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Paisano
Romina Doval*

Micaela se sienta a la mesa y el padre de Juan le llena la copa. El mejor vino nacional del mercado, le dice, ¿te gusta? Ella, sin siquiera probarlo, va a contestarle que le gusta pero la madre de Juan llega antes: dónde se metió mi hijo, siempre hay que esperarlo. Un viento suave les trae el humo de la parrilla. Micaela tose por hacer algo. Una noche exquisita, dice el padre de Juan, ni muy calurosa ni muy fría. Micaela asiente con la cabeza: una noche exquisita para salir, dice ella y piensa en la fiesta del Polideportivo. Él va a estar allí, de eso no le cabe la menor duda. La madre de Juan lo dijo: ahí van todos los caseros de la zona. El único problema es la Lauchita. Tiene que convencer a Juan para que la lleve pero para eso tiene que encontrar los mejores argumentos. Por qué razón ella tendría ganas de ir a una fiesta como ésa. El aburrimiento. En el campo se aburre como loca y si hay algo que detesta es acostarse temprano un sábado. Pero dónde se metió este chico, dice la madre de Juan, ¿vos lo viste?, le pregunta a Micaela. Ella niega con la cabeza. Desde que llegó a la estancia la presencia de Juan la tiene sin cuidado. Micaela respira hondo y cierra los ojos. El hijo del casero puede aparecer de un momento a otro y ella tiene que llamar toda su atención. Toma más vino para darse coraje. Voilà, dice la madre de Juan viendo aparecer a su hijo. Juan pone sobre la mesa una vieja fotografía y dice: Estanislao Barreto. Por Dios, piensa Micaela, van a empezar de nuevo. El padre de Juan salta en su silla: ¿dónde encontraste esa foto? No sabés cómo la busqué. La madre de Juan le hace señas a una muchacha y comienzan a servir el asado. El padre de Juan se pone a hablar del hombre de la foto. Que Estanislao Barreto hizo el primer molino de Luján, que Estanislao Barreto viajó en el primer tren que llegó a Luján, que Estanislao Barreto fundó un diario local que influyó en ya no sabe qué acto o decisión de Rivadavia. Micaela mira para todos lados y, muy de vez en cuando, al padre de Juan. Tal vez él ahora esté preparándose para la fiesta. Cómo se prepara un casero para una fiesta de paisanos como los llama la madre de Juan. Pero, querido, vas a espantarle la novia a tu hijo con tanta historia familiar. A una futura licenciada en Historia eso no puedo serle indiferente, dice el padre de Juan. Y sí que le es indiferente. Completamente. Qué le importa a ella si descienden de una familia de franceses que desembarcó en las orillas del Plata hace casi doscientos años. Toda la estancia, atiborrada de fotos marrones, cuadros de visas, pasaportes, actas de nacimientos y cartas en francés, lo grita a cada paso. Como si fuera poco crearon una Asociación Franco-Lujanera donde exponen sus hermosas cajas de petits gâteaux llenas de botones, encendedores, todo tipo de fetiche francés. Micaela abandona el primer plato y la madre de Juan le pregunta si está enferma. Juan explica que Micaela nunca fue fanática de la carne. La madre de Juan da un gritito. Y todo ese tiempo la pobre estuvo comiendo carne sin chistar. Pero qué barbaridad. El padre de Juan vuelve a su único tema. Está absolutamente convencido de que la historia de los Barreto tiene que entrar algún día en el museo de Luján. Micaela termina de hacer una ronda de miguitas de pan y después la barre con el tenedor. Tiene que sacar el tema de la fiesta del Polideportivo pero no sabe qué palabras utilizar. Qué caras pondrán los Barreto cuando ella diga que quiere ir a esa fiesta. ¿A la fiesta de paisanos? Son capaces de prohibírselo. Todavía no puede creer lo que hizo aquel día que lo encontró arreglando un vallado: lo miró de frente y le sostuvo la mirada. Ella, que nunca había ido de frente con ningún chico. Se acuerda el movimiento de reverencia que él le hizo con la cabeza y se enternece. La sumisión perfecta y esos ojos negros que la miraban desde el deseo más imposible. Allí estaba ella para mostrarle que era real y, por lo tanto, posible. La muchacha que recoge los platos le pregunta si va a comer postre. Micaela la mira sin entender y la madre de Juan protesta porque su marido está haciendo dormir a todo el mundo. Y entonces, cuando menos lo espera, aparece él junto a la Lauchita. A Micaela se le cae la cuchara del helado y siente que los demás pueden escuchar sus latidos. Él saluda con timidez. La Lauchita hace lo mismo pero la mira a ella. Micaela siente que le falta el aire. La Lauchita ya debe estar al tanto de todo. Eso explica que él no la haya mirado y que la Lauchita quiera comérsela viva. Cuando los dos se van, la mesa queda en silencio hasta que la madre de Juan habla. No aprueba que el hijo del nuevo casero traiga a su novia los fines de semana. Le parece que no es correcto. Pero al padre de Juan le importa muy poco. Ella se queda con la imagen de él y trata de que no se le escape. Es un chico común y corriente y, de habérselo cruzado en alguna calle en Buenos Aires, ni siquiera lo hubiera mirado. Pero hay algo en él que ella no puede definir y que la atrapa. Tal vez sea el contexto. Él en sus ropas rústicas y con una mentalidad que ella imagina diferente, menos compleja y más animal. Cuánto daría por caer en sus brazos, tocarle la cara, besarlo revolviéndole el pelo, abrirle la camisa, rodar por el pasto... Y la Lauchita qué. Es fea y demasiado flaca, casi una adolescente sin desarrollar. Ella se sabe mucho más linda y, si se pusiera en el lugar de un hombre cualquiera, no tendría ninguna duda sobre la elección. Y qué tal esa fiesta de... Micaela ya empezó la frase y no tiene más alternativa que terminarla. Le preguntan qué fiesta. La del Polideportivo. La madre de Juan saca de la galera la palabra paisano pero ella está tan nerviosa que no le entiende. Me gustaría ir, se escucha decir. Y, en efecto, pareciera que ha confesado un crimen. Juan se ríe y Micaela quiere saber qué es lo gracioso. Su tono ha sido altanero y se produce un silencio. Traen el café y el padre de Juan nombra a otro Barreto. Suficiente, querido, dice su mujer tocándole la mano. Micaela trata de sonreír pero ya no puede. Termina rápido el café y, con la excusa de que le duele la cabeza, se va a la pieza de Juan.

En la oscuridad de la pieza se siente mejor. Se acuesta, cierra los ojos y se concentra en la cara de él. A fuerza de pensarla, se le desfigura, se le escapa y se le vuelve a armar. Se toca. Piensa en él y se toca. Está loca y eso la hace feliz. No es el amor de su vida. Es la aventura de su vida. Si no se da hoy, no se dará nunca. Ya se hartó de caminar con un libro en la mano haciéndose la que leía sólo para observarlo. Y si él se iba lejos con el caballo, ella tomaba la bicicleta de Juan y lo seguía. Saber qué hace y con quién está es lo único que le importa. Verlo rascarse la cabeza, espantar moscas o montar el caballo, cualquier cosa. Y estudiar sus gestos que son bruscos pero nunca torpes y tratar de ver si está en paz o si, al menos, es feliz. Cómo saberlo. Y él, qué iba a imaginarse él que una chica como ella podía desearlo hasta ese punto. Ahora lo sabe, ella abrió el juego y él sólo tiene que terminarlo. No por nada ella corrió el riesgo de entrar a la casa de los caseros. La puerta estaba siempre abierta y ella, cuando pasaba, miraba adentro. Toda una tentación. ¿Y si alguien la hubiera pescado in fraganti? Qué importaba, cualquier excusa era válida para la novia del hijo del patrón: la necesidad de un vaso de agua, un súbito malestar... Y cómo no iba a querer entrar allí donde él pasa gran parte del día y toda la noche. Cómo no querer ver los muebles, la cocina y hasta los alimentos que hay en la heladera para saber qué come. Ver su pieza, revolver sus cajones, abrir sus armarios y tomar sus ropas para llevárselas a la nariz y respirar profundo. Fue así como dejó sobre la mesita de luz la gomita con la que se ata el pelo. Una señal y una manera de hacer rabiar a la Lauchita. Pensar en esas cosas la hace sentir audaz. Ya no es más la chica tímida y estudiosa de la facultad, es toda una mujer que sabe lo que quiere. El corazón le late, feroz, como cuando corría por el campo. No sabía que eras tan atlética, le dijo el padre de Juan. Se le escapa la risa. Qué hubiera dicho el padre de Juan si se enteraba de la verdad. Porque ella corría para encontrarlo. En cualquier lugar y en cualquier momento. Y qué emoción verlo cabalgando allá a lo lejos. Correr, contra viento, hacia su caballo y verlo venir, galopando, la respiración agitada de ella, la mirada de él... Claro que si ese día él no hubiera desviado el caballo a tiempo, la hubiera atropellado. Pero qué importaba. Había conseguido lo que quería. Estoy bien, estoy bien, le decía ella, frenética, y él sólo: la llevo a la estancia. Cómo no se le ocurrió mirarle la pierna para ver si estaba lastimada. Ahí se perdió una verdadera oportunidad. Y mirarlo a los ojos como la primera vez para desencadenar algo tampoco sirvió de nada. ¿Es cobarde?, ¿qué otra prueba necesita de ella? El campo debe volver estúpida a la gente. La puerta se abre y entra luz. Es Juan que viene a acurrucarse a su lado. El contacto con su cuerpo la exaspera. Micaela se levanta de golpe y lo dice: Voy a ir a la fiesta. Las protestas de Juan son inútiles. Ella ya encendió la luz y ahora va al baño para maquillarse. Se pondrá su mejor vestido, ése que nunca se pone porque le da vergüenza, y los tacos altos con los que apenas puede caminar. Juan le dice que la acompaña. Sus padres ya se acostaron pero eso tiene que quedar entre ellos.

La música del Polideportivo se escucha a lo lejos. Juan sigue rezongando pero ella ya no lo escucha. Adentro hay una multitud bailando una especie de gato o chacarera. Sapos de otro pozo, eso es lo que somos acá, dice Juan. Cuando lo ve, Micaela se siente desvanecer. Allí está él en un grupo de gente, allí está él con su Lauchita. Qué hacemos, dice Juan. Ella no le contesta pero lo toma del brazo y se ponen a deambular. Alguien pregunta si quieren vino. Ella acepta pero Juan dice que no con la cabeza. Tomar vino de damajuana en un vasito de plástico, le dice él, es la cosa más deprimente. Hay cosas peores, dice ella. No me las puedo imaginar, dice Juan. Siguen caminando sin saber muy bien qué hacer. Micaela toma rápido, termina el vaso y se acerca a una mesa para servirse otro. Estás tomando demasiado, dice Juan. ¿Te doy vergüenza? Sí, contesta él. Andate entonces. Si es lo que querés. Y por fin Juan se va. Todo está funcionando. Las luces son fuertes y hay muchos hombres solos que no tardarán en sacarla a bailar. Y cómo no va a bailar ella si él está allí comiéndola con los ojos. Bailar y beber para estar alegre y brillar, bendita entre todas las mujeres, porque ella es la más linda de la noche. Y entonces lo que tanto esperó se da. Él la mira, inexpresivo, y va hacia ella de un modo nervioso. Micaela termina el segundo vaso, toma otro y simula no verlo. Juan se fue a dormir, le dice él, y me dijo que la llevara cuando quiera. ¿Bailamos?, le dice ella. Él se queda mirándola como si no entendiera. Y, como no podía ser de otro modo, aparece la Lauchita. Se acerca al oído de él y, haciendo una pantalla con su mano para taparse la boca, le dice algo. Él no parece muy interesado en lo que ella le cuenta pero la otra sigue y sigue, sólo para fastidiarla. Se aleja. Ganó. La Lauchita ganó pero no será por mucho más tiempo. Va hasta una mesa y se sirve más vino. Ya no sabe qué hacer y sin la presencia de Juan comienza a sentirse indefensa, casi lamentable. Por qué nadie la saca a bailar. Ella no es de piedra, simplemente es de otra clase pero, al fin y al cabo, una mujer. Como todas ésas. O mucho mejor que todas ésas. Camina de una punta a la otra del salón, saluda a las personas con la cabeza como si las conociera de toda la vida y hasta simula canturrear algunas de esas canciones que desconoce por completo. Y él sin aparecer. Se instala al lado de una mesa y menea la cabeza al compás de esa música para mostrar que está bien. Pero cómo se puede estar bien cuando se piensa día y noche en un hombre así, completamente insignificante, que no sabe actuar. De pronto él reaparece entre la gente y sin la Lauchita. Es el momento, piensa, y se dirige hacía él. Lo ha imaginado tantas veces que le resulta natural cortarle el paso y mirarlo de frente. Tengo que hablar con vos, le dice, lo toma de la mano y lo lleva a un rincón. Pero una vez allí no dice nada y simplemente le sonríe. Qué pasa, dice él. Ella intenta acercar sus labios a los de él pero él retrocede, mira a su alrededor y la toma del brazo para sacarla de la fiesta. La decisión de él es prepotente y a ella le gusta. Debe estar haciendo teatro para la Lauchita. Una vez afuera ella le dice: ¿acá te gusta más? y cuando extiende los brazos para tomarlo del cuello él la rechaza con firmeza: ¿está borracha? No, dice sorprendida, nada que ver. Y como presiente que él está por dejarla, lo agarra del brazo y le dice: nadie se va a enterar. No tome más le dice él en un tono paternal y, con mucha delicadeza, saca la mano de ella de su brazo y se va. Qué estúpido. Quiere llamarlo pero, recién entonces se da cuenta, ni siquiera sabe su nombre.

Micaela corre por la banquina. La ruta no termina nunca y le parece una pesadilla. Debe ser eso. Una pesadilla. Cuando llega a la estancia, Juan y sus padres están despiertos, esperándola. Su vestido está lleno de tierra y el maquillaje se le ha corrido. Pero qué te pasó, querida, qué te pasó. Micaela mira a la madre de Juan y se escucha decir: el hijo del casero se aprovechó conmigo. La madre de Juan pone el grito en el cielo. Micaela corre al cuarto de Juan. No quiere escucharlos más. Tiene que pensar que dentro de unos días hará su valija y volverá a Buenos Aires para preparar los finales de marzo. Y todo eso habrá terminado. Tiene que ser así. Al fin y al cabo no va a morirse. Ni mucho menos por un paisano.

*Autor
Romina Doval nació en Buenos Aires a fines del año 1973. Ha estudiado Letras en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Maine, Francia. Es docente y traductora literaria. Obtuvo el Primer Premio Nacional por el libro de cuentos Signo de los Tiempos y el Segundo Premio del Fondo Nacional de las Artes por su novela Desencanto. Actualmente prepara su segundo libro de cuentos titulado Caída libre. Sus cuentos y notas han sido publicados en revistas y antologías nacionales y extranjeras. Vivió en Francia durante casi diez años y al presente reside en Buenos Aires.