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Tan grande como un moustro
Pamela Colombo*

- ¿Y la Laurita donde está? – pregunta Juan con su metro treinta de puntas de pie y los ojos entrecerrados intentando ver mejor – no la veo y ya se va a hacer tarde.
- Hace un rato se fue con el Chino para el monte. Ya van a venir. Todavía nos queda un rato – dice Manuel.
- Pero si llegamos tarde mamá nos va a retar. El Chino sabe que no podemos quedarnos afuera hasta tan tarde – dice Juan mientras se frota la nariz. La tierra está seca, muy seca, y Juan se entretiene dibujando con la punta de su zapatilla figuras en el polvo.
Manuel le devuelve la pelota con el pie derecho y retoman el partido con un marcador que ya no recuerdan. Juan no es muy habilidoso, en verdad, es bastante torpe, pero puede correr muy rápido, y a veces, sólo con eso, logra anotar algún gol.
Después de un rato, los dos ya aburridos y algo cansados, abandonan nuevamente el partido. Juan levanta del suelo su pullover, que hasta ese momento había oficiado de palo derecho de uno de los dos arcos. La transpiración, ya fría, pareciera desaparecer al entrar en contacto con la lana.
- Mirá, hoy las llamas están más cerca – Manuel lo dice mientras le señala el humo que sale de un cañaveral a unos trescientos metros de distancia. Juan asiente con la cabeza, y se quedan en silencio observando como el fuego avanza.
- Hey, ¿Qué estamos mirando? – dice el Chino, mientras les golpea la espalda. Ha llegado con Laurita por detrás sin que los vieran. Juan pega un salto del susto, se tropieza y cae al piso. Siente una vergüenza profunda que intenta disimular lo mejor que puede. Se levanta y sacude un poco su ropa.
- Epa, ¿nos asustamos? – el Chino es dos años más grande que él, eso y la diferencia de tamaños, hacen que Juan se tenga que tragar las ganas de pegarle. Agarra a su hermana de la mano, lo mira fijo al Chino y sin saludar se va con ella casi corriendo. Aunque algo apagada, le llega la voz del chino que le grita desde atrás:
- No vayas tan rápido, a ver si te tropezás de vuelta.
Durante todo el día, ha caído del cielo una especie de lluvia negra. Son pequeños papeles carbonizados, que caen de a poco, se mantienen flotando en el aire por unos segundos y luego caen.
- ¿Qué hacías en el monte? Sabés que mamá no nos deja ir.
Laurita abre aún más esos ojos redondos, con los que sabe manipular a la perfección –
Es que quería ir y además...
Juan la interrumpe –Y si te pasa algo, ¿qué le digo a mamá? La próxima vez me decís a mí y vamos juntos – se lo dice con el tono de voz más grave que encuentra. Desde que su papá no está, Juan siente que él debe cuidar a su hermana. Le aprieta fuerte la mano y camina siempre un paso más adelante que ella, casi arrastrándola. La luz de la casa ya se distingue a lo lejos.
- Juan, te tengo que decir una cosa....
- Después, después, cuando lleguemos.
- Pero te lo tengo que contar ahora…
- Laurita, cuando lleguemos. Caminá más rápido.
El frente de la casa da a los cañaverales. La madre los espera en la puerta, pero sólo puede ver las cañas y el humo que está cada vez más cerca.
Juan se detiene cuando están casi por llegar. Mira a Laurita de frente, le sacude la ropa que está llena de esas tiritas negras, se escupe una mano y le limpia el barro que tiene en una de sus mejillas.
- Ahora sí, vamos, y nada de decirle dónde estuviste.
- Está bien, pero... – Juan sigue caminando como si no la escuchara.
Las cañas son más altas que ellos y la mujer recién los ve cuando ya han salido del cañaveral. Caminan hasta la entrada y Juan agacha la cabeza, como quien espera un veredicto inapelable. Laurita le suelta la mano, y se va corriendo adentro de la casa.
- Perdón – dice Juan casi ahogándose con sus palabras. La mujer le pone una mano sobre el hombro, pero no lo mira. Sigue con la mirada fija en algún punto que ya no es el humo que está cada vez más cerca, sino en algo que aún debe estar lejos.
- Entrá y decile a tu hermana que venga a comer – Juan sale corriendo en busca de Laurita. Entra al cuarto, que comparten los tres, y ve a su hermana con un pichón de cotorra sobre una de las camas.
- No te enojes, por favor, te lo quise decir pero no me escuchabas....- Y esos ojos morenos, ya terriblemente abiertos, se empiezan a nublar antes de que Juan pueda decirle nada.
- ¿Qué te pasa? Sabés que mamá nos tiene prohibido ir al monte. Si ve la cotorra va a saber que fuiste allá y yo que le voy a decir... Dámela que la suelto.
- Por favor, dejame tenerla hasta mañana. Es tan linda...
- ¡A comer! – el grito les llega desde la cocina. Juan actúa casi sin pensar. Agarra una cinta adhesiva que hay sobre el escritorio. Con la cinta le pega el pico y le da varias vueltas alrededor hasta asegurarse que la cotorra no pueda volver a abrirlo. Finalmente, la mete adentro de una caja de zapatos que empuja debajo de la cama.
La mesa tiene un mantel verde con dibujos de manzanas rojas y encima un plástico que lo protege. Hay dos platos servidos. La sopa está fría pero ninguno de los dos dice nada. Hay un pan al lado de cada plato.
- ¿Dónde estuvieron? – pregunta la mujer. Juan patea a Laurita por debajo de la mesa para que no hable, él se encargará de responder. Pero en verdad, no sabe qué decir.
- Este... estuvimos con el Chino y el Manuel... jugando – pero sabe que debería haber dicho algo más para que su mamá se quede tranquila.
- ¿Dónde?
- …
- Ma – Laurita interrumpe ajena al problema que Juan intenta resolver- el Chino dice que hay un perro negro, que es tan grande como un moustro, y que a veces aparece a la noche, cuanto está todo oscuro y se come a la gente mala. ¿Es verdad? – lo dice, mientras moja un pedazo de pan en las sobras del plato. La mujer mira el reloj, y sin responderle comienza a levantar la mesa.
De repente, todas las luces se apagan. Laurita hace un ruido, como de alguien que se traga un grito. Están los tres tan quietos en la cocina, que el tiempo pareciera haberse detenido. El silencio dura hasta que la mujer habla:
- Váyanse al cuarto y quédense ahí. No se asusten. Juan, ya sabés lo que tienen que hacer- Les da un beso a cada uno en la frente, y los chicos se van caminando a tientas hasta el cuarto. Se arrodillan sobre la cama que está al lado de la ventana e intentan ver algo, pero las pocas casas que se pueden ver desde ahí, se han perdido en la oscuridad.
- Vos no le creas al Chino. Para mí que no hay ningún perro así ahí afuera... Sino, alguna vez lo tendríamos que haber visto- Por la ventana entra un poco de luz que dibuja los contornos de sus caras. No hay luna, pero la luz viene de las llamas que consumen de a poco los cañaverales. El fuego avanza constante, como si nunca fuera a apagarse.
- No sé, igual a mí me da miedo que se aparezca– Laurita hace una pausa. Sus ojos ya se han acostumbrado a la oscuridad. Toma aire, mira en dirección a la caja de zapatos y agrega:
- Dejámela sacar. Se va ahogar ahí adentro... aparte está sola.
- Lo hubieras pensado antes de traértela – pero Juan sabe que no puede decirle que no y además le da miedo que la cotorra se termine ahogando. La saca de la caja de zapatos y la pone arriba de la cama. Laurita sonríe. Le hace unas caricias en el pecho y la cotorra, torpe en su nuevo ambiente, da unos pasitos cortos y se tropieza con el acolchado. Laurita la levanta, se escupe una mano y le alisa unas plumas que se desacomodaron con la pequeña caída. La cotorra vuelve a caminar torpe sobre la cama. Juan no puede contener la risa.
- Parece que está borracha – ahora, los dos ríen.
Se escuchan golpes sobre la puerta de entrada. Juan se da cuenta que no son como los que hace la gente cuando pide permiso para entrar a una casa. Esos golpes son diferentes.
- Laurita, ¿te acordás? Nada de hablar, no podemos hacer ningún ruido – Juan guarda la cotorra en un bolsillo del pantalón. Le pareció más rápido que buscar la caja de zapatos y quizás, tener cerca al animal, le diera algún tipo de seguridad.
Abren las puertas del único placard del cuarto. Primero se mete Laurita, y luego, Juan. Los dos están hechos un ovillo en el pequeño espacio que queda vacío entre la ropa que cuelga y los libros que están apilados a los costados. Cierran la puerta del placard desde adentro.
Juan repasa mentalmente las instrucciones que su mamá no se cansaba de repetirle. Lo primero que debían hacer era esconderse. Eso ya estaba. Después, no debían salir ni hacer ningún ruido hasta que ella fuera a buscarlos.
No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a oír algo ahí afuera. Es el ruido que hacen las cosas cuando caen al piso, pero Juan no logra distinguir qué cosas son las que están cayendo. La abraza fuerte a Laurita, quizás más para que no salga corriendo que para consolarla. La cotorra comienza a moverse y Juan mete la mano libre en el bolsillo. Ahora cree oír ruido de vidrios rotos.
Laurita aprieta fuerte la mano que la abraza y Juan hace cada vez más fuerza con la mano que está en su bolsillo. Piensa que ojalá sus amigos hayan tenido tiempo para esconderse.
- Hay olor a papá – Laurita dice esas palabras y calla. Sabe que no debe hablar, pero necesitaba decirlo. Fue tan suave el tono de voz con que lo dijo, que Juan está seguro que no se escuchó más que dentro del placard. Él también siente lo mismo, quizás, sea porque encima de ellos aún quedan colgados algunos trajes de su papá.
La cotorra termina rompiendo la cinta que sujetaba su pico, y lucha por escaparse, pero no puede dejarla ir. Si la suelta, lo más probable es que comience a hacer ruido. Entonces, la agarra del cogote, sin sacarla del bolsillo. Al principio el ave se retuerce en su mano. Las plumas lo lastiman y la mano se va ciñendo cada vez más al cogote.
La puerta del cuarto se abre. Se escuchan pasos. Cosas que caen. Juan siente la mirada de Laurita sobre él. Los dos contienen el aire, como si su respiración pudiera escucharse desde afuera. Los pasos se alejan, el ruido se pierde detrás de las puertas para terminar desapareciendo.

Juan ya no hace fuerza con la mano adentro de su bolsillo. Afuera ya no hay ruidos. Y adentro del placard ya nada se mueve. Laurita se quedó dormida, y Juan saca la mano de su bolsillo. Piensa que lo mejor será dormir ahí y esperar a que su mamá les avise cuando pueden salir.

*Autor
Pamela Colombo nació en Buenos Aires un 28 de julio de 1983. Se licenció en Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Asistió durante algunos años al taller literario de Abelardo Castillo. Actualmente participa del consejo de redacción de la revista Mil Mamuts – publicación dedicada al cuento latinoamericano.