritos de los policías que a las patadas entraron en el local.
- Contra la pared, mierdas!!! - gritó el zumbo a cargo "del operativo encargado por la superioridad". La razzia había comenzado.
El Morocho había llegado para el final del discurso, epílogo de la fiesta trunca. Los cordoneros se resistieron pero, inermes, hubieron de inclinar sus cabezas ante los contundentes bastones, disciplinándose a la fuerza. Percusión como disuasión, era el modelo. Sirenas estridentes abrían la llegada de nuevas patrullas. Detenidos sin cargos se agolpaban en la puerta.
El Profe empujó a El Morocho fuera del alcance de los policías. El pibe se negó a dejar a su viejo postizo, pero "soldado que huye ayuda al amigo prisionero", pensó. Y corrió nuevamente cortando de un tajo la noche amarga, como cuando había pintado el Cordón.

OCHO

María despertó con un candombe atómico en su cabeza. El martilleo de dolor no cesaba. Había pasado largamente el mediodía y las náuseas postergaron con creces toda posibilidad de merienda. En un costado de la cama, su madre estaba sentada junto a ella, en silencio, casi resignada a ver esa misma película una vez más. Ya no sabía cómo dirigirse. Había intentado recomponer una relación desgastada por la sobreprotección y la rebeldía. Pero, algo más debía haber quizá no.
- Querida, creo que sería bueno que habláramos. Yo sé que no querías que me meta en tu vida, pero una madre casi no puede aceptar eso. Y más cuando ve sufrir a un hijo, maltratarse tanto sin sentido-.
María la escuchaba con un paño frío sobre la cabeza, postre de la ducha de alivio pasajero. Pero, como siempre, no respondió: Difícil como brasa caliente, con sus padres se transformaba en todo lo que no quería ser.
- Pero por favor hablame, Pilar. Por qué te guardás todo?-
- No quiero hablar con vos-.
- Pero sí hablás con tu "amiga" Teresa, no? A ella la hubieras atendido esta mañana-.
- Qué decís? Llamó y no fuiste capaz de despertarme?-.
- No, no quise-.
- Y después me preguntás por qué carajo no te hablo. No entendés nada de nada-.
- Claro, porque ella sí entiende todo, no Pilar? O tengo que llamarte María, como lo hace ella?-.
- Pero qué mierda te pasa? Estás celosa? Qué tenés contra ella?-.
- Todo. Porque esa mina se cree mucho y no es capaz de hacerse cargo de algo, ni siquiera de ganar un tipazo como tu padre..., lanzó a los gritos, sin poder detenerse. Cuando advirtió que había hablado de más, quiso morderse la lengua.
La cabeza de María procesaba los datos a diez mil. Pero se detuvo de golpe cuando estuvo segura de haber encontrado la razón de tanto odio.
- Lástima que ella no sea mi madre-.

La respuesta filial fue un mazazo. Y la madre replicó con mano abierta, casi en defensa propia. Era el preludio violento de un largo vacío de palabras. La bifurcación estaba al caer. María revolvió cajones buscando ropa. Fernanda, en un rincón, lloraba su impotencia por no saber, ni poder pararla: sentía que había perdido a su hija.
Conmovida y todo, María alcanzó a escribir una nota para su padre. Se despedía de él narrándole lo vivido y dejándole una pregunta desgarrante:
Sabías todo lo que Teresa significaba para mí y aún así me lo ocultaste. Por qué? Tenías vergüenza por haber tenido una amante? O estabas arrepentido de haberla dejado, porque te diste cuenta que hubiese sido la madre que tanto necesito y la compañera que nunca tuviste?
Tu única hija, María"

NUEVE

El Centro era un hervidero que alcanzaba su punto de cocción poco después de las trece. Los oficinistas inundaban la calle para llegar a algún bar y engullir el magro bocado que hacía las veces de almuerzo.
Pero para Marcelo y Teresa, ese miércoles no sería frugal, sino habría comida de veras. Con un ambiente agradable y distendido, armado entre decorados ligeramente románticos.
- Qué cambio entre el primer encuentro y tu visita a la oficina. Me pregunto cuál será la verdadera Teresa-.
- No tengo la respuesta. Me parece que la estoy moldeándola a medida que vivo. Creo que me entendés-, dijo guiñando un ojo en forma cómplice.
Simuló comprender, aunque no tanto. Avanzó tímidamente hacia su mano y la estrechó; con ternura y tibieza. No le importaba importunar o hacer el ridículo. Su amor rompía oda barrera interior.
Una vieja casi pordiosera se paseaba por las mesas vendiendo conejitos blancos de nailon. El le compró uno. Y ella tomó el regalo como trampolín para revelar su otra intención, en una mezcla seductora de confianza y manipulación consciente:
- Siento que puedo pedirte un pequeño favor. Sé que sería mucho, porque te comprometería más allá de lo prudente-.
La curiosidad lo venció. Ni siquiera imaginaba lo que vendría. Pero "por ella, todo sería poco".
-Tengo que cruzar el Cordón. Necesito hacerlo con la que pudo ser mi hija. Necesito unos pases-.
Marcelo fue miedo. La disyuntiva era una trampa mortal: entregar su seguridad, su vida, a cambio de la remota posibilidad de recibir apenas el reconocimiento de la mujer que lo daba vuelta. Estuvo tentado a hacer la del avestruz. Pero no le conformó. Entonces subió la apuesta:
- Solamente si voy con ustedes-.
Cara o ceca. Teresa se petrificó de amor ante la desfachatez sentimental de un minúsculo burgués dispuesto a renunciar a seguir siéndolo.
- Me seguís sorprendiendo. Quiero hacerte el amor, Marcelo-.
Se levantó impulsado por la adolescencia no vivida, la tomó de la mano, y dejaron el restaurante con el almuerzo a medio servir y la cuenta sin saldar. Pero qué importaba? Recreo alucinante. Dejó la oficina y se dejó llevar por la libido. Corrieron por las calles. En el taxi todo era pasión y fuerza.
- Tu casa o la mía?-, preguntó ella.
- Hace tiempo que mi cama te espera-.
Con cada beso, la emoción a flor de piel cubría ambos cuerpos. Y el sexo más puro los unió una y otra vez, en un baño de caricias que los extasiaba. Abrazos tiernos y orgasmos coronados en lágrimas de gozo.
Después de la tormenta de amor, la calma infinita. La siesta daba el respiro suficiente para reanudar el fuego. Se miraban en silencio y se besaban sin querer despegarse, eternizando aquel momento.
El teléfono sonó una y otra vez. La Delegación, ese pulpo, había soltado sus resortes buscando al que no regresó del almuerzo sin avisar. La tarde murió a manos de la noche, pero seguían juntos. En la cena improvisada, planearon el salto sin retorno.
- Mañana temprano saco los pases. Dame tus datos y los de la piba. Pero tenemos que hacerlo rápido. Antes de las 24 horas. Si no se complica todo-.
- Voy a avisarle. Creo que está en su casa-.
Pero allí no estaba. La llamó un par de veces, pero su rival le colgaba en cuanto reconocía su voz.
- Tengo que encontrarla. Salgo a ver dónde está. Paso por casa primero. Te llamo en cuanto pueda-.

DIEZ

Con su valija a cuestas, María la esperaba en el portal del edificio. Los ojos todavía mostraban las huellas del llanto.
- Qué pasó?-.
- Se pudrió todo-.

Mientras le contaba lo sucedido, Teresa también preparaba sus cosas. María creía que ella no le daba bola y que se iría, dejándola.
- Parece que llegué en mal momento. Puedo quedarme en tu casa? No tengo adónde ir-.
Teresa veía que mágicamente todo confluía hacia el escape: María huérfana por decisión, Marcelo jugado y sin fichas, y ella en el medio de una situación donde se mezclaban sentimientos, sensaciones y ganas de vivir.
- Sí, pero sólo por esta noche... Porque mañana cruzamos el Cordón-.
María y su sorpresa. El entusiasmo brotó: algo que sacudiera la rutina.
- Qué decís?-.
- Si te animás, nos vamos con Marcelo-.
- Y quién es Marcelo?-.
-Alguien a quien recién conozco y ya es parte de esta locura. Tengo que avisarle que mañana paso a primera hora por su oficina y nos encontramos a las 10.30 en la estación de subte-.
Combinó por teléfono la cita. Le explicó a María parte de la aventura del día siguiente. Se quedaron hablando, robándole horas al sueño. El intercambio fue tan fuerte que no pudieron dormir sino hasta bien entrada la madrugada.

ONCE

Lo acechaba en las sombras. El auto sin patente permanecía estacionado con las luces apagadas y montaba solitaria guardia en la esquina. Cuando ella se fue, los faros parpadearon dos veces, en señal que él estaba solo. Herzog tenía vía libre para entrar. Tenía la confirmación de que ambos estuvieron allí. De haberlo querido, pudo haber irrumpido con el despliegue de toda la fuerza a su cargo. Pero se frenó. Estaba confundido. Apenas atinó a redoblar la vigilancia. Intervino teléfonos, cableó con micrófonos todos los departamentos vecinos. Y esperó. Seguía las alternativas desde su auto: toda la noche estuvo pendiente de una palabra, pero en cambio obtuvo ruido blanco en la línea.
Con la mañana cambiaron los custodios. Marcelo amaneció de buen humor, pero bastante tenso. Hizo un pequeño bolso con lo indispensable: documentos, dinero y objetos íntimos.
A las ocho y quince se puso en marcha. No advirtió que sus pasos tenían el eco de extraños. Llegó a la oficina. Se sirvió café tibio. Cerró su escritorio y tecleó nerviosamente el teclado de su terminal. Su contraseña era Abrealas, pero decidió cambiarla por Rosebud, inspirado en Teresa.
La adrenalina fluía sin límite por su cuerpo. Músculos contraídos, estómago fruncido y sudor seco lo acompañaban en cada segundo. Imprimió tres pases, sin darse cuenta que sus movimiento estaban siendo filmados por Seguridad Interna.
Dejó todo como estaba. Miró de reojo su reloj y preparó un informe escueto con las novedades del día. Al poco tiempo, llegó Teresa. María se había quedado en la estación de subte con los bolsos. Marcelo la encontró a mitad de camino. Musitaron algo. El le dejó una carpeta con las tarjetas.
- Esperame en la terminal. Es mejor que no estemos juntos-.
Herzog la vio irse desde la otra cuadra. Amagó seguirla pero su presa era Marcelo, quien minutos después salió del edificio diciéndole al guardia que se iba porque no se sentía bien. El Erizo seguía firme como rulo de estatua. Lo dejó libre porque desconocía dónde iba y qué haría.
Marcelo apuró el paso y enfiló hacia la boca del subte, sin saber que sería la boca del lobo. Herzog lo interceptó por la espalda cuando estaba por acercarse al último vagón del convoy detenido.
- Solito, my baby?- le dijo mientras le soplaba la oreja y lo sujetaba del brazo.
- Qué mierda te pasa?.
- No te resistas, porque me gustás manso y sensible. Para violento estoy yo-.
- Largame, reverendo hijo de puta-.
- No entendés, pelotudo. Yo doy las órdenes. O querés que después de tenerte te hagan mierda mis muchachos? Los pibes rudos no van con vos-.
Marcelo se agitaba tratando de zafar de la bruta tenaza, pero no podía.
- Así que la pasaste bien anoche, baby? Ahora la vamos a seguir en mi oficina-.
Los ojos de Marcelo comenzaban a inyectarse de sangre. Pensaba cómo salir de ese momento. Pero por más que pensara y pensara, el alemán tenía la sartén por el mango.
- Bueno, bueno. Está bien. Pedime lo que quieras-, le dijo entre seducción y ruegos.
El captor pareció derretirse creyendo ver una entrega total. La víctima se dio vuelta y simuló buscar sus labios. Y cuando Herzog bajó la guardia, a Marcelo le explotó la vida en una patada a la entrepierna, como si rematara con bronca un penal en la final de la copa del mundo.
Cayó más pesado de lo que era, y se volvió un ovillo. Cuando aún no estaba recuperado del primer impacto, concientemente enloquecido Marcelo lo empujó hacia las vías. El próximo tren hizo el resto: leverwurst a la criolla como desayuno.

Pocos testigos de la pelea, pero suficientes para rodear al atrevido flacucho hasta que los esbirros llegaran tarde como de costumbre. Se lo llevaron casi muerto después de una golpiza alevosa. Dicen algunos que de sus labios sangraba el nombre de Teresa, repetido hasta que tuvo fuerzas para hablar.

DOCE

Pasó toda la noche en vela, esperando la llamada del abogado que pudiera sacar a sus compañeros engayolados.
El Morocho repartía su atención entre el teléfono del almacén de la esquina y lo que pasaba en la comisaría del distrito 64.
- "Milicos guachos", se decía, con esa costumbre bastante infantil de generalizar y encasillar a las personas tan ligeramente
El jefe de esa comisaría era una excepción: demasiado buen tipo para ser rati.
-Cuándo se va a dejar de joder con los actos, Profe? Sabe que usted puede zafar, pero al que le tiran de los que le jedi es a mí-.
No había tono de reproche en sus palabras. Tan solo una expresión de buenos deseos, un gesto de caballerosidad hacia el adversario caído en desgracia una vez más.
- Qué quiere, jefe? Cada uno hace lo que tiene que hacer. Usted lo suyo y yo lo mío.
Los barrotes gruesos protegían compulsivamente el orden. El lugar era sórdido por lo demás. Las celdas húmedas y sucias albergaban más detenidos de lo posible.
Llevando consigo una torta recién horneada, Chula llegó hasta el almacén donde estaba El Morocho. Le pidió que la acompañara hasta la comisaría. No se animaba a ir a ver a El Profe.
- Me da miedo ir allá, sabés?- le confesó tratando de disimular su verdadero interés.
- Mejor esperemos hasta mañana. El abogado dijo que por hoy no hay nada que hacer. Dijo que viene y los saca enseguida.
Chula se sintió desilusionada. Sus ganas de verlo debían esperar a ver la luz del sol. El Morocho la llevó hasta su casa.
- Ojalá puedan sacar a todos rápido, Morochito. Es gente buena y trabajadora-, le dijo al despedirse, con la inocencia tímida de una sufrida cordonera.

TRECE

La línea H llegaba hasta Beiró y General Paz, a menos de cinco cuadras de uno de los puntos de paso hacia el exterior.
En el cenit del día debían cruzar. Sólo restaban unos cortos minutos. Teresa puteó en voz baja:
- Qué pudo haberle pasado? Qué cagada que se le haga tarde justo ahora!-.
- Esperemos un poco más-.
- Pero no mucho más-.
- Seguro que te dijo en esta estación?-.
- Sí, nena-, dijo engranando de a poco. - Y sí, ya me parecía que no se bancaría una movida tan jugada. Se atrevió de la boca para afuera-.
El despecho tenía gusto a veneno. Ese juicio inapelable revelaba que su mente había borrado a Marcelo de su banco de sentimientos, con la misma celeridad que lo había posicionado como el facilitador de su última aventura. Ni siquiera advirtió que Marcelo se había trasmutado en una estrella fugaz: consumió todas sus ganas de vivir en el fuego que duró menos de un día, y todo por ella.
Pegó media vuelta y encaró hacia la salida. María la siguió como perrito faldero. Miraban a su alrededor, con la paranoia de creerse perseguidas por cada par de ojos que casualmente aparecían.
Sacaron sus pases y tomaron con fuerza las manijas de los bolsos. Se detuvieron en el primer acceso. El guardia chequeó el documento y revisó superficialmente las pertenencias.
Apenas algo más adelante alcanzaron el Punto de Control "C"arlitos, bautizado así a imagen y semejanza de la pared berlinesa, más allá de cualquier interpretación aviesa de algunos humoristas de la época que creían ver en ese nombre un homenaje tácito a vaya uno a saber qué ilustre personaje de la historia reciente.
Poco movimiento. El cruce era algo inusual. El horario, los pases y el hecho de que fueran dos mujeres solas las que se presentaban ante el destacamento, despertó la veta inquisidora del encargado del puesto. No le gustaba para nada esa situación: los pases estaban ok, la autorización electrónica con la Delegación había sido otorgada, pero aún así no estaba convencido.
- Estos pases son recientes-.
- Pero son válidos, no?-.
- Para qué van afuera?-.
- Eso no le importa-, respondió desafiante.
- Quizá la nena nos diga algo-, chicaneó el oficial cuando chocó contra la solidez de Teresa.
- No, este... no, no tengo nada que decir, señor-.
- Nada, eh?- Las palabras del guardia quedaron en suspenso casi eternamente. -Será porque realmente no hay nada que decir. Pasen, está bien-.
- "Forro pinchado", pensaba Teresa aliviada.
- Y al cruzar el Cordón, dejaron el miedo en Buenos Aires y disfrutaron la satisfacción de entrar en el afuera.

CATORCE

El Dr. Cuervo se presentó en la sede policial algo tarde. Medio dormido, estaba otra vez allá junto a sus amigos. Tenía sobrada experiencia para gambetear en una baldosa los vericuetos kafkianos de la legalidad argentina.
Intérpretes de una parodia tragicómica repetida ante la falta de un libreto más novedoso, allá se habían dado cita el comisario, el juez de turno y el oficial de justicia que labraría el acta por "alterar el orden público" o por cualquier otro delito que los de arriba decidieran.
En un segundo plano, deliberadamente asumiendo un rol de reparto, estaba sentada Chula, verdadera penitente que purgaba su culpa de amor peregrinando en pos de su hombre para entregarle su humilde ofrenda gastronómica.
- No se permiten personas ajenas a la causa-, sentenció el oficial de justicia, protegiendo el lugar donde el juez "se había constituido para analizar los hechos".
Chula abandonó nuevamente el lugar, esta vez empujada por la fuerza pública.
-"Qué circo pelotudo", pensaba el Dr. Cuervo. "A quién carajo le importa lo que le pase al pobre Profe".
Los reporteros se encargarían de que la noticia retumbara en los oídos de los ciudadanos que ignoraban la manipulación informativa de la que eran objeto.
- Señor Juez, creo que podemos obviar los detalles. Esta película ya la hemos visto-, dijo el abogado entre coloquial y formal.
La charla no pudo proseguir: nuevas detenidas habían sido traídas a la comisaría. Teresa y María, capturadas a poco de transitar el territorio del Gran Buenos Aires.
Alojadas fortuitamente en la celda contigua de El Profe, estaban incomunicadas. El Dr. Cuervo asumió, de oficio la defensa de las indefensas.
-Están en un brete. No tienen quién las pueda defender. No tienen otra opción que confiar en mí. Qué hicieron?-.
- Un amigo nos consiguió permisos para cruzar el Cordón-.
El letrado sacudió la cabeza negándose a sí mismo la posibilidad de que realmente eso fuese posible.
- Claro, y ustedes fueron sorprendidas en su buena fe. Aceptaron los pases y cruzaron así por así, no?
El Profe escuchaba entre muerto de risa y atrapado por la historia.
- No sé de qué te reís, vos no estás acá por hacer algo que está bien-.
El Profe cambió la cara en el acto. Y sin inmutarse le devolvió a Teresa:
- Y quién dice lo que está bien y lo que está mal?-.
El Morocho entró en ese hueco entre frases cruzadas, burlando la custodia.
- Hola Profe! Quédese tranquilo: el doctor los va a sacar-.
Ignorando o tal vez inconscientemente ansiando en silencio ser el blanco codiciado por el sexo a(o?)puesto, El Profe pasaba sus días observando su propio ombligo. Percibía que ya había sido elegido, pero él no había bajado el martillo. El tiempo que se tomaba para analizar a quién brindaría sus gotas de afecto concentrado estaba en directa proporción con la profundidad de sus heridas de alma que aún sangraban, después de tanto tiempo.
Aquella otra amazona agresiva que tenía por cuasi compañera de celda venía a completarle el cuadro de confusión por ambivalencia: le atraía y a la vez le daba miedo. Tanta fortaleza en una mujer lo intimidaba. Ella se mantenía impertérrita detrás de su máscara de diosa olímpica, filigranadamente construida a fuerza de empeñarse en mostrar lo que no era.
Entre el hedor circundante, El Profe se las había ingeniado para oler el aroma reparador de la vianda de Chula. Y en un flash repentino, comprendió todo lo que encerraba la sensible dulzura de la candidata que no figuraba en plan alguno. Sabiendo de antemano la respuesta, preguntó fingiendo ser inocente de inocencia absoluta:
-Morocho. Tengo hambre y vos sabés que acá nos matan con el morfi. No habrá algo para picar?-.
- Sí, justo Chula trajo una torta que está para chuparse los dedos-.
Cuando la paisana suburbana pudo acercarse a la celda, le preguntó respetuosa:
- Cómo está, señor Profesor?-.
- Vivito y coleando. Estrellita sigue brillando en tu cielo, no Chula?-.
- Sí, crece cada día más sana-.
-Están todos afuera-, dijo el abogado paladeando cada preciso segundo de su momento de gloria personal. Se dio vuelta displicentemente, diciéndole a Teresa y a María: -Ustedes, también-.

El Morocho se quedó duro: detrás de los barrotes apareció su sueño hecho mujer. Tal como la había imaginado, tal como le había cantado. Embobado, apenas le sonrió, tímidamente. Y ella, todavía asustada, apenas respondió al gesto.
- Y ustedes qué van a hacer ahora: se vuelven o se quedan?-, preguntó el Dr. Cuervo.
- Volver a dónde? Salimos porque queremos conocer el afuera-, habló Teresa por ambas.
- Y ya reservaron hotel?-, ironizó mordazmente El Profe.
María mostró su mejor sonrisa. Rápido para los mandados, El Morocho propuso supuestamente para todos, y tácitamente para ella:
- No pueden quedarse por ahora en Aurora? Vamos para allá y de paso preparamos una cena para festejar la liberación-.
El Profe asintió con la cabeza. No podía negar alojamiento a unas "refugiadas políticas". La fila india se armó enseguida, rumbo a Aurora.

QUINCE

Con cada renglón que leía, una lágrima corría por su mejilla. Estaba tocado, pero se mantenía firme, ocultando como siempre lo que sentía. Apenas se permitía llorar en soledad, pero en el mayor silencio posible.
Mientras leía la carta de su hija, Claudio se dejó caer en el sillón y apagó las luces de la biblioteca. Solo una lámpara de pie echaba algo de luz sobre tanta oscuridad que inundaba su alma en esa hora de revelaciones
Fernanda dudó mucho en quebrar esa intimidad. Pero más que nunca quería estar con él. Se sentía en parte responsable por lo de María; no se perdonaba haber mostrado las cartas de esa mano. Sin embargo, estaba cansada de guardar ese peso que la ahogaba.
- No sé qué decir, qué hacer. Quizá no tenía que decirle eso a María, pero no pude más. Intenté todo, mi amor, todo. Hablarle, cuidarla, estar con ella-.
La desesperación la invadía. Esperaba un gesto de él.
- Qué podemos hacer, Claudio? Ojalá podamos verla otra vez-.
- No sé si volverá después de lo que le dijiste sobre Teresa.
La expresión de Fernanda se deformó. Por primera vez desde que él la había dejado, Claudio mencionaba ese nombre.
- No te entiendo-.
- Le tocaste a su amiga, su compinche: Teresa-.
Con la segunda mención, no tuvo dudas.
- Hace casi quince años que no la nombrabas, y en menos de un minuto, lo hiciste dos veces. Algo en esa carta te hizo mover el piso-.
Trató de esconderla, pero Fernanda pudo alcanzarla. También las lágrimas brotaron al recorrer cada palabra, cada línea de esa despedida. Sacando todo lo que no le había dicho en su momento, entre gritos y gemidos vació el cargador de sus preguntas-balas:
- Es la pregunta final la que te parte al medio? La elegida era ella? Nunca te lo pregunté, pero creo que es hora. Por qué volviste conmigo y me dijiste que había terminado? O es que realmente no terminó?-.
Ella estaba fuera de control. Siempre había tenido todo más o menos resuelto: marido, hija, un pasar despreocupado. Pero ahora que tambaleaba y estaba a punto de perderlo todo, se daba cuenta de que nunca estuvo segura de sí misma. Trataba de luchar por ese hombre al que amaba pero no estaba convencida de que ganaría esa, su primer batalla.
- No entiendo qué te pasa. Eso ya fue. Creí que estaba todo claro, Fernanda-.
- Para nada claro! Vos creíste eso pero nunca hablamos del tema-.
- Tenés razón. Ni vos ni yo lo hablamos-.
La mea culpa compartida puso al clímax entre paréntesis. Se miraron entre el manto de las lágrimas. Estaban tan conmovidos que se dieron cuenta de que necesitaban buscarse y apoyarse. No podían separarse ahora. Había conflicto, pero sobre todo mucho amor, suficiente para cancelar una factura atrasada muy abultada que tenían con ellos mismos.
Autocrítico por necesidad, Claudio largó el rollo más largo y esencial sobre esa parte de su vida:
- Yo te elegí a vos, Fernanda. Tuve dudas, lo reconozco. Estaba muy confundido también. Teresa me daba vuelta, en mi cabeza, en la cama y con su mambo. Decidí cortarla porque sabía que si seguía así no hubiese podido pensar más qué quería de mí y de mi vida. En cuanto la dejé, pude ver todo completamente claro. O casi todo. Y vi que las necesitaba: a vos y a nuestra hija. Por ustedes, nunca ni siquiera se me cruzó volver. Y si la nombré, no sé, habrá sido porque no pude enterrarla completamente. Me dominó tanto durante tanto tiempo que su recuerdo aún tiene la fuerza suficiente para aparecer en nombre como manotón de ahogado en este momento tan malo para nosotros. Lo que me movió el piso de la carta de María fue ver cuánta amargura tiene ella hacia nosotros-.
- Claudio, no supimos cómo-.
- Está bien. Quizá vos no supiste. Pero yo ni lo ví. Mucha de la culpa es mía. Mi posición era muy poco jugada: el padre ejemplar, el compañero, el verdadero hipócrita que calló la situación porque temía que explotara. Pero explotó precisamente porque no hablé. Dijiste que no querés perderla. Yo no quiero perderlas-.
Parecieron liberarse con ese abrazo sincero y extenso. Era querer estar otra vez juntos, hablar sin decir más.

DIECISÉIS

Todo estaba dispuesto en el salón de "Aurora". Sería una celebración muy íntima. Sólo 48 horas después de la fiesta a medias, el mismo escenario volvía a recibir al mismo elenco, aunque en su versión reducida.
Asado criollo, atendido por El Profe y El Morocho; empanadas caseras de Chula, el vino provisto por el almacenero y todo el hambre del mundo aportado por las huéspedes, acompañadas por el Dr. Cuervo, héroe de la jornada.
La comida sería más reparadora que nunca, especialmente para las recién llegadas, después de haber visto esa tarde la realidad descarnada de esa sociedad que estaba partida al medio por el Cordón, la insensibilidad y la desigualdad crecientes.
Como había intuido Teresa, el cuadro era duro de digerir. Pero por estar preparada, la golpeó; mucho menos. Pero María sintió el efecto de salir del cascarón. Apenas pudo soportar esa experiencia. La aventura de haber cruzado aunque arriesgada, fue divertida pero estar afuera era enfrentar el lado oscuro de lo desconocido.
Se sintió aliviada cuando llegó a Aurora. No era un hotel, pero estaba protegida. Y acompañada con gente con la cual podía hablar. En especial con El Morocho quien no se despegó de ella ni un minuto.
- Y qué te pareció, María?-.
Eligió cada palabra:
- Nuevo y doloroso para mí, difícil para todos-.
- Te querés volver?-.
- Sí. Tuve que conocerlo para darme cuenta de que éste no es mi lugar-.
- Y cuándo querés volver?-.
- En cuanto sea posible-.
- Yo quiero conocer Buenos Aires. Vengo pensando en una forma desde hace mucho tiempo. Puedo intentarlo cualquier día de estos. Si querés, vamos juntos-.
- Por qué hasta ahora no fuiste?-.
- Porque solo no me animaba. Y no es que le tenga miedo a los guardias. Le tenía miedo a la gente de Buenos Aires. Pero ahora que las conocí a ustedes, me animo-.
María apenas estaba repuesta de la seguidilla de vivencias turbulentas, cuando un desconocido le proponía volver a su casa.
- Dejame pensarlo-. Quería ganar tiempo para consultarlo con su espejo. No sabía qué diría Teresa, que desde hacía algún rato charlaba con El Profe sobre Letras y la vida.
- Cuál es tu nombre? Eso de llamarte con apodos no me gusta-.
- Pero a mí y a mis amigos sí. Además, prefiero no acordarme de ese nombre, porque perteneció a otra persona-.
Teresa estaba fascinada por la agudeza de inteligencia: por fin un oponente digno. "Cuanto más resistencia, mayor el valor de la presa", pensaba. Pero últimamente ya había librado muchos combates y estaba dispuesta a olvidar esa cuerda que la impulsaba a tragarse al otro, a excepción, por ahora, de María.
- Sabés? No hay nada que me retenga en Buenos Aires. No voy a volver. Quiero saber si puedo quedarme aquí, colaborando con tu gente-.
- No te equivoques, no es "mi" gente. Es nuestra gente. Y si querés quedarte para ayudar, sos bienvenida, siempre que cumplas ciertas reglas. Aunque no sé si vos podés seguir alguna-.
Intuyó que con él no podría. De entrada, la había calado hasta la médula. Y eso la convenció, aún más de hacerse a la idea de olvidarse de conquistas.
- Crees conocerme. Mucho no te equivocas, soy así. Pero quisiera intentar ese desafío-.
María esperó que la charla terminara para acercar a ella. Teresa sabía a qué venía. Y tenía decidido que debía apartarla de su lado: la nena no se bancaría el ambiente y ella no podría retenerla a su lado. Sería mejor para ella que María regresara con sus padres.
- Tere, tengo que hablar con vos. Ahora, por favor-.
- Cuándo te vas?-.
María se sintió desnudada.
- Cómo sabés? El Morocho te dijo algo?
- No hace falta que alguien me diga lo que yo ya sé. No te bancas esto no? Bueno, está visto que en este juego me equivoqué al elegir los compañeros. Es mejor que te vayas, que vuelvas con tus padres. No tenía derecho a arrastrarte conmigo-.
- Pero si vos no me obligaste, vine porque yo quise..-.
- No te engañes. Estabas sola, no tenías dónde ir y esto te pareció divertido como aventura-.
- No puedo creer que me estés hablando en serio. Yo confiaba en vos y me prendí porque sos mi mejor compañera. Más que una madre-.
- Nadie puede reemplazar a una madre. Ni siquiera yo. Y quizá, después de todo, no soy tan buena compañera como vos crees. Quizá El Morocho te ayude. Es muy buen pibe-.
María sentía que el mundo volvía a desmoronarse. Toda su alma se rompía como un cristal: creencias, afectos, ganas, todo revuelto y en proceso de rearmarse como un rompecabezas.
- Decime que no estás decepcionada conmigo. Dejame irme tranquila-, suplicó María.
Teresa no podía confesarle eso. Prefirió abrazarla en silencio, a modo de despedida.
- Por qué me hiciste eso, Teresa?-, le dijo mientras se iba con toda la bronca del mundo.
Pero ella no dijo nada. Y por primera vez en mucho tiempo lloró. Con ganas y sin tapujos.
El Profe vio cuando María hablaba con El Morocho, contándole todo. El había seguido a media distancia la historia. Y enseguida llamó a su predilecto para recomendarle qué hacer en el futuro.
- Morochito, no me preguntes cómo me enteré, pero sé que te vas a Buenos Aires. Siempre te aconsejé bien y traté de ayudarte. No voy a lavarme las manos ahora. Es muy difícil lo que vas a hacer. Pero si es tu decisión, no digo nada. Sólo tené en cuenta que allí adentro vas a estar totalmente solo, y que es jodido que encuentres gente como nosotros. Fijate bien cómo te sentís. Y si algún día querés volver, nosotros vamos a estar acá, en Aurora, todos juntos-.
El diálogo fue sincero, sin sensiblerías ni melancolías. El Morocho no era muy locuaz. Escuchó en silencio y le agradeció desde el alma:
- Profe, gracias de verdad. Para mí es muy importante que usted me apoye. Avísele a la vieja, quiere? Creo que salimos mañana-.
- Está bien, yo le digo. Pero cuidá a María. Es muy frágil-.
La cena-fiesta siguió. El baile sirvió a todos de pretexto para olvidar y hacer que el tiempo transcurra.
Observando todo con añoranza, Teresa se empapaba con vino para no sentirse tan seca por dentro.

DIECISIETE

Con la misma sigilo de su primera incursión, El Morocho llegó con María hasta El Cordón aquella esa noche sin luna.
Su morral tenía todo lo necesario. María estaba incómoda; creía que su presencia sería muy molesta. Trataba de no enquilombar la tarea de su camarada de cruce:
- Conocés Mondongo? Tomá escuchá así no te preocupás tanto-, recomendándole música como calmante.
María encendió el viejo uocman y otro telón se le levantó. Al principio no le gustó tanto: no captaba mucho las letras. Pero quiso escuchar todo el casete para ver qué le pasaba.
El Morocho mientras trataba de concentrarse preparando todas las herramientas: el gancho, las sogas, los guantes. Pero la figura de María quemaba de amor sus ojos y recreaba aquel sueño. Estaba tan embobado que sonría y se sonrojaba con sólo verla.
Con el mismo sigilo de la primera vez, El Morocho llegó al punto ciego. El talón de Aquiles del Cordón. Quijotesca tarea encarar el cruce con una soga. Pero las ansias de entrar sobrecompensaban cualquier carencia.
Alcanzaron la cima de la pared y se abrazaron nerviosos. El Morocho le mostró una artesanía en cerámica hecha por su madre: una figura de dos mitades: alegoría de la división, que encastraban perfectamente entre sí. Y le regaló la mitad que representaba el Gran Buenos Aires.
- Me gustaría que la tengas para que recuerdes que estuviste afuera, María-.
- También me voy a acordar de vos, Morocho-.
No había tiempo para nada más. Sólo para seguir hasta llegar a la casa de sus padres.
Casi antes del amanecer, María tocó el portero de su hogar. Claudio y Fernanda dormían.
- Soy yo, María. Me abren, por favor?, rogó retraídamente.
El reencuentro fue imposible de narrar por lo emocionante.
- Ojalá puedas perdonarme, mamá-.
- Y ojalá puedas perdonarnos, María-.
El padre las abrazaba a las dos. Y miraba sorprendido a ese testigo desconocido que desconocía la situación.
- Ah, es El Morocho. Me trajo hasta acá. Quiere quedarse en Buenos Aires. No tiene dónde ir. Puede pasar la noche con nosotros?-.
Claudio dudó. El aspecto no le resultaba adecuado. Pero Fernanda le ofreció su corazón.
- Claro, pasá-.
Con el amanecer todo fue aclarando.
- Creo que en el living vas a estar cómodo, Morocho. Si no te jode dormir en un sillón-.
- Para nada, voy a estar bien en cualquier lugar, María-.
Apenas pudo dormitar. El cuchicheo de toda la familia en vela se escuchaba permanentemente.
Se enteró que Claudio no quería que se quedase. Por temor y prejuicio, le dijo a María que sólo podría quedarse por un tiempo.
María estaba en una posición muy débil como para negociar. Debía reparar el vínculo con sus padres. Pero no estaba dispuesta a olvidarse de quien la había ayudado en su momento.
A media tarde, trataron el tema.
- María, escuché lo que te decían tus viejos sobre mí, y sé que tengo que irme-.
- Esperá. Vos te vas a quedar acá no sé, una semana, diez días... Pero no puedo dejarte en banda. Vos no querés volver, no?-.
- Y ... la verdad, no. Quiero conocer esta ciudad. Para eso vine-.
La situación era difícil.
- No te hagas drama. Yo te voy a encontrar un lugar. Hoy vamos a ver a algunos amigos. Son artistas sabés? y muy macanudos. Seguro que te van a hacer un lugar. No sabés lo que te envidio: a mí me gustaría poder vivir con ellos-.
- Y por qué no te mandás, entonces?-.
- Todavía no estoy lista para tirarme a la pileta. Después de ver el Cordón y de escuchar lo que dijo Teresa, me di cuenta de que necesito de mis viejos. Yo sé que pensás que si no lo hago estoy transando, pero bueno si yo no puedo, vale la pena jugarse por alguien que sí se lo puede bancar-.
- Sabés, María? Yo me preguntaba si los porteños serían capaces de sentir. Vos me demostraste que sí , y en una forma que es muy parecida a la nuestra-.
- Es que no somos distintos, ni distantes. Nos hicieron creer que debíamos estar separados, y muchos terminamos comprando las acciones de esa farsa. Pero ya no, Morocho, ya no...-.

DIECIOCHO

Ese jueves había otro estreno en el anfiteatro. La invitación para María era muy especial.
El varieté se presentaba totalmente renovado. Un nuevo personaje hacía su debut: El Morocho, miembro pleno del elenco desde que, varios meses atrás, había recalado como "refugiado" en ese ambiente.
La escenografía eran gigantescas fotografías en color de paisajes de la ciudad. Saltimbanquis, clownes, mimos y humoristas pasearon su arte por entre las tarimas.
Cuando El Morocho cerró el bloque con una interpretación de "No al Cordón", María se conmovió con la emoción de la gente. Lo fue a buscar y lo encontró en medio de una montaña de humanos que lo saludaban, felicitaban y lo animaban a seguir adelante.
Ese cosquilleo interno le anunció a María que lo que sentía por él era más que admiración. Era el amor por la fuerza, la sencillez y la franqueza de ese muchacho que, pese a no estar solo, optó por trazar su propio camino sin deberle nada a nadie, excepto a sí mismo.

EPILOGO

... nació la nena, hace 11 meses, justo días después del derrumbe del Cordón. Se imaginan que no tuvimos que pensar mucho el nombre: Aurora, claro. Así que, en cuanto pudimos, vinimos a verlos-.
- Pero podrían habernos escrito, Morocho-.
- Tenés razón, pero en el quilombo del alzamiento no pudimos, Profe-.
Las canas tiñen la cabeza de El Profe, pero sigue siendo el mismo.
Chula les convida otra ronda de sus famosas empanadas, y Estrellita juega con Florencia, su hermana de 5 años.
- Qué crecida estás, María-.
- Nueve años no son pocos, Teresa-.
- Espero que hayan sido suficientes para perdonarme-.
- No sé si perdonarte. Al menos traté de entenderte. Y vos cómo estás?
- Organizando la reintegración, dando clases. Haciendo muchas cosas. Bah, lo mismo de siempre. Por lo menos, las cosas están mejor. Pero yo siempre voy a estar partida al medio, entre mis ilusiones puras y mi carácter imposible-.
La cooperativa es nuevamente el escenario de encuentro. Todo un símbolo de los ideales que se habían concretado, permanece firme.
Arrullada entre caricias y una melodía de Mondongo cantada por su madre, Aurora descansa irradiando al futuro su luz de esperanza prístina. Lleva ese adorno de dos mitades juntas que sus padres le colgaron con su primer llanto y que seguramente conservará como emblema de vida.

*Autor
Juan Carlos Tagtachian. Buenos Aires, 1964. Lic. en Administraciòn, casado 1 hijo. Estudiò Fotografìa con Alicia Segal y seminario de iniciaciòn teatral con Norman Brisky y canto con Marìa Chemes.
Como el Profe, pasò de las multinacionales a empresas familiares y a asesorar empresas y proyectos. Fanàtico de Queen, busca afanosamente el equilibrio entre la rìgida bùsqueda de la excelencia acadèmica y la rebeldìa de lo repentino.
Tagta, como gusta en llamarse en un explìcito homenaje al totem de su apellido, madera paradòjicamente en el idioma del pueblo que masacrò al de sus mayores.