CARNEADA

de Soledad Castresana (Ed. Alción, 2007)

por Nurit Kasztelan*

Si uno de los textos fundacionales de la literatura argentina, El matadero, de Esteban Echeverría, se abre con la frase “…porque la Iglesia…ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice el proverbio, busca la carne” podemos pensar que Carneada, el primer libro de poemas de Soledad Castresana, tematiza esa contradicción en la que uno es carne y, por serlo, busca otra carne, pero a la vez es consciente de que así se funda el pecado. Es que en el uso de la palabra “Carneada” hay un doble juego con el significado del título. Por un lado, se inscribe dentro de la tradición de la literatura argentina, que tiene al campo en su centro, ya que el acto de carnear consiste en matar y descuartizar a las reses; y por el otro, muestra el acto de despojo en el que consiste la primera experiencia sexual de una mujer.

Según cierto imaginario de larga tradición, podemos identificar a la figura de la mujer con una vaca. El ser “carneada” es ser tomada como objeto, ya que el acto sexual conlleva una violencia intrínseca. Pero en Carneada, la mujer no sólo es la vaca, sino que se vuelve yegua: “sudor de mujer y de yegua / confunden el cuero”.

Parecería que en su poesía ya no se puede hablar de inocencia, puesto que leemos “Mi sexo mandaba señales a los sentidos”, y en otro poema “Mi sexo fosforescía a los cuatro vientos”. El sexo, entonces, “fosforesce” como fosforecen los huesos de los animales expuestos a la intemperie en el campo. La confesión atropellada “orgías de peluches” ubica a la infancia como el lugar del descubrimiento sexual, donde en ese gesto, en esa forma de nombrar, la niña tiene que hacerse cargo de sus palabras. Así, “Crin Dorada” deja de ser el caballito de sus juegos para convertirse en el amante de sus sueños nocturnos. Aunque más adelante se afirme que los caballos “no conocen el color de veneno”.

De estas idas y vueltas, de estos trazos que afirman pero también callan, se va armando el poemario. Por eso, en “Tótem” queda “la carne molida debajo del cuero”, como una virginidad mutilada. Los poemas parten entonces de ese desgarro inicial; la infancia deja de ser un lugar idílico para convertirse en el comienzo del trauma y el campo ya no es el espacio vacío que se necesita fundar ni funciona como lugar de refugio.

La reacción lírica frente al paisaje se aleja de la mirada bucólica y la postura contemplativa o extasiada se transforma en una denuncia cruenta. La poeta ya no se arrodilla ante el campo, ya no se calla frente a él, (como el final de Campo nuestro de Oliverio Girondo “Tú que estás en los cielos, campo nuestro. / Ante ti se arrodilla mi silencio.”) sino que denuncia la violencia intrínseca que hay en el ámbito rural.

Carneada, entonces, como un caballo, retobea entre el decir mucho, de manera grotesca, y callar, porque hay cosas que no se pueden narrar. Hay heridas impalpables, las de la carne, que no se cuentan: con la bombacha baja, ella

no dijo nada
aunque las ortigas
le quemaban la espalda


Ponerle el cuerpo a las palabras

El poemario está dividido en tres secciones: "Comportamiento animal", "Debajo del cuero" y "Carneado". Escrito en un vocabulario con alusiones bíblicas, en un estilo llano, con versos cortos, concisos y con un registro proveniente del campo, el lenguaje se vuelve metáfora de lo que no se dice. Al leer “el cuero es duro / es dura la grasa / es duro atravesar / clavar hondo” podemos pensar que en realidad estamos hablando de otra cosa, de un desgarro que a la vez se venía preanunciando desde la infancia: “el cerebro de un cerdo cabe / en la mano de un niño de ocho años”.

Como el verso de Cernuda “Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe”, en Carneada, el espacio del deseo es algo que surge de improvisto, a espaldas, sin un orden lógico “a mis espaldas mi sexo / rebalsaba a los costados”. El poema nombra una sexualidad latente aunque todavía no desarrollada o que no se puede procesar intelectualmente.


La mirada frente a la Pampa

La observación del yo lírico oscila entre una observación naturalista, visceral y una escritura aniñada, de trazos sutiles. La violencia y viscosidad con que están construidos los versos, nos arrastran a un clima de desmesura, donde se busca la calma que precede a la tormenta, pero no llega. Es a partir de la corporización de la palabra, donde Soledad Castresana violenta las imágenes. Así, el poema quiebra ciertos espacios de la cotidianidad del campo mediante la violencia de las imágenes gráficas que transmite.

¿quién ha sido capado
puede soportar sin cagarse
ver la propia sangre
llenando una olla?

El sacrificio de la entrega se transforma en un acontecimiento insoportable, donde “el último signo vital / se registra en el ano”. Pero solo es posible captar esa violencia de forma poética con una escritura fina, sutil que intente nombrar, o siquiera comprender por aproximación, una sexualidad que deja marcas que la poeta retomará en su edad adulta. Como manifiesta en su
ars poética: “Escribo como si levantara piedras que estuvieron en el mismo lugar durante mucho tiempo.”
* Nurit Kasztelan nació en Buenos Aires el 16 de septiembre de 1982. Es licenciada en Economía y cursa estudios de literatura en la Universidad de Buenos Aires.

Publicó Movimientos Incorpóreos en el 2007, por la editorial Huesos de Jibia. Desde mayo de este año, coordina el ciclo de lecturas de poesía La manzana en el gusano. Su blog es www.escribirenelaire.blogspot.com.
Nurit Kasztelan