PARKOUR, O EL ARTE DEL DESPLAZAMIENTO

Por Jorge Omar Viera*

Los que amamos el espacio urbano lo amamos con un amor rencoroso: una mezcla de exaltación con reproche. Una ciudad puede parecer muchas cosas, pero para los que la amamos es ante todo un espacio de juego, un coto de caza de vivencias intensas, una jungla de infinita creatividad. Por eso una ciudad nos frustra cuando, pudiendo presentarse como un campo de juego, se nos presenta como una serie de obstáculos.

¿Quién puso vallas en las ochavas de las esquinas que nos impiden alcanzar el bus o el colectivo? ¿Quién decidió el zigzag de una rampa interminable para acceder a un museo? ¿Quién alzó muros entre edificios que podrían estar comunicados por pasadizos o puentes? ¿Quién decide por dónde debemos cruzar una calle o entrar a un inmueble o desplazarnos entre los niveles de un complejo habitacional?

Todos hemos experimentado aquellas zonas contrahechas de una ciudad: inhóspitos páramos industriales que nos tienen andando a las puteadas y al rayo del sol en busca de una dirección perdida; vallas o desvíos inesperados; callejones sin salida; cul-de-sac ominosos; túneles de viento helado entre rascacielos de aluminio y cristal; inexplicables plazas de concreto; redundantes escaleras y puentes que nos salen al paso y debemos remontar cuando nuestro destino está apenas a unos pasos, precisamente aquellos pasos que se nos impide dar.

Si esto ocurre en las jóvenes ciudades del continente americano, trazadas con una cierta lógica fundacional, ni qué decir de las milenarias ciudades europeas, por no hablar de las medinas magrebíes y de las ciudades asiáticas: laberintos para el que las camina, one way systems que se transforman en líneas de fuga para el que conduce por ellas –ya que nunca vuelven al sitio de partida– y que nos torturan por doquier con muros intempestivos o columnas ociosas. Ciudades hijas de los latifundios feudales y de las exangües vías de la tracción a sangre, nos atormentan con rutas truncas o estrechas, pretiles inútiles, paredones insospechados, escalinatas inoportunas y con el vértigo de sus vacíos insalvables.

¿Quién diseñó estos espacios y con qué fin? ¿Y quién se ha ocupado o se ocupa de reflexionar sobre su lastimera incomodidad? ¿Son espacios habitables o son apenas el resultado de la acumulación sin control y de la codicia inmobiliaria? ¿Fueron diseñados para el automóvil o acaso para los gatos que son, sin duda, los animales que con mayor agilidad –y también con mayor alegría– se mueven a través de ellos?

La impaciencia es una virtud urbana y para tales virtuosos –los impacientes– no hay por cierto mayor admiración que la que se puede tener hacia los gatos, maestros en el arte de ir desde el punto A hasta el punto B en una línea recta –o cuando menos directa– trazada mediante una sinergia de sus músculos y de su imaginación.

¿Y cómo podríamos los humanos, tan propensos a la patosa impaciencia, adquirir la impaciencia calculadora del gato, que ante la amenaza de cada obstáculo formula una solución no solamente ligera y elíptica sino también elegante?

Los practicantes de una disciplina nacida a principios de los años noventa llamada Parkour y apodada “arte del desplazamiento” parecen haber hallado la respuesta.

Imitando a los gatos, un grupo de niños franceses de Lisses, una localidad del conurbano parisino, empezó a practicar una serie de saltos y movimientos dignos de los felinos.

Parkour empezó como un juego, pero también bajo la impronta del entrenamiento físico del padre de uno de los niños: un tal Raymond Belle, nacido y entrenado en Vietnam cuando todavía era la colonia francesa llamada Indochina. David Belle, su hijo, creció entre las historias de heroísmo de su padre, reciclado a su regreso a Francia como bombero militar en misiones de rescate difíciles. David Belle creció además con la noción de que su propio cuerpo podía adaptar el training para la defensa militar a la habilidad para desplazarse por el paisaje urbano como si toda la ciudad fuera una gigantesca carrera de obstáculos y como si su cuerpo no fuera solamente un cuerpo sino una unidad con su consciencia, un bodymind. Pronto la iniciativa cundió entre sus amiguetes ahora renombrados a través de la difusión de su disciplina, como Sébastien Foucan, Yann Hnautra, Charles Perrière, Malik Diouf, Guylain N'Guba-Boyeke, Châu Belle-Dinh, Williams Belle, etc.

Al igual que los gatos, pero siempre jugando como niños, el grupo de chicos desarrolló un repertorio de movimientos infinitamente combinables que no sólo ponen énfasis en la velocidad, sino también en el menor consumo de energía posible y –en lo que probablemente supera el mandato gatuno– la aspiración a que cada movimiento sea además bello y armonioso (tal vez los gatos sean los únicos ignorantes de que sus movimientos son bellos y armoniosos).

Los que amamos las ciudades –y los gatos callejeros siempre ansiosos por escabullirse entre sus vericuetos– sabemos también que están llenas de obstáculos y que parecen estar más bien diseñadas para la euforia y el desencanto que para la felicidad de sus habitantes.

No recuerdo que mi infancia fuese demasiado feliz, pero crecí en un barrio de Buenos Aires rodeado de gatos y uno de mis placeres compensatorios de aquella época era observar los movimientos de mis gatos y la manera que tenían de izarse del suelo a la mesa del patio y de la mesa del patio a la medianera y del filo de la pared, dando un salto temerario y certero, al filo del siguiente muro, impulsándose apenas con el esfuerzo de la mirada y el timón de su cola. Casi hubiera deseado ser como ellos –o uno de ellos, sin más– y escaparme por las paredes y medianeras y techos de barrio en barrio y de ciudad en ciudad para un día ya no volver jamás a mi casa. De los gatos he copiado estrategias de supervivencia que luego me han servido a lo largo de toda mi vida: el salto, la huida hacia adelante, el arrojo mitad cálculo y mitad azar. Incapaz de saltar entre ciudades y continentes, me he trepado a aviones –esos grandes gatos mecánicos que también formulan soluciones ligeras y elípticas para gigantescos obstáculos: las torres de una ciudad, la montaña, el desierto, la jungla, el océano y, por qué no, los regímenes políticos o económicos atroces.

Como todo el mundo, he vuelto a ser infeliz varias veces y no ya solamente en Buenos Aires y en mi infancia. No soy una persona de reclamos telúricos, pero tal vez haya arrastrado conmigo aquella temprana, eficaz y melancólica estrategia de gato, que por otra parte es tan porteña: huir de casa a callejear cuando ya no se soporta el confinamiento de la casa ni el de la propia mente. Cuando tal cosa me ocurre, me gusta aislarme en un espacio abierto: un parque –cuanto menos parquizado mejor–, un puente sobre el río o a la vera del mar, una plazoleta de piedra al final de la noche, incluso un erial… Una tregua a los obstáculos de la ciudad, que son también los obstáculos de la mente.

Uno de los lugares donde fue más infeliz en mi vida fue Paris en el verano europeo de 1995. Recuerdo que iba a ver el tablón de anuncios de trabajo en alguna olvidada repartición. Era un ritual tanguero-parisino (¿gardeliano?) que me llevaba con frecuencia a la estación de Metro George V, cerca de la torre Eiffel. De allí estaba a un tiro de piedra del Palais de Tokio y de su imponente explanada a un costado del Sena. En una época en la que no tenía ni para pagarme un café y tampoco deseaba volver al lugar donde vivía de prestado, me sentía como un gato de albañal pero lo que nadie podía negarme era el placer de gato de albañal que es callejear y observar a los otros gatos callejeando a su vez.

Me quedaba ratos u horas a la caída del sol mirando las fintas y piruetas de los skaters que practicaban sus proezas y torpezas en la explanada del Palais. Los muchachos son como gatos y los movimientos intrépidos y gráciles de sus cuerpos me producen, más o menos, el mismo placer que beberme un Negroni en una terraza con una vista del Vesubio a la hora en que se encienden las guirnaldas de luces en la Bahía de Nápoles. O el mismo placer que contemplar a un gato. Un gato en la tensión efímera –pero eterna para los ojos– de un salto.

¿Por qué digo esto? Porque en la época de estos callejeos forzosos por París y de mis voyeuristas contemplaciones de skaters en acción, yo no podía saber que en ese mismo momento, a unos pocos kilómetros del Palais de Tokyo, se estaba gestando una disciplina que englobaba y superaba la acrobacia de los saltimbanquis, las piruetas de los skaters y el arte arcaico de la huida por instinto de preservación en la selvas africanas que originó en primer lugar el entrenamiento militar con carreras de obstáculos. El nombre Parkour, al fin de cuentas, proviene de la expresión francesa 'parcours du combattant'.

Las noticias se mueven rápido y tan veloces como los practicantes de l'art du déplacement. Los niños que crearon este juego-arte (¿o es todo arte una forma de juego?) crecieron hasta transformarse en notorios adolescentes cuyo comportamiento espacial no podía pasar desapercibido. En una clase de colegio secundario es posible que el profesor de matemáticas no se percate de quién será el próximo genio astrofísico que supere a Stephen Hawking, el próximo multimillonario empresarial tipo Richard Branson o el próximo serial killer que se cargará a toda la clase la semana próxima, pero es difícil no darse cuenta de que los alumnos que se han rateado a la materia en el día de la fecha, acaban de ser vistos saltando desde el techo de la escuela, rodando por el pavimento del patio a fin de amortiguar la caída, corriendo hasta la verja y trepándola en un santiamén, rodando otra vez por la vereda y jugando al rango con dos coches antes de perderse en el parque de enfrente y aparecer encaramados a las ramas más altas de la copa de un árbol haciendo iujuuu a sus atribulados compañeritos que los observan atónitos, las ñatas contra el vidrio de la ventana del aula.

Parkour, si tiene alguna definición (aunque la definición más aceptada entre los traceurs, sus practicantes, es que “Parkour es Parkour”) es el arte de desplazarse entre dos puntos de la manera más veloz y eficiente posible, valiéndose de –y sólo de– las posibilidades del cuerpo humano. Puede ser un arte rural o callejero. En una ciudad Parkour significa desgravar la gravedad, aligerar el tedio de los caminos trillados en la megalópolis –esas idas y venidas al trabajo por los mismos senderos, con los mismos obstáculos–. En el aspecto expresivo, Parkour es una manera de repensar la ciudad sin sus obstáculos. Es provocarse un mapa mental alternativo, que a su vez tiene un impacto en la manera de trazar y enfrentar caminos en la vida en general –ya que nuestras vidas consisten en poco más que salvar obstáculos de manera contínua–. Si Göethe definía la arquitectura como una música petrificada, Parkour es una manera de quebrar la melodía de una música petrificada y transformarla en un hip-hop: una voz hecha de impulso y movimiento para una arquitectura en estado de flujo. Tal vez Parkour sea, por último, la mayor aproximación que cuerpo, mente, alma y espíritu humanos pueden hacer para figurarse la manera en que un gato concibe, analiza y disfruta de su posición en el espacio.

Parkour puede confundirse con un deporte extremo, pero los traceurs se aseguran de garantizar que no lo sea. Sufren accidentes menores como esguinces, raspones, pequeñas contusiones inevitables –así como los que usamos el ordenador muchas horas al día sufrimos dolor o deformación de las muñecas– pero no se arriesgan a la rotura de huesos ni de cráneos. Parkour, por otra parte, no es ni siquiera un deporte, porque carece del aspecto competitivo. Su reclamo hedonista, a la vez plástico y pasajero, se asemeja al de una instalación en una galería de arte, con la diferencia de que la galería en este caso es la ciudad misma.

Tal anárquica belleza de movimiento no podía escapar a los ojos de los publicitarios. Nike y Toyota produjeron sendos anuncios mostrando la parte más espectacular y menos filosófica de Parkour. Y yo supongo que la primera vez que asistí a Parkour con mis propios ojos fue en el Dominion Theatre de Tottenham Court Road de Londres (una ciudad adonde me gustaba ir a mirar a los muchachos skaters en la costanera del South Bank y bajo las entrañas del Royal Festival Hall junto al Támesis). Para entonces un grupo de traceurs había formado el grupo Yamakasi, palabra de la lengua Lingala del Congo que condensa en una misma voz los significados de fortaleza de espíritu, fortaleza del cuerpo, hombre fuerte, resistencia. Los Yamakasi presentaban una coreografía en el musical Nôtre Dame de Paris donde, precisamente, escalaban con delicada destreza los muros de una catedral de fantasía.

Porque de fantasía se trata: de la fantasía de rediseñar el espacio conforme a las propias necesidades motrices, de desmontar la maquinaria urbana como quien desarma un juguete para atribuirle otras funciones a sus partes y de paso divertirse al hacerlo.

El grupo Yamakasi se disolvió por cuestiones de desavenencias y de dinero –como suele ocurrir con cualquier disciplina artística cuando, una vez encajonada o colocada en una “box” (irónicamente confinada) adquiere valor en el mercado de los marchands.

Parkour se extendió por el mundo entero en diversas versiones y bajo la guía de otros tantos gurús de la práctica. En 2003 Channel 4 de Londres emitió el bellísimo documental Jump London, en el cual el desafío para el grupo de traceurs es explorar las posibilidades de desplazamiento entre puntos aleatorios de monumentos nacionales. Muchos comisarios y funcionarios recularon ante el riesgo de la iniciativa, pero el grupo logró presentar una suerte de ballet aéreo sobre las rotundas moles de edificios y enclaves emblemáticos como Somerset House, Trafalgar Square, The Mall, el Royal Albert Hall, Globe Theatre, la Saatchi Gallery, el Royal National Theatre, la Tate Modern y hasta un buque anclado en el estuario del Támesis, el HMS Belfast. Un documental imperdible donde Parkour se presenta bajo el rótulo derivativo de Free-Running: en esencia la misma destreza, pero orientada no tanto a salvar los obstáculos como a embellecer la manera de salvarlos con movimientos innecesarios pero hermosos y, por lo mismo, fatalmente artísticos.

Dejo para los intelectuales amantes de las categorizaciones rigurosas –algo que me cuidaré muy bien de ser– decidir si Parkour merece de veras la clasificación como un arte. Por mi parte, apuesto por la hipérbole de esta definición que, en un mismo movimiento, honra el caradurismo callejero del Parkour como disciplina al tiempo que rebaja el listón de la contaminada palabreja (arte).

Parkour es una mímesis de la filosofía gatuna, o de cómo podría ser una filosofía gatuna si tal cosa pudiera existir. Incorpora movimientos felinos y a algunos los bautiza como tales: equilibrio de gato; salto de gato; voltereta, etc.
Con estos signos teje un mapa y un alfabeto kinético para abarcar y comprender la noción de ciudad en que vivimos. Y para jugar con ella. En el Diccionario de las artes de Félix de Azúa se lee que los griegos utilizaban la misma palabra para tejer un tapiz que para construir un templo.

Tejer un templo, costurar un barrio, enhebrar una ciudad… o tejer líneas insólitas entre puntos, ilaciones que formen figuras insólitas, nudos sobre un mapa-tapiz imaginario… Así acaso es Parkour para quienes lo practican o para los zascandiles que tenemos la manía de observar y gozar con los movimientos de los gatos o de los traceurs.

Tengo para mí que el movimiento es una forma, tal vez la más patente y tangible, de felicidad. El movimiento es vida y me tienta decir que la vida misma es movimiento y la cualidad misma que la define: la vida es movimiento.

Paradójica afirmación viniendo de alguien tranquilo, más bien sedentario y contemplativo: un observador más que un actor. Pero afirmar que la vida es movimiento es también afirmar que no hay movimiento más ágil ni más temerario que el de la imaginación, que es la facultad que nos lleva a diseñar los saltos aéreos y también neurológicos de nuestra vida, nuestras piruetas de funambulista y también la magia de nuestros pensamientos, de nuestras emociones y en última instancia de nuestras manifestaciones culturales y, por fin, de nuestra escritura, que es otra manera de diseñar la belleza de un cuerpo en movimiento.

Nos propulsamos a través de la imaginación y por eso la belleza gatuna de un salto de Parkour es también una obra de arte fugaz: porque cumple con la doble premisa de tejer con la imaginación, y mediante una disciplina férrea, una figura inaudita entre puntos remotos y a través de distancias hasta ese momento insalvables.
* Jorge Omar Viera es escritor. Nació en Buenos Aires y escribe desde los catorce años. Es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires y tiene un M.A. in Hispanic Studies por la Universidad de Virginia. En 1989 emigró a Madrid, primera escala de una serie de mudanzas –a veces transatlánticas– que lo llevaron a pasar significativas temporadas en ciudades tan diversas como São Paulo, Charlottesville, París, Londres, Oualidia y Marrakech. Su primera novela aún inédita, El regreso de Nightenday, fue una de las diez finalistas del Premio Clarín de Novela 1998. En 1999 su cuento Pan de Ayer fue primer finalista del XIII Premio Internacional de Cuentos Max Aub. Algunos de sus relatos y crónicas sobre ciudades han aparecido en las revistas Artefacto, Grumo, la revista digital El Interpretador y otras publicaciones de Argentina, Uruguay y España. En la actualidad Viera reside en Madrid. Editorial Funambulista (www.funambulista.net) acaba de publicar su novela Mientras gira el viento, finalista del Premio de Novela Mario Lacruz 2006. Contacto: jomarviera@gmail.com