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Vidas orientales
Oliverio Coelho*

Alguien que se exilia inventa de nuevo una parte de su vida. Alguien que se exilia decide hacer algo con su pasado sin saberlo. Toma distancia no para olvidar, sino para sobrevivir. Si me propongo narrar se debe a eso: alguien que sobrevive ha reinventado su intimidad y ese gesto es en sí heroico.

Llegué a Seúl en otoño. Detrás dejaba un pasado de pianista discretamente prestigioso en el ámbito, una infancia desgraciada, decepciones amorosas, y sobre todo hastío, porque un gran amor había interrumpido mi indolencia: una mujer a la que no había podido borrar había terminado de sentenciar en mi temperamento un aire artificial. Hasta entonces había amado vagamente a todas las mujeres hasta suprimir en ellas ese encanto abstracto que, en un primer momento, me fascinaba. Pero lo verdaderamente trágico en mi vida no fue el fracaso sentimental, sino mi accidente, la pérdida del don.

¿Qué puede hacer un ex pianista argentino en Corea? ¿De qué huye?

Antes de volar ya todo se me representaba como una carrera hacia el despojamiento. En el avión pensé: en cuanto me quiebre y brote el llanto, todo va a ser distinto. Quebrarse ante un mensaje, la evidencia de una distancia que no se puede cubrir. Pero se me hizo evidente que en Seúl no me esperaría ningún mensaje, sino la mano fría y amable del director de la residencia, esa eminencia en el mundo de la medicina alternativa llamada Sr. Ko.

Al salir del aeropuerto y sentir el saludo anónimo del taxista que me esperaba y balbuceaba en un inglés anémico que nadie había podido venir por mí, supe que iba a llorar. La sofisticación del coche, sumada a la certeza evidente de que para Ko un residente más en una clínica mundialmente famosa era insignificante, aumentó mi extrañamiento. No pude precisar muy bien el por qué de mi confianza total hacia Ko. La cura en ese momento se me representó absurda. A esa altura de mi vida podía reconstituir mi vanidad, pero no volver a ser un pianista. El coche tenía el olor neutro, a plástico, de las cosas recién estrenadas. Imaginé que así debían oler las cárceles en Corea. Aunque enseguida me dije que ese era el olor de la realidad oriental.

En tanto, afuera, las autopistas dividían la noche de Incheon y Seúl. A los costados, un magma de edificios grises e idénticos, ruinas abandonadas, infinidad de cruces iluminadas, la ruta vacía y el taxi, en el que podría caber una familia entera, meciéndose firmemente en las curvas.

Atravesamos una especie de desierto. Nada plano. En realidad la topografía boscosa, la constelación de monoblocs, producían, sobre la aglomeración de ciudades unidas por autopistas y el flúor de las cruces cristianas, la impresión de que todo eso era un tumor de la civilización. El conductor mismo parecía un tumor, un tumor religioso, un pastor evangelista de ojos rasgados.

La clínica quedaba entre montañas, lejos de la civilización. Se accedía por un camino escarpado y silencioso. La oscuridad era profunda. A lo lejos, en la cima de un cerro, sobresalía una caja enorme de concreto. El taxi se detuvo enfrente. Mi primera impresión: repulsión. La construcción se asemejaba demasiado a un hospital. Enormes placas de vidrio polarizado, tubos de neón y estrictos planos que no transparentaban ningún tipo de invención arquitectónica.

El conductor, como si estuviera familiarizado con el lugar, descendió primero y acarreó mis maletas por un camino de cemento alisado franqueado por barandas de aluminio.

Un empleado de seguridad nos recibió con una reverencia, y tras intercambiar unas palabras con el conductor, miró una pizarra y buscó una llave. El ascensor, al igual que el taxi, o como la realidad en sí, olía a nuevo, aunque el aspecto aséptico del metal transmitía una esencia tóxica.

En un ala especial del pabellón internacional estaba situado mi cuarto. El conductor entró primero y con una maniobra un poco ruda introdujo mis maletas y las acomodó en un armario como si las arrojara al vacío. Retrocedí. Tuve la perspectiva desoladora de ese largo pasillo alfombrado, la sucesión de puertas indiferenciadas como lápidas, un hall con su dispenser de agua fría y caliente, su mesa ratona y sus silloncitos forrados en cuerina negra. El conductor se frotaba las manos, agitado. ¿Esperaba una propina? O el costo del viaje. Pero en cuanto acerqué mi mano a un bolsillo, el gimió un: No, no…

Estaba deslumbrado por mi presencia. La presencia de un enfermo. Y quería comportarse amablemente. En su caso, sumisión y espera eran señal de cortesía. Le di permiso para que se retirara, pero siguió en el centro del cuarto. Recién cuando le pedí algo se dio por satisfecho. Encendió el televisor, me extendió el control remoto y abandonó el cuarto con una sonrisa de niño.

El mismo neón que invadía los pasillos de ese edificio de cinco pisos, matizaba la amarga intimidad de la habitación. Si bien era un lugar amplio, algo en él, quizás la vecindad con otros cuartos, a izquierda y derecha, arriba y abajo, alentaban la sensación de que estaba encerrado. Un amplio ventanal enmarcaba un paisaje de montañas. Después de las treinta y seis horas de viaje, lo más natural habría sido que intentara dormir. Pero no pude reprimir el impulso loco de revisar minuciosamente el cuarto –cajones de escritorio, bajo la cama– para evaluar si mis antecesores habían olvidado algo. Me pesaba la posibilidad de que hubiera un objeto ajeno. Tenía suficiente con la luz mortecina, los muebles que parecían diseñados para la habitación de un adolescente, un colchón que delataba el paso de demasiadas personas, y pelusas rebeldes cubriendo, como un suave bozo, el reborde de los zócalos de plástico en casi toda su extensión.

Reuní en una palangana que encontré en el baño el fruto de la pesquisa: una media azul, dos lapiceras, una gasa, un frasco de barbitúricos vacío, una hebilla, un peine, una aguja de coser. Naturalmente, arrojé todo al cesto de basura oportunamente ubicado junto al televisor. Acto seguido me puse de rodillas y formando con la mano derecha y los dedos una especie de espátula, junté capas de pelusa y las deposité y compacté en la mano izquierda. De a poco repasé el perímetro del cuarto. En mi mano izquierda quedó una esfera de pelusa del tamaño de una bola de billar. La froté varias veces para emparejar los bordes, y al sentirla perfectamente esférica, la apoyé sobre el escritorio. La observé unos segundos, y no pude resistir la tentación de acariciarla. Suspiré aliviado y repetí el gesto. En esa cosa recién creada había algo magnético, de modo que en vez de arrojarla al cesto, como a los demás residuos, decidí consagrarle un lugar en un cajón del escritorio.

*Autor
Oliverio Coelho nació en Buenos Aires en 1977. Ha colaborado en distintos suplementos culturales, y en la revista Los inrockuptibles. Mantiene el blog conejillodeindias.blogspot.com. Publicó la nouvelle La víctima y los sueños (2002) y y las novelas Tierra de vigilia (2000), Los invertebrables (2003), Borneo (2004), Promesas naturales (2006) e Ida (2008).