Entrevista a Paula Peyseré (por Valeria Meiller)
Durante la entrevista, Paula habla de su poesía como de un juego de dos voces posibles: una que avanza desbocada y prolifera de una manera caótica y otra, más cautelosa, que se detiene e intenta imponer un orden en aquello que escribe la primera. En una relectura, se me ocurre que aquella afirmación suya tiene una incidencia particular en Las afueras: en el salto que va de un poema a otro, el libro repite casi la misma afirmación. Hay necesidad de que sea clara, escribe Peyseré en “Dibujamos toda clase de personas”, el poema largo que constituye el primer apartado. La claridad como necesidad aparece allí como un requisito indispensable, a la manera de una máxima universal. Sin embargo, más adelante, encuentra su contrapartida cuando, en “Autocompetencia”, se afirma que de la seriedad tampoco va a salir nada bueno. La voz primera, de lectora-escritora que anota soluciones/ aproximadas sobre la desconexión de la vida, gana espacio, y la segunda se deja seducir por la idea de que no se sufre tan cabal el daño/ de tener dos voces al mismo tiempo, en la cartera. Ese es el juego de Las afueras: desprolija y contenida se avanza y se empieza desde cero nuevamente… Toda la frescura de los poemas del libro está en ese desdoblamiento. La seriedad adquiere un sentido diferente, que lejos está de la formalidad y el acartonamiento. Porque hay que ser claro también para plasmar un aliento en la ventana, / una espalda en la masilla,/ una panza con cerveza. Y hay que ser serio para confiar en la musicalidad del poema (Lo confío musical – escribe) y llegar a hacer una canción con eso. Radiante es estar afuera: de la voz a la voz hay siempre un salto, una posibilidad que es también un peligro. El sentido (siempre nuevo, siempre provisorio) se teje con los materiales de una arquitectura personal y elige subsistir en la contingencia de las cosas cotidianas. Extrañamente, allí también adquiere su fuerza.
Y así varia –en la poesía de Paula- con las mañanas la posibilidad de morar en un texto/ eligiendo de la estrofa los genitales.
¿Cómo fue el proceso de armado de Las afueras?
En un primer momento el libro iba a ser una especie de obras completas con tres o cuatro veces el tamaño que tiene. Después con Santiago (Llach, el editor) decidimos que no. Mis poemas son muy distintos entre sí y, a veces, esa sensación de verlos agrupados no me agrada mucho. Pensé que estaba bueno si lograba darle al libro una cierta cohesión. La parte principal se iba a llamar “La amiga del clínico”, que es el proyecto que ganó el subsidio para publicar, que finalmente quedó afuera y que era una especie de ricitos de oro de Caballito medio dark. Me aburrí de ese texto y lo saqué. Lo que pasó fue que desde que escribí ese poema hasta que salió el subsidio y se empezó a concretar el libro, pasó casi un año. Al final, yo no tenía una buena relación con “La amiga…” y decidí ponerme las pilas para terminar “Autocompetencia”, que es el segundo poema, y el que más me gustaba. Entonces con la primera parte hice una selección, sobre la base de un grupo más grande de textos, de los que me parecían más sólidos. Me volví bastante loca eligiéndolos. Algunos de los que quedaron afuera salieron en El interpretador, otros murieron con mi cpu y otros están impresos. Y la última parte, “Perdedores hermosos”, es contemporánea a “Autocompetencia”, son las partes más recientes. La mitad de los poemas del libro son del 2006-2007, y los demás del 2005.
¿Cómo creés que se genera, finalmente, esa cohesión o continuidad entre las distintas partes del libro?
Hay una cosa flotante que tiene que ver con la aparición y repetición de ciertos ambientes e imágenes, cierto tono de decir. Algo urbano y de hogar a la vez, me parece, y un uso particular de la sintaxis… Después está el tema de las marcas, dentro los poemas. Apenas abrís el libro, los poemas están fechados, eso es bastante notorio, creo. Los poemas de la última parte, también, tienen hora. A mí me gusta ese efecto de conexión temporal. Ahora, o más bien, cuando se estaba editando, lo encontraba medio clisé pero, como lectora, sí me interesan esas huellas. Por eso me pareció más sincero, aunque la sinceridad no sea un valor pleno, conservar lo que en un primer momento me resultaba necesario registrar. Al momento de ser escritos, todos esos textos tenían un orden y una continuidad que, si bien después fui manipulando, estaba. Lo más importante para mí del hecho de fechar es generar una especie de tensión, que las imágenes del poema se dilaten pero que vuelvan al mismo lugar. Dibujamos toda clase de personas, por ejemplo, son varios poemitas cortos escritos a lo largo de 5 o 6 meses (no quedaron todos) que pueden leerse como poemas independientes entre sí. Me interesaba que quedara expuesto el eje que tenían y que era, justamente, el de llevar esa cuenta. En un primer momento estaban todos en primera persona, después empezaron a entrar otros que no estaban en primera persona, y otros que estaban escritas en impersonal, pero sin quebrar el ritmo de diario. Es como un diario de alguien que cambia… de persona (risas). Alguien que mira, se mira, mira a otra persona…
Si tuvieras que reconocer las lecturas que armaron la genealogía de este libro, incluyendo (incluso) la de todas las partes que no están ¿A quiénes mencionarías?
Hay autores que son los que más entiendo, en su escribir, y autores que son los que más me conmueven, y no son los mismos. Mientras escribo, algo que me pasa, es que me doy cuenta de la brecha que hay entre lo que me sale y lo que quiero ser. Creo que en el libro está eso. Sobretodo en la cosa verborrágica, algo críptica, a la que yo puedo inculcarle un montón de sentidos, pero mientras estoy escribiendo reconozco en su dispersión, la veo creciendo... Esa, creo, es mi voz primera. Y después está la otra voz, la que corrige, que no me parece menor. Es una especie de “superyó de escritora”, que trata de ser más sobria y no le sale mucho (risas). Todo esto de mis diferencias internas, para decirte que la gente a la que me siento cercana y la que me influyó, no es la misma… Osvaldo Lamborghini fue hace algunos años mi fetiche. Mi fetiche y mi año de depresión. Incluso con el paso del tiempo, no me reconcilio del todo con él. La dificultad o hiperconexión de los textos de Lamborghini la pienso como el armado de una constelación de imágenes, y de frases. Hay cosas que no le salen, y con las que él lucha. Si no participás de cierta agilidad o ansiedad, no podés seguirle el ritmo a esa constelación, y parece que nada tiene que ver con nada. A mí me sale también jugar con eso, como en cadena asociativa, me pasa así… En otro momento, un verano largo, me enfrasqué mucho con Gianuzzi, con Viel. Después, particularmente en el libro, hay una lectura, desprolija y poco cultivada, de Echeverría y algo del Retrato de Dorian Gray. No voy a decir que todo Wilde, pero sí El retrato… En la última parte, que recorté bastante porque estaba atestada de referencias y citas bibliográficas, hay bastante de las revistas Poesía igual poesía y Último reino, que estuve leyendo. Yo trato de aprender y leer lo más que puedo, pero al mismo tiempo tengo una voracidad bastante infantil para la lectura. No soy ordenada, ni programática. A una parte mía le parece que debería serlo (una parte mía de hecho lo hizo, a Lamborghini lo leí mucho) y otra parte mía no siente una necesidad de llegar al fondo de las cosas y los estilos... Con Poesía igual poesía y Último reino no siento que me marcaron especialmente a nivel contenido, sino que me gustó leerlas como experiencias de producción de grupos, y me sirvieron para ver un poco el funcionamiento de las revistas a través de las mismas revistas, porque tampoco es que haya investigado por fuera de eso…
¿Y de tus contemporáneos?
Bueno, me gusta mucho Martín Gambarotta. También me gusta Martín Rodríguez, pero con Gambarotta creo que tengo algo más parecido a nivel ritmo. El Punctum más barroco más que nada. Esa especie de desdoblamiento del yo del poema, entre drogadicto y mente que no para de tejer… De mi edad me gustan Alejandro Berón Díaz, Clara Muschietti, Natalí Tentori, Mariano Blatt, Miguel Angel Petrecca, pero no siento que me influyan, en sentido estricto…
En el libro llama la atención lo que hacés con las mayúsculas…
Sí, hay algo muy marcado con los nombres, con las mayúsculas, las horas. Algo que hace que se abone una especie de descontrol, una superpoblación de datos. Lo de las mayúsculas tiene que ver, tal vez, con que no me gustan demasiado las comillas ni me dejo abusar de las cursivas. Y sobre todo, poniendo mayúsculas acentúo diferencias, señalo una determinada atención que sin mayúscula capaz pasaría desapercibida. Con mayúsculas pueden personificarse objetos y expresiones. Forma parte de repetir algo, marcarlo…
Otra cosa llamativa es cierta forma de alusión a cuestiones políticas o civiles bastante desconcertante ¿Cómo lo pensás vos?
En el libro hay cierto tratamiento de algunos lugares comunes del pensamiento de izquierda, o del pensamiento de extrema izquierda, de los que yo me apropié de más chica, y todavía me apropio, con vaivenes. La poesía es una forma de seguir preguntando y pensando algunas cosas, ver cómo se estancan y cómo se puede jugar con ciertas frases o imágenes comunes. Y sobre todo la poesía me permite encontrar algo asi como un brillo moral... Estamos tan acostumbradas a que todo eso nos aburra o nos resulte evidente… yo soy medio sentimental en mi modo de vivir lo que se define como Política. Trabajé en lugares y estuve intermitentemente en algunos grupos, siempre desde un lugar pequeño, emotivo. Ligado a un tipo de ambiente y de pensamiento pongámosle ácrata. Y moral. Moral entendido como práctica de lo cotidiano. No es algo para que me enorgullece en particular esa tendencia de asentar ¨mi posición¨, pero es un interés de escritura espontáneo. En relación a cierta cosa que está, o estuvo en boga, de la banalidad, quizás, un pensamiento dicotómico del bien y del mal, da la sensación de estar tomando las riendas… soy un poco así, dura: Esto está bien, esto está mal…
En el poema “This boy” hay como una declaración de las cosas con las que habría que saber hacer poesía. Da la sensación de que la búsqueda está puesta en lugares de donde no resulta una belleza inmediata ni tampoco del todo convencional…
Bueno, ese poema es antes que nada un título de los Beatles y un mensaje para un amigo, un mensaje de domingo, de bajón. Y de lo bueno que estaría que un poema tenga el efecto de una cerveza, ponele. Lo de tratar de ver otra belleza … a mí me cabe tratar de hacerlo todos los días, no sólo para escribir. Suena medio cursi, pero me parece que es cierto. Y al libro lo terminé en un momento de reparación, de sentir que estaba aprendiendo cosas, y que podía cambiar yo. Y eso quedó en el libro, me parece. Eso de no dejarse llevar por las pasiones que no controlás. “Autocompetencia” es un título que me arriesgué a poner, porque de entrada suena bastante new age el término, pero me resultaba divertido, y significativo... que de última quería narrar un poco eso: la prueba del autodominio, de una contra una misma. No del lado del poder sino del lado del aprender: puedo, sigo...
¿Por eso la canción del final?
La canción es el bonus track.
¿CÓMO ESCRIBE?
2 de julio. Cariño Ingeniero no va a ser. Nadie va a ser lo que se espere de él cualquiera sea la opción que por anticipado se ponga. Un hombre no va a ser la manía de inventar ni de reír. Una mujer no va a ser el oficio que puede tener. Como mucho llegan a ofrecerte promesas de Contra, felicitaciones, tener la ropa bien doblada... Trabajar resulta innoble. Abrís la persiana: tirás una maceta en el impulso, enganchás la cortina, pisás la meada del perro. Buena Cara es una decisión labrada de la más tierna infancia en madera.
7 de julio. No vivimos en el campo
Cada colectivo que pasa en su daño con su motor quiere repetir: «no va a pasar, no va a raptarnos ningún camión», no va a darse eso sin cuerpo del futuro. No puede revivir la cabra. Murió mientras mordíamos el pasto.
24 de julio. Se acuerda de una
No le sorprende después de tres años no verla, no cruzarse, no haber vuelto. Hay una mejora en el suspenso de luego ver. Quita temor a la ausencia. Hace repetir el día o simplemente augura un desenvolvimiento. Vaivén ese duro blando de la canilla; no ver a una persona explica en raro modo cómo esta corriente que baja por la pileta de mi cocina es la misma agua sucia de la alcantarilla que bebe sabrosa su perro.
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1
En el 24 está libre un asiento a dos de la ventana, al lado del timbre. Tiene apoyado un abrigo de cuero bordó. Es de la chica de la ventana con gorro de lana y pulóver de abuela. Escucha walkman muy fuerte. Mueve el torso al compás. Le hago una seña, se saca los auriculares. Corre el tapado y sonríe. Pone gesto de inquieta sociable, ganas de decirme algo... Se pone a contar billetes. Repasa tres veces. Tiene más de 2 lucas seguro. Me pregunta si sé quién es esta Beatriz psicoanalista que aparece en el folletín de un grupo de vecinos de San Cristóbal. Si no sé quién es, porque escribió muchos libros sobre la enfermedad de hoy, el ataque satánico. -No, no se quién es -me veo obligada. Sincronizo hacia el suelo: llevo sostenidas imágenes desde hace 20 minutos. Congeladas las llevo. Del lugar donde dormí, de la forma en que caminé ciega hasta los ochenta centavos, del bulto de la ex vedette que duerme en la puerta del Cervantes. Me veo obligada a destrabar, escapar de la loca del walkman, y aprieto para que no me hable fuerte la izquierda, el bolsillo con las llaves, con la derecha, de limón unas pastillas. Sigo viendo las plantas del fondo de la casa. A la mañana gris mojado en cada parte. En cada parte de la casa estaba la casa. Llega la parada para bajar.
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2
Entro a mi casa a los golpes. La puerta de hierro también se hincha con la humedad. Escalones, mensajes de teléfono, mandarinas, toallas, camisetas y medias de invierno negras y de colores no se mezclen para lavar. No puedo contar todo el tiempo... Soy una que ordena. Soy otra que se deja ordenar. Dorian no se decide a refaccionar la gotera: parece que algo muy pesado hubiera impactado en la esquina del techo de nuestro dormitorio. Una máquina de planeamiento urbano que repite y repite al gotear
esto ya lo sé, Planeamiento... lo digo parecido y lo pienso cada vez sólo un poco diferente, pero es un fondo igual...
La gata busca echarse al lado del artefacto que más calor tire. Acá me acuerdo de Dorian diciendo con razón «Hay alguien que da y alguien que recibe». La gata es del segundo grupo; un escándalo por la mañana y cuando lueve su plato de migajas concentra el olor del alimento balanceado. Para el desayuno, vitamina C. Ácido ascórbico en un pote perfecto. Si quisiéramos clasificar tornillos, clavos y tacos Fisher usaríamos estas latas de vitamina vacías. Y al lado de las latas las bolsas de yamaní, arroz integral, burgol; fila de los alimentos que llevan más tiempo del habitual en cocerse.
A la tarde viene un tal Alejandro a darnos el presupuesto para rehacer el techo del patio. Policarbonato, chapa plegada; más de novecientas búsquedas en google;
voy a tener suerte contra la palabra Techista. Dorian escribe en rojo, con la palma en diagonal, como tapando, un diálogo aéreo en este momento con Descalzo. Está al otro lado de la ciudad leyendo la misma novela en fotocopia pero aplica la trama de la desintegración del ego, Descalzo. Multiplica la historia en sus amigos bajo máscaras de próceres chinos y corsarios recorriendo Europa. Todos los amigos arriba de una mesa empuñando varas y palos de escoba. Dorian escribe «¿Acá me tengo?» en rojo. Tan corto momento en que presiente está quedando maldecido por un libro que relata la obsesión de un tipo que lee. No avanza ni retrocede porque Maldecido es el tiempo de las inauguraciones eternas. Corrige: «Va a salvarnos meter mano a un objeto visible», acomodar la falsa escuadra en los estantes que se caen, remojar el repasador en lavandina. Delinea una parte de su cuerpo en el aire, con el índice. Unas alas delanteras irrigando hacia los pectorales, un hueso que sobresale a la altura del esternón.
Los tres primero fragmentos son de Dibujamos toda clase de personas (de la 1era parte del libro), y los otros dos de Autocompetencia (la 2da parte)

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