MÁS CLARO TODO

de Noelia Rivero
(Zorra/Poesía, 2007)

Por Julio Martín Fridman*

Más claro todo es el más reciente libro de poemas de la poeta y editora Noelia Rivero, publicado bajo el sello Zorra/Poesía, que ella misma dirige.
La autora nació el 19 de junio de 1979, en Buenos Aires. Ha publicado La manera en que decimos sombra, junto a Martín Loire (2003, iRojo editores), las plaquetas Las maravillas del mundo (2004, Zorra/Poesía) y Caja con bailarinas (2005, Zorra/Poesía).
Más claro todo (2007) es su última publicación, presentada el 15 de mayo, en el Centro Cultural de la Cooperación, junto a Susana Cella y Carolina Romanó.

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El libro se inicia con dos breves versos (“Slowly, slowly / I spin towards the sun”), pertenecientes a la poeta inglesa, naturalizada estadounidense, Denise Levertov. (1) Versos que condensan, en sí mismos, las temáticas abordadas en todo el poemario.
En principio, el movimiento. La alteración de un estado, produciendo un descentramiento del yo lírico, que se moviliza en el interior del poema, en el propio eje de la voz, entre los objetos y la visión del sujeto. Todo es móvil y todo adquiere su propio ritmo, en general lento, pausado (“… para tocar / el sueño de los demás / para moverme / lenta …”).
El segundo verso de Levertov también se hace eco en los poemas. El sol, la luz plena que todo lo nimba, se presenta en los poemas de Rivero. No sólo a nivel semántico. También a nivel gráfico, ya que el níveo de las páginas, sumado a los espacios brindados por el amplio interlineado y los cortes de verso, verifican la coherencia con la claridad evocada en el título mismo del libro.
El blanco en la disposición de los poemas, es tanto ausencia de voz, como fulguración de lo dicho. Se acentúan las palabras, el sentido recibe la presión de los espacios, provocando una sensación de pesadez misma en lo dicho. Lo que se calla, entre líneas, sostiene todo lo escrito. Y duplica su efecto.

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Los poemas del libro, gráficamente, exhiben un relieve llano, debido a la ausencia de comas (tan sólo puntos que anuncian quiebres o finales). Esta elección no es sólo estética. Parafraseando a Apollinaire: “Me pareció que la puntuación entorpecía de manera singular el vuelo de un poema. Éste realiza su carrera alada de un sólo golpe”. (2)
El poema, al alejarse de la lógica de la puntuación, instala cesuras delimitadas por un doble espaciado tipográfico dentro del mismo verso (“Momento que recortado / solo respira …”), por el corte de verso o por un gran espacio de un verso a otro (Recordé la flor de la amapola. // No soy yo. …”). Además, se produce un encabalgamiento impetuoso (“atraviesa el ojo en la vida la mano / en la vida como apoyando …”), ya que, como anuncia Apollinaire, la ausencia de puntuación requiere que la lectura no se detenga en un mismo verso, que la respiración exhale el verso “de un sólo golpe”.
La extensión silábica es irregular, pero breve. Y el blanco en la hoja oxigena la lectura. De esta manera, las palabras se conducen, en un ralentizado desplazamiento, por el riel (“[d]el ritmo de la respiración / las pausas de la respiración.”) El tono general del libro es silencioso y reflexivo. El decir discurre como murmullos casi indistinguibles. Aún cuando se habla de la muerte. O del amor.
El lenguaje se cimenta en la economía de palabras. Todo el verbo está bien administrado. El repertorio lexical puede ser asociado a campos semánticos determinados (sueño, movimiento, luna, agua sucia, luz, oscuridad, fruto, etc), pero cada palabra se reescribe. La repetición agudiza el efecto poético, pero puede también alterar su efecto en el sentido. Las palabras son musicales, inamovibles. Cada pieza, pareciera encajar en su lugar. Y si bien el vocabulario no es extraño, los lugares comunes no aparecen.

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Más claro todo, se encuentra estructuralmente dividido en tres partes tituladas: Dibujos, Pinturas y Textos dejados en la piedra. Cada poema está articulado en la coherencia del conjunto y, no por ello, se vuelve innecesaria la escisión. Los límites entre las partes se hallan bien diferenciados:
- Dibujos contiene ocho poemas, sin títulos –algunos recogidos de su plaqueta Caja con bailarinas, y en cuyo traspaso sufrieron correcciones-. “Entre la manzana…” es uno de los poemas más atractivos: “(Qué día radiante) / (Qué hacer con un día radiante)”.
- Pinturas comprende diez poemas, cuyo título alude a obras reconocidas de artistas como Corot (El estanque de la Ville d’Avray), Renoir (Almuerzo en la fiesta del bote), Manet (La ninfa sorprendida), Degas (El arreglo después del baño), entre otros. Son los poemas más visuales de todo el libro. Las imágenes brotan, y el lector construye en su mente un perfecto desfile de situaciones. Desde un almuerzo festivo, donde el yo lírico se ensombrece, hasta el recuerdo de un parque arbolado (“De ese parque / que ya no existe // que no existe siquiera / el recuerdo de ese parque …”), versos que se sienten como los de Vallejo: “"Moriré en París, con aguacero, / un día del que ya tengo el recuerdo”.
- Textos dejados en la piedra, serie de siete poemas. Aquí, el yo lírico se manifiesta deliberadamente. La evocación y el olvido, como engranajes de un mismo proceso de la memoria, se suceden en una oscilación violenta, de un poema a otro. Son verdaderos textos arrojados, reunión de pequeñas soledades. Soliloquios contenidos en el caudal del pensamiento (la inacción), fundiéndose en la unicidad de la palabra (en la acción).

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Más claro todo. ¿Qué es, acaso, lo que se clarifica?
Se puede pensar, a priori, que en el libro de Rivero se plantea un enfrentamiento dialéctico entre la luminosidad y la penumbra. Pero en la relectura, uno da cuenta de que las fronteras se desgastan. El oxímoron del poema titulado La noche blanca, lo demuestra. El sol tanto ilumina como enceguece.
Una y otra, se funden y distancian de igual manera, en un movimiento lento, pero constante. Diafanidad que permite al ojo vislumbrar los contornos, que fragmenta la vista en cada objeto que se ilumina, cada objeto que recibe su color. La luz abre las puertas a lo real, o al menos, permeabiliza a la visión para que en ella se cuelen las dataciones del mundo fenoménico.
El sol fue sacralizado por la mitología griega bajo la figura del dios Helios. Según la alegoría de las cavernas de Platón, el sol emerge como el Ideal de Bien, es decir, como la realidad más real.
Pero también la oscuridad existe, suturando cada rincón. La oscuridad no es una cesura, ni una cárcel. Si se acaba la vista, despierta la imaginación, los besos, la irrealidad productiva, el tanteo en la opacidad que crea (o recrea). Tanto la frontera realidad/irrealidad, como luz/sombra, son inconstantes. (“lo que parece real // se desfigura / cada vez más”).

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El libro abre preguntas. Uno finaliza el libro, y queda detenido en el pensamiento. Cada afirmación esconde en sus entrañas una interrogación. Por lo tanto, no se percibe “todo más claro”. Pero algo se clarifica, se iluminan los caminos. Y uno de ellos, es la poesía de Noelia.


NOTAS
(1) La mayoría de las obras a las que remiten los títulos de esta división, conforman la colección permanente del Museo Nacional de Bellas Artes.
(2) En Estructura del lenguaje poético, de Jean Cohen, Biblioteca Románica Hispánica, Editorial Gredos, Madrid, 1977.




Bibliografía: Julio Martín Fridman nació en Buenos Aires el 27 de Abril de 1989. Se encuentra cursando el primer año de la carrera Comunicación Social, en la UNLZ. Asiste a la clínica de poesía del poeta y crítico Daniel Freidemberg, y al taller de literatura de Marta Mazzilli. Escribe poesía y narrativa, y posee un libro inédito de poemas. Esta es su primera reseña.

Julio Martín Fridman